Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Nuestra América capaz e infatigable

Autor:

Carlos Rodríguez Almaguer

¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo se levanta. Sola pelea. Vencerá, sola.*

«Apenas acierta el pensamiento, a la vez trémulo y desbordado, a poner, en la brevedad que le manda la discreción, el júbilo que nos rebosa de las almas en esta noche memorable». Tales eran las palabras con que en la noche del 19 de diciembre de 1889 iniciaba José Martí su discurso ante los representantes de las naciones hispanoamericanas que asistían a la Conferencia Internacional Americana, al llamado de Estados Unidos.

Y tales son las palabras que nos salen del alma cuando en los medios de información aún repican, como campanas al aire, noticias que anuncian que luego de dos siglos de dura brega entre el desinterés y la codicia, y entre la solidaridad y el egoísmo, han logrado, al fin, los pueblos de América Latina y el Caribe, sin que ningún extraño los hubiere convocado sino su propia historia, iniciar con la reciente Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe el parto por el que verá la luz esa criatura largamente anunciada y deseada: la unidad de nuestra Madre América.

En México fue la Cumbre memorable, y no podía ser otra la tierra donde habrían de fraguarse las uniones del destino final de nuestros pueblos sino en la patria del Benemérito de las Américas, el indio Benito Juárez; como no podría ser otra la nación donde nacerá, en julio de 2011, esta unión de repúblicas sino la patria de aquellos que con el filo de su espada, el calor de su corazón y la amplitud de su mente crearon los cimientos de ideas y de libertades en los que se ha apoyado durante estos dos siglos esa idea salvadora: la cuna del Precursor, Francisco de Miranda, y del Libertador, Simón Bolívar: la heroica Venezuela, madre de nuestras repúblicas.

Por fin va amaneciendo en la noche de los padres fundadores. No araron en el mar como creyó Bolívar en su lecho de muerte. Tierra fértil acogió aquellas semillas de integración libertaria; tan fértil, que no han bastado 200 años de amenazas, invasiones, engaños y traiciones, flojedades de espíritus aparte, para impedir la mañana feliz de la vendimia, tanto tiempo esperada, en que se acendrará una «libertad que no tendrá, acaso, asiento más amplio en pueblo alguno (…) que el que se le prepara en nuestras tierras sin límites para el esfuerzo honrado, la solicitud leal y la amistad sincera de los hombres».

Como texto obligado en las escuelas americanas debiera estudiarse a partir de hoy aquel ensayo luminoso del Apóstol de Cuba: Nuestra América. Allí está, en esencia, lo que no puede faltar en lo adelante, que es la prudencia que mantiene el equilibrio entre la vanidad aldeana y la falsa erudición; y el amor infinito por todo lo que sea de nuestras sufridas repúblicas americanas, para ensalzarlo o para corregirlo. Y la Carta de Jamaica, de Bolívar, y tanta historia augusta que nos ha sido falseada o secuestrada, porque, como quería Martí, «la historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria».

«Somos el mundo nuevo», dijo el hijo de Bolívar, el presidente Hugo Chávez, y es todo un símbolo la frase porque ubica, a dos siglos de distancia, las palabras en su sitio justo: ya dejamos de ser «el Nuevo Mundo» del que hablaban nuestros dueños, para empezar a ser «el mundo nuevo» a cuyo influjo vigoroso y noble ha de salvarse acaso del desastre la humanidad entera. Nada nuevo tiene ya que ofrecer la decadente Europa a la necesidad imperante de ideas frescas. Nada o poco tienen ya que ofrecer los Estados Unidos viciados y corrompidos por el uso dilatado de una prosperidad sangrienta y un poderío descomunal carente de la fuerza moral que lo encausa y embrida. Solo allá en el Oriente, en la filosofía más antigua  preservada con respeto y cariño por sus pueblos, puede haber similar para esta filosofía legendaria que ha sobrevivido cinco siglos mezclada en la cultura o protegida en su pureza por los herederos de aquella «raza original, fiera y artística» de la que provenimos.

Aunque los desafíos son cada vez mayores, también mayor es la disposición de nuestros pueblos a no ceder un ápice en el camino emprendido en pos de su integración, y en ese ascenso, serán también una verdad rotunda estas palabras pronunciadas por Martí, aquella noche memorable, a los delegados de las repúblicas americanas: «Todo lo vence, y clava cada día su pabellón más alto, nuestra América capaz e infatigable».

*José Martí. Discurso ante los delegados de nuestra América, Nueva York, 19 de diciembre de 1889

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.