Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Volver al barrio

Autor:

Rosa Miriam Elizalde
Creo que era Miguel Ángel quien decía que su David o su Moisés o cualquiera de sus colosales esculturas ya estaban dentro del bloque de mármol y que él se limitaba a liberarlas. Evidentemente, solo Miguel Ángel podía hacerlo, pero no cabe duda de que, en cierto modo, el David ya «estaba allí» y solo un caprichoso bloque de mármol de ciertas dimensiones, aparentemente inútil para otros escultores, pudo dar lugar exactamente a ese David.

Eso ocurre con casi todo, incluyendo las ideas de las cosas. Una ciudad, por ejemplo, puede ser una sumatoria de edificios que dan abrigo a la gente sin más significado que ese y, también, un David construido por nuestra propia experiencia, mejor o peor de acuerdo con la sensibilidad y el conocimiento de cada cual. Bayamo podría ser un lugar cualquiera en el mapa salvo para quienes saben que fue quemada antes de rendirse a los colonialistas españoles, que fue allí donde se compuso el Himno Nacional y que bajo la ventana de Luz Vázquez se entonó por vez primera La bayamesa. El ser humano es el único capaz de decidir en cada caso el significado que quiere que tengan los objetos, las personas, las ciudades; es el único capaz de apreciar en las cosas determinados valores que, para llegar a reconocerlos, tiene que conocer desde antes, aunque parezca un galimatías.

No descubro nada nuevo si digo que el sentimiento es un aprendizaje en el barrio, en la familia y en la escuela. A sentir se aprende, como se aprende a tocar bien el violín, algo que toma tiempo y en el que a veces es necesario cierto distanciamiento para percibir determinados sentimientos dentro de uno, como en La montaña mágica, que comienza con un largo viaje en tren y así aleja el astuto Thomas Mann a su protagonista de la realidad cotidiana para adentrarlo en el conocimiento de sí mismo.

Escribo hoy solo para agradecer a todos los que respondieron a mi «Carta» del martes pasado, espirituanos y de otras regiones que «sienten» que el lugar donde nacieron les ha dado a su vida algo profundo e impagable. Escribo, también, con la certeza de que en la fuerza de nuestros afectos encontraremos el modo de salvar al barrio: edificios, árboles y recuerdos amados; misteriosas asociaciones de historia, arquitectura y música que más que poblar, nos pueblan. Sé que allí, definitivamente, no dejaremos de volver por más que nos diga Mario Benedetti que:

Volver al barrio siempre es una huida

casi como enfrentarse a dos espejos

uno que ve de cerca/ otro de lejos

en la torpe memoria repetida

la infancia/ la que fue/ sigue perdida

no eran así los patios/ son reflejos/

esos niños que juegan ya son viejos

y van con más cautela por la vida

el barrio tiene encanto y lluvia mansa

rieles para un tranvía que descansa

y no irrumpe en la noche ni madruga

si uno busca trocitos de pasado

tal vez se halle a sí mismo ensimismado/

volver al barrio siempre es una fuga.

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