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Estos comicios serán los más vigilados de la historia de Nicaragua

La injerencia de Estados Unidos y la manipulación podría entrar de la mano de los electores hoy, otra vez, a la soledad de las cabinas de votación

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Si se hubieran cumplido las expectativas de analistas acuciosos que hurgaron tras el sorpresivo desbanque del sandinismo en 1990, Estados Unidos no habría impedido más tarde el triunfo comicial del extinto Shafick Handal y del FMLN en El Salvador; ni estaría amenazando la reelección de Hugo Chávez con los millones que envía a la oposición en Venezuela, y las manipulaciones mediáticas. Tampoco sería hoy el contendiente no declarado de las elecciones que tienen lugar en la patria de Sandino.

«La experiencia de Nicaragua —decía Envío, prestigiosa publicación de la Universidad Centroamericana, en mayo de 1990— debería de ser la última intervención electoral de Estados Unidos en el hemisferio».

Pero no lo fue, como lo vuelven a demostrar las amenazas que convierten a Daniel Ortega en rehén no solo de un pasado manipulado, sino de las manipulaciones de ese mismo pasado traídas al presente. Advertencias sobre un deterioro de las relaciones con Washington si él sale electo y hasta de un corte de las remesas enviadas por los emigrados, son solo algunos de los «ardides» con que distintos personeros de la Casa Blanca han tratado de coartar el voto hoy.

Es eso lo que hace peligrosamente vigentes las reflexiones hechas por Envío apenas tres meses después de un ejercicio electoral que cercenó, de un solo tajazo, el mandato de diez años angustiosos, plagados de cuchilladas contra los sandinistas. Si el ayer que se quiere revivir resulta oscuro, es porque la Casa Blanca lo enlutó. Eso hace doblemente injusta, además de ilegal, la injerencia que pesa otra vez sobre estas elecciones.

Aunque, al influjo de los entonces percibidos como «renovadores» aires de la perestroika de Gorbachov, muchos leyeran los hechos como una muestra de cabal ejercicio de la democracia, lo cierto es que el 25 de febrero de 1990 —día en que se había celebrado aquel torneo electoral—, marcó la derrota en las urnas de una revolución a la que las armas y las agresiones, de modo directo, no habían hecho claudicar. No puede afirmarse entonces que triunfara muy democráticamente aquella oposición que proclamaba «el cambio»...

El dictamen lo dieron las papeletas depositadas en la soledad de cada cabina electoral, pero la derrota del Frente Sandinista ante la coalición de partidos agrupados en la Unión Nacional Opositora (UNO) y su candidata Violeta Barrios de Chamorro fue, básicamente, el resultado de una década de agresividad imperialista.

Más allá de alegados y probables errores de dirigentes tachados de mal uso del poder o de desapego al quehacer del pueblo, lo que definió el destino de la Revolución fue el desgaste provocado por la guerra —tampoco declarada— de «la contra», que llegó a sumar 15 000 hombres armados y financiados por la administración republicana de Ronald Reagan, obligando a destinar cuantiosos recursos para la defensa, y a mantener la obligatoriedad del Servicio Militar aun frente a la expectativa de las madres y jóvenes esposas que aguardaban su derogación como promesa de campaña crucial, en la víspera del 25 de febrero.

Daniel Ortega, en la presidencia de Nicaragua desde las elecciones que dieron institucionalidad a la Revolución en 1984, cargó con «las culpas», y no pocos estimaron que el por ciento obtenido por Chamorro fue un inmerecido «voto de castigo» al sandinismo. En todo caso, la gente quería la paz. Y la Casa Blanca había identificado al gobierno del FSLN con la guerra.

Primero habían sido el minado de los puertos nicaragüenses y el bloqueo. Después, la contrarrevolución, para cuyo mantenimiento Washington usó bases implantadas en Honduras y en El Salvador.

Sin embargo, el gobierno sandinista había puesto todo su empeño en dar a los nicaragüenses una vida mejor desde que por las armas, y al costo de la sangre y la vida de muchos buenos hijos de Nicaragua, derrotó a la dictadura de Anastasio Somoza, el 19 de julio de 1979. Campaña de alfabetización, nueva Constitución discutida y aprobada por el pueblo, reparto de las tierras y de las viviendas...

Pero Washington jamás se resignó a la existencia de una revolución que constituía la llama principal en una Centroamérica encendida por la lucha guerrillera. El istmo constituía un desafío para su poder.

Así se instauró un intento negociador regional mediatizado y, en tanto el FSLN cumplía la palabra empeñada al borde de los dobles filos del proceso de Esquipulas II para la paz centroamericana —que definiría también los destinos de la lucha guerrillera en Guatemala y en El Salvador— Estados Unidos seguía jugando una guerra muy sucia.

Aquellos hechos no vuelven ahora por el mero deseo de reconstruir el ayer, sino por obra de los sectores de poder de Estados Unidos en su nada despreciable afán por despertar a los fantasmas. Y resulta muy preocupante que el método siga siendo usado por la Casa Blanca, más allá de Nicaragua.

CON LAS SÁBANAS DESPLEGADAS

En buena medida, lo que hoy ocurra en las urnas dependerá de la capacidad de discernir que esas manipulaciones y los juegos de campaña hayan dejado en los vapuleados electores para distinguir entre los aparecidos y la realidad; entre el temor al retorno a un pasado improbable y la posibilidad de una vida mejor que no llegó con Violeta Barrios de Chamorro ni con los gobiernos que le sucedieron: Arnoldo Alemán robó a manos tan llenas que terminó encausado ante la justicia y hasta la Casa Blanca le tomó distancia, y Enrique Bolaños no ha hecho más que insertar a su país en el peligroso tratado regional de libre comercio con Estados Unidos, que ni el muy neoliberal gobierno tico presidido por Oscar Arias, ha logrado hacer ratificar por el Congreso.

Ni inversiones foráneas ni ayuda financiera norteamericana fluyeron, como se había prometido, con las propuestas de gobierno apoyadas en estos 16 años por la Casa Blanca.

Ahora se dice que su hombre es Eduardo Montealegre, de la Alianza Liberal Nicaragüense, luego del fracaso del embajador norteamericano Paul Trivelli y de importantes funcionarios de Washington enviados a Managua para presionar a favor, como antaño, de un candidato único de la derecha.

Fustigado por las muchas campañas para desacreditarlo, y entre las que se cuenta la carrera electoral de Edmundo Jarquín, al frente de una escisión del FSLN agrupada en el denominado Movimiento de Renovación Sandinista, Ortega ha buscado un cambio de imagen y la mayor cantidad posible de alianzas.

Solo un compromiso real con el pueblo y con las bases sandinistas puede explicar este, su tercer intento por volver al gobierno aunque, si lo logra, deberá tomar en cuenta los requerimientos del amplio abanico que representa. Daniel se postula al frente de la coalición Gran Unidad Nicaragua Triunfa que nuclea a disidentes liberales y conservadores, contras desmovilizados y reunidos en el partido Resistencia Nicaragüense, y el Partido Liberal Nacionalista de Anastasio Somoza. La jerarquía eclesiástica, que tanto lo criticó, también lo apoya.

Aunque las banderas rojinegras han teñido las concentraciones de su campaña, él acude más al azul y blanco de la bandera nacional y, frente a quienes le satanizan, ha basado sus mensajes en la paz, la reconciliación nacional y, algo muy importante para los nicaragüenses: la promesa de luchar contra la pobreza.

Claro que un mandato de Daniel Ortega priorizaría las relaciones con el resto de América Latina y la integración regional, aunque de cara al empresariado local dijera que no se interpondría en el libre comercio. No obstante, ha afirmado que revisará el CAFTA-DR.

Las encuestas lo dan como favorito, pero ninguna vaticina con certeza que obtendría el 35 por ciento de votos necesarios con cinco puntos por encima del más cercano seguidor, para que se le proclame presidente en la primera vuelta. Más de uno compara estas elecciones en trascendencia con las de 1990, y ello solo puede significar conciencia de que un cambio real, en este entorno, únicamente sería posible con su opción.

No obstante, tampoco debe confiarse a ciegas en los sondeos en un país donde, precisamente en aquellos comicios, la mayoría de los estudios equivocó los pronósticos: ello contribuyó al estupor...

Ahora nadie podría argüir que los gobiernos liberales y una relación «cercana» con Estados Unidos hayan resultado beneficiosos para el país, salvo la muy importante interrupción de la guerra.

Se han privatizado la mayoría de los servicios esenciales a la población y la escasez de combustible ha hecho frecuentes los apagones. Se extendieron el hambre, el desempleo y la desnutrición... La salud sigue siendo una utopía.

Ante tanto descalabro, la consigna que prometían los sandinistas el 25 de febrero de 1990, cuando la mayoría no le creyó, podría ser muy válida hoy: «Todo será mejor».

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