Una educación tradicionalmente sexista procura naturalizar como tendencia el rol masculino de proveedor y a sus potenciales parejas femeninas como meras buscadoras de comodidades y seguridad a largo plazo
Exergo: Nada te puede detener si no te detienes a ti misma.
Oprah Winfrey
En los últimos años, el término hipergamia ha resurgido en el debate social, especialmente en el contexto de las relaciones afectivas y la teoría de las dinámicas de poder. Tradicionalmente asociado con la idea de que las mujeres buscan parejas de un estatus socioeconómico o cultural superior al suyo, este concepto resulta objeto de discusión tanto en los círculos conservadores como en los feministas.
No pretendemos negar que tal conducta existe y ha existido por milenios, pero no engloba al ciento por ciento de las mujeres en ninguna etapa social y, además, hay argumentos que desmienten esa supuesta reacción instintiva o «biológica», y dejan claro el peso de las estructuras sociales, históricas y culturales en ese tipo de decisiones.
Desde una perspectiva feminista, es fundamental examinar los matices detrás del concepto y su impacto en las relaciones y el empoderamiento de las mujeres, a la luz de una educación tradicionalmente sexista que procura justificar y naturalizar como tendencia el mantener a los hombres como proveedores y a sus parejas femeninas como receptoras de comodidades y administradoras de la vida hogareña.
Históricamente, el concepto pretende validar la idea de que las mujeres buscan hombres que ofrezcan una mayor seguridad a largo plazo, para ella y para su familia. Pero este enfoque ha sido ampliamente criticado por simplificar y generalizar las motivaciones detrás de las relaciones afectivas y sexuales, además del evidente binarismo heterosexual que deja fuera otras realidades.
Las estructuras de poder patriarcales, que jerarquizan lo masculino y refuerzan la dependencia económica de las mujeres y los infantes de ambos sexos, han sido una norma social extendida que se vende a sí misma como el orden natural de siempre, pero hay evidencias de sociedades matrilineales o equitativas y de culto sagrado a lo femenino en los albores de todas las civilizaciones.
A partir de procesos socioeconómicos que permitieron a los clanes sobrevivir más tiempo y contar con excedente de productos para negociar con sus vecinos (en lugar de luchar por escasos recursos), las mujeres se convirtieron en un «activo» más de esos acuerdos, en tanto dadoras de vida, y fueron sometidas en lo económico y lo legal, privándolas de derechos reservados para la élite varonil del grupo social.
Como sus vidas dependían de la voluntad del padre, y luego del marido que este les asignara, los matrimonios por conveniencia económica y política devinieron la norma. Así tomó forma la idea de que, si pudieran escoger por sí mismas, las mujeres elegirían pareja en función de la capacidad para proporcionarles estabilidad y estatus en una sociedad que las despreciaba fuera de su rol doméstico.
Con el avance de los derechos de las mujeres en el pasado siglo, y la demostración de sus capacidades para desarrollar autonomía económica, la hipergamia pasó a ser una categoría obsoleta, pero la sociedad (y sobre todo el imaginario social) no cambia de un golpe, y aún hay teóricos que defienden su raíz biológica, asociada al rol de la hembra en la reproducción, no solo de los hijos, sino del hogar como espacio seguro.
Con ayuda de las redes sociales y de numerosos productos culturales, los defensores de la hipergamia refuerzan las «ventajas» de entregarse a hombres que no siempre compiten con sus congéneres en vigor juvenil o presencia, pero les garantizan a sus elegidas los recursos para acceder a lo mejor de su entorno (incluyendo esos varones apetecibles de menor capacidad económica).
Desde una perspectiva feminista, la hipergamia es rechazada como constructo machista que pretende enmarcar a las mujeres como interesadas o materialistas natas, lo que a su vez reduce las relaciones intergénero a un mero cálculo económico o social.
Ese argumento refleja estructuras patriarcales de poder que siguen limitando las opciones de las mujeres, en tanto ver como «natural» que ellas busquen emparejarse con alguien de mayor estatus es otra forma de validar un sistema que privilegia a los hombres.
En ese sentido, la hipergamia podría interpretarse como una respuesta estratégica a un contexto de desigualdad de género, donde la mujer se ve obligada a maximizar sus recursos para ser alguien en un régimen que la ha marginado históricamente… pero esa visión es una trampa, pues no resuelve el problema de las mujeres en su conjunto, sino el de unas pocas, y perpetúa la inequidad y la competencia (de ambos sexos) en varios niveles: origen, raza, edad, apariencia…
Por otro lado, también hay quienes argumentan que las mujeres, al igual que los hombres, tienen derecho a escoger a sus parejas por una variedad de razones, y la comodidad puede ser una opción válida dentro de esa libertad. Empoderamiento no significa rechazar «lo bueno», sino lograr capacidad para elegir sin ser juzgadas o estigmatizadas por ello.
Lo criticable, entonces, no es buscar sostén económico por la vía del matrimonio (también hay hombres que lo hacen), sino el intento de normalizarlo como impulso al que ninguna mujer puede sustraerse, o es tonta.
Las relaciones afectivas son complejas y están influenciadas por una variedad de factores, como los valores personales, la conexión emocional, la atracción física y la compatibilidad en proyectos de vida y compromisos espirituales.
Además, el término hipergamia puede tener connotaciones que limitan la visión de las relaciones románticas. Al centrarse únicamente en el estatus material, se ignoran otras formas de poder, como el emocional, el afectivo y el intelectual, que también influyen en la elección de pareja.
Las mujeres de este siglo pueden lograr en casi todo el orbe mayor autonomía económica y social, y eso ha cambiado las dinámicas de las relaciones. Sin embargo, las expectativas sociales siguen siendo fuertes y muchas aún se ven presionadas a elegir parejas que les ofrezcan estabilidad económica, sobre todo en un contexto de desigualdad salarial persistente y crisis económicas recurrentes.
No es de extrañar entonces que «venderse» al mejor postor sea visto como respuesta a ese sistema capitalista y patriarcal que sigue otorgando ventajas a los hombres, y a la vez como causa y consecuencia de estereotipos y expectativas sociales sobre el éxito en las relaciones.
Los mecanismos considerados hipergámicos también afectan a las dinámicas sexuales. Las expectativas sobre el tipo de pareja que debería tener una mujer se traducen en excesiva sexualización de sus elecciones y proyección social. Al ser vistas como objetos de intercambio, se genera una presión de cumplir con expectativas irreales o limitantes sobre su comportamiento erótico, su físico y su disponibilidad para el placer ajeno.
Por supuesto, a medida que se democratiza el conocimiento y el acceso a una educación más reflexiva y menos sexista, las mujeres están cada vez en mejores condiciones de desmontar esas presiones y construir relaciones basadas en la igualdad, el respeto mutuo y la libertad en sus acciones cotidianas.
Mientras existan defensores de ese interés «heredado», será complejo desmontar tantos patrones cargados de implicaciones sociales, culturales y de género, pero la evolución es innegable, en aras de reflejar una visión más inclusiva y menos reductiva de los vínculos afectivos y sexuales, y en general de las relaciones basadas en género.