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Fábulas para un tórrido verano

Autor:

Graziella Pogolotti

Como Las mil y una noches profusamente publicada en ediciones para niños una vez depuradas de los pasajes con excesiva carga erótica, las fábulas tampoco fueron concebidas para la infancia. Las conocimos con el sabor moralizante de Iriarte y Samaniego. En verdad, estaban destinadas al consumo de adultos y, al igual que las historias de Scherezada, pasaron de una a otra civilización, de un milenio a otro.

Fedro llevó al latín las fábulas del mítico Esopo. Consciente del pragmatismo característico de la civilización romana, escribió un prologuillo para justificar, en términos de utilidad, que los árboles hablaran. El propósito era doble: divertir y aconsejar, seducir para transmitir un mensaje. Puente entre las tradiciones que recorrieron el Mediterráneo desde el Oriente más recóndito, la latinidad permeó las culturas que gestaba la pequeña Europa. La construcción de un imaginario anclado en el sentido común contrarrestaba la seducción ejercida por las palabras engañosas al servicio del más poderoso.

Cuenta Fedro que el lobo y el cordero acudieron al río compulsados por la sed. En lo alto de la corriente, estaba el lobo. Más abajo, su presa. «Ensucias mi agua», reclamó el primero. «No es cierto», respondió el segundo, «porque estoy en lo bajo». La fiera apeló a otros pretextos. La víctima siguió argumentando su inocencia. Agotadas las razones, el lobo se lanzó sobre el indefenso animal y lo devoró.

De más remoto origen, La zorra y el cuervo llegó a mis oídos a través del dulce Jean de La Fontaine, célebre escritor del siglo XVII francés. Asociamos la época al poder omnímodo de Luis XIV, el Rey Sol, llegado a lo más alto del dominio europeo, a punto de instalarse la dinastía borbónica en el tronco de España. Pero el cambio de época se anunciaba de forma soterrada. Confinada en Versalles, la nobleza agigantaba su carácter parasitario. Por la vía del saber y por su creciente peso económico, la burguesía mostraba su fuerza en todos los ámbitos y reclamaba sus derechos legítimos al ejercicio de la política. Nombrado ministro de Hacienda, Colbert impulsaba las prácticas mercantiles. En tiempos de mecenazgo, el poeta La Fontaine fue abandonado a su triste suerte, según lo narra su amiga, la señora Sévigné en su clásico epistolario.

La zorra y el cuervo invita a meditar sobre las debilidades humanas, heridas abiertas a la ponzoña de la seducción. Asentado sobre la rama de un árbol, el cuervo sujetaba en su pico un apetitoso pedazo de queso. Tentada por la golosina, la zorra se extendió en alabanzas acerca del hermoso canto del pajarraco. Poco a poco, ablandó su resistencia. Al cabo, el cuervo abrió el pico para entonar su horrendo graznido, y el objeto del deseo cayó en las fauces abiertas del astuto mamífero. La sagaz perfidia utilizaba en su favor la tonta vanidad.

A lo largo de medio siglo de historia vivida, el recuerdo de la fábula del lobo y el cordero ha vuelto a menudo a mi memoria. Las imágenes satanizadoras de nuestra islita se han sucedido, ajustadas a la medida de cada contexto. Al socaire de la Guerra Fría, fuimos satélite de la Unión Soviética y amenaza para la seguridad de Estados Unidos, sin tener en cuenta que la Revolución triunfó sin ayuda externa y que, en algunos aspectos relevantes, las ideas que la animaron no coincidieron siempre con las de Moscú. Luego, el eje del conflicto se centraba en nuestro apoyo a los movimientos de liberación latinoamericana, aunque se acallara la colaboración cubana en la búsqueda de soluciones conciliadoras al cese de la etapa insurreccional en los países hermanos. Más tarde, el escollo se definió en el apoyo militar a la independencia y al Gobierno legítimo de Angola. El resultado final sobrepasó las expectativas con la derrota del apartheid y la independencia de Namibia. La contribución de nuestro país resultó muy eficaz en las negociaciones de paz que dieron fin al conflicto bélico.

Con el derrumbe de la Europa socialista, se aplicaron dos políticas simultáneas. Se apretaron las tuercas del garrote con el endurecimiento del bloqueo y se construyeron vías para sojuzgar el pensamiento y reintegrar al imaginario popular la noción teleológica del destino manifiesto. Se apoderaron de la nobilísima causa de los derechos humanos —que es la nuestra, la de los pobres de la tierra, expresa en los términos interdependientes de la Revolución Francesa— y rescataron la noción fatalista de un mundo dominado por el jolgorio de la libre empresa.

Para sobrevivir, el poder hegemónico no puede desprenderse de su propia naturaleza. Su estrategia intenta restaurar el pasado con la mirada en la Isla y en un continente poseedor de enormes reservas naturales. El campo de batalla se define ahora en el terreno de las ideas, en prácticas desmovilizadoras de la opinión pública y en el despliegue de imágenes seductoras. Tonto sería taponear oídos para escapar al canto de sirenas. Hay que enfrentar las verdades con lucidez y transparencia, superar nuestras debilidades, traducir la noción abstracta de humanismo en la dimensión concreta impuesta por el hoy, el aquí y el ahora.

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