Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Elévate, pensando y trabajando

Autor:

Yusuam Palacios Ortega

Aún en tiempos en que se viven circunstancias tan dramáticas como la batalla mundial contra la pandemia COVID-19, un mandato martiano nos acompaña y guía: elévate, pensando y trabajando. Hoy ese pedido adquiere especial relevancia cuando nos encontramos en medio del enfrentamiento a la temible por demás terrible enfermedad, que ha obligado a adoptar medidas restrictivas, aislamientos, suspensión o posposición de disímiles actividades, cuarentenas etc. La vida nos ha cambiado, nuestras rutinas de trabajo se modifican, sin quererlo intimamos más con nuestro hogar y la hora vivida es en extremo desafiante. Ante nosotros una disyuntiva, acoquinarnos en un rincón y dejar que el cielo se desplome o elevarnos, pensando y trabajando.

Cual si fuera un canto a mejorar lo que somos, aún en las peores circunstancias, deviene motivación permanente. Dar sentido a nuestras vidas, mantener el espíritu vital, superar lo común de la naturaleza humana; son antídotos del ser en medio de penumbras y ansiedades.  La crisis humanística va destruyendo la idea del bien, el hombre pierde su capacidad electiva y se traduce en bestia cegada por la superficialidad y el egoísmo. Estos son tiempos en los que es preciso sembrar el amor, a ritmo acelerado, como si fuera el último día.

Quien dijo que todo está perdido, ofrezcamos como dice la canción de Fito Páez, el corazón. Es la hora de asirnos a lo mejor del pensamiento descolonizador, porque vivir atado a odios acumulados, tenencias materiales y egoísmos; deshumaniza. Una carta, a 125 años de haber sido redactada, nos lleva de la mano por las esencias de la vida. Escribiría Martí desde Cabo Haitiano a María Mantilla, por quien sintió un especial cariño. Era el 9 de abril de 1895, dos días faltaban para el desembarco en Playita de Cajobabo. Era como una despedida, el deber lo colocaba ahí, donde la Patria necesitaba.

Y aún tuvo tiempo Martí (el tiempo para el Apóstol era un desafío) que en medio de las lógicas preocupaciones que despertaba una gesta libertaria y el cúmulo de asuntos que esta demandaba, aún así esta, y otras misivas muy importantes, fueron fruto de la pluma del Maestro. Empero esta carta es tan especial como lo era su destinataria, y convirtióse en documento de una altura ética trascendental, con un contenido educativo y formador tan necesarios hoy en que la humanidad adolece, buena parte de ella, de un código conductual donde primen el amor, la solidaridad, la igualdad y justicia social, donde la elegancia sea vista tal cual es, como expresó Martí:

«Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto, y no en el costo. La elegancia del vestido -la grande y verdadera- está en la altivez y fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz». ¿Cuánta falta le hace a la humanidad poner en práctica estos conceptos?

La crisis humanística hace parte de la proliferación de antivalores que son producto de un sistema deshumanizante e insostenible: el capitalismo. El tener como referente de éxito, la exaltación de lo material como paladín, el egoísmo personal que lastima y carcome la espiritualidad de los seres humanos. Estas palabras de José Martí encierran un código ético salvador de la condición humana. Nos interpela sobre qué es lo valedero, cómo ser mejores personas, cómo alcanzar el estado de felicidad. Y lo que pudiera entenderse como un simple consejo, es una lección de vida indispensable. Es la esencia de la utilidad de la virtud, es osamenta del canto a lo bello aludido.

Y fijémonos en algo interesante; Martí no niega que existe la tienda, lo material, lo que en exceso es superficial. «Mucha tienda...», no la desconoce, por el contrario, sabe que forma parte de la existencia, pero cuidado, no la hagamos preponderante. Hoy que mueren decenas de miles de personas a causa de la COVID19, y que el modelo neoliberal e imperialista que sólo busca abducirnos con sus garras de terciopelo, enmohece cada vez más; releer esta carta, bien llamada testamento pedagógico de José Martí, es adentrarnos en un mundo que supera la frivolidad, banalidad y estupidez humana. Seamos, dice el trovador, un tilín mejores y mucho menos egoístas; eso es asimilar críticamente un texto como esta carta a María Mantilla.

Hoy es preciso sembrar mucha conciencia, nos enfrentamos a una guerra cultural y simbólica que hace más nociva incluso la pandemia. Volvamos al testamento pedagógico de José Martí, porque como bien expone: «enseñar, es crecer». Y qué enseñar, cómo han de ser nuestras escuelas, cómo educar. La escuela «alegre y útil» que enseñe lo esencial, eso que sabemos por el Principito, es invisible a los ojos, que cuente la historia y se sumerja en los textos de ciencia, que ame la naturaleza, la conozca y la cuide. Son ideas que Martí comparte con María Mantilla. Él le pide que lea dos libros que le haría llegar; uno sobre historia general, en francés (la convida a que lo traduzca), y otro sobre temas de las ciencias naturales. Este último motiva a Martí a confesar que: «donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia...»

Cuánta honestidad en Martí, con qué altura moral muestra su inmensidad. Esta radica en su sencillez y humanismo. Porque ¿qué es la elegancia verdadera?: «... que el vaso no sea más que la flor» sentencia el Apóstol.  Cultivemos la flor que se levante erguida y llene de color el mundo, que su aroma embriague de amor la humanidad, que su altivez corone la vida y la cubra de razones para preservarla y siempre apostar por ella. Los días que corren son tristes, desolados y la incertidumbre se apropia de muchos. Son millones los pobres que habitan la Tierra, hay seres de alma baja cuyos propósitos no son otros que vivir matando vidas. Nuestros pies para andar son la esperanza y la solidaridad. Andemos, pensemos (es un ejercicio emancipatorio) y trabajemos mucho, desde la raíz que es adonde va el hombre verdadero.

Ya se cumplen 125 años del testamento pedagógico de José Martí y la carta adquiere una extraordinaria actualidad y vigencia. No es solamente apropiada para nuestros niños y jóvenes, o para los maestros (muchos son jóvenes) o quienes se forman como maestros. Es para todos porque la educación no muere, el hombre ha de imponerse tareas, mejorar lo que es (esto me traslada a la novela de Carpentier: El reino de este mundo). Ahora que se oyen a cada instante los gemidos acrecentados de la humanidad, busquemos el alma y sembremos en ella la flor. Es la hora de los hornos, cuánta razón tenía Martí, en que no se ha de ver más que la luz. Es la hora de salvar el planeta, juntos vencer la pandemia para todos unidos en un frente común de lucha, derrocar el capitalismo. No hay pandemia mayor.

Y en esta gesta también libertaria por el bien de todos, la cultura es arma imprescindible. Aún no hay vacuna contra la COVID19, resultado de la investigación científica. Luego, a qué apelamos, qué llevamos como estandarte. Las palabras del presidente Miguel Díaz-Canel son muy elocuentes al respecto: «...lo primero con lo que hay que vacunarse es con lo único que tenemos hasta ahora: con la disciplina, la cooperación y la solidaridad. Esa es la vacuna de este tiempo y la que nos puede conducir al éxito en el enfrentamiento a la pandemia." Y más adelante agregó, y ello en relación a esta otra guerra que nos acecha, la mediática, la que tiene como escenario el ciberespacio, la que emplean los execrables fascistas con sus falsas noticias: "Y vamos a vacunarnos también contra la desinformación y la neurosis que pueden generar las falsas noticias que están circulando en las redes, en los avisos apocalípticos».

Derrotemos al llamado por Díaz-Canel «enjambre anexionista... que como siempre está en las redes sociales tratando de sembrar incertidumbre y pánico». Con razón hay que revisitar la carta del 9 de abril de 1895 a María Mantilla para tener muy presente que la tienda no puede prevalecer por encima del alma, que el jarrón no puede ser más que la flor, que allí donde pululan versos «artificiales o exagerados -que- dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad»; allí no hay lugar para los buenos. La batalla, sí, es cutural y pedagógica y la ganaremos cuando cumplamos todos el mandato martiano: «elévate, pensando y trabajando».

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