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Maceo y Che, más allá de un cumpleaños

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

Cada 14 de junio, Antonio Maceo y Che Guevara coinciden en el recuerdo. Quiso el azar que el natalicio de estos dos grandes próceres, aunque en épocas y naciones diferentes, confluyera en la misma fecha, y tamaña concordancia es redoblada exhortación para que los nuevos pinos beban del ejemplo de esos seres humanos que tocaron las altas cumbres de la Historia.

Antonio de la Caridad Maceo y Grajales, el primogénito del matrimonio de Mariana Grajales Cuello y Marcos Evangelista Maceo, nació en 1845 en la santiaguera calle Providencia, actualmente nombrada Los Maceo.

Con apenas 23 años ensilló su mejor caballo —con el que solía trasladar a la ciudad los frutos de la finca familiar—, se puso al cinto su machete y partió a la guerra, fiel a las lecciones de su madre, quien le inculcó que por encima del hecho mismo de la vida estaban la justicia, la libertad y la Patria.

Durante la contienda iniciada en 1868 despuntó por su gran capacidad política y militar, las numerosas acciones combativas en las que participó, las 26 heridas que recibió su cuerpo y, sobre todo, por el coraje, la lucidez e intransigencia demostrados en 28 años dedicados a la causa de los pobres, dentro y fuera de Cuba, que lo convirtieron en el Lugarteniente General del Ejército Libertador.

Cuando la guerra a la que había entregado todo durante diez angostos años agonizaba a manos de un vil pacto, el Titán de Bronce alzó enérgica su voz, y salvó con la histórica Protesta de Baraguá la dignidad patria y los anhelos emancipadores del pueblo. Tenía entonces 33 años.

 Décadas después, en 1928, nació en la provincia argentina de Rosario el futuro ícono de la causa internacionalista y ciudadano del mundo, Ernesto Guevara de la Serna. A los 19 años decidió estudiar Medicina y en numerosos viajes por Latinoamérica curtió su formación revolucionaria.

En México, le bastó una noche de charla con el joven abogado cubano Fidel Castro: Al amanecer ya era el médico designado en la expedición de 82 hombres que llegaría a las costas cubanas para escalar la Sierra Maestra y consumar, tres años más tarde, la definitiva independencia.

Las montañas orientales le vieron crecer como guerrillero y conquistar a fuerza de valor los grados de Comandante. La campaña de Las Villas mostró su talla de jefe y estratega, y tras el triunfo del Primero de Enero se nos reveló como esencial dirigente político y administrativo, uno de esos imprescindibles que caminan tras los sueños hasta hacerlos realidad.

Más allá de una misma fecha natal, el profundo sentido del deber y la entrega a la causa por la que ofrendaron sus vidas; de su vocación antimperialista, el valor y la coherencia entre acción y pensamiento, Maceo y Che están unidos también por detalles muy humanos.

Los emparenta, por ejemplo, el amor por la lectura. Para Ernesto, los libros fueron desde la niñez sus amigos más fieles. La biblioteca de su casa juntaba clásicos de la literatura universal con textos de historia, filosofía, sicología, arte, aventuras…

 También Antonio, el caudillo que dominó el oriente de Cuba, bebió en textos la cultura a la que no pudo acceder en ninguna escuela. Cuentan que se extasiaba lo mismo con la prensa que con obras de los grandes de su tiempo: Víctor Hugo, el alemán Heine, su coterráneo José María Heredia…

La decisión de imponerse a las dificultades es otro punto en común. Cómo evocar al comandante de la estrella en la boina sin recordar el «jadeante e indetenible» ejemplo de quien no claudicó ante el asma ni en la Sierra ni en Santa Clara, ni el Congo ni en Bolivia.

Tampoco se podrá desconocer que la personalidad del Titán santiaguero es fruto de su resolución de sobreponerse a un entorno social hostil, diseñado para aplastar la personalidad de los negros, y también a imperfecciones personales, como aquella tartamudez que corrigió a fuerza de perseverancia y hablar pausado.

Ernesto Guevara admiró al mayor de los Maceo Grajales y lo definió como uno de los pilares del esfuerzo de liberación del pueblo cubano, declarándose continuador de su legado.

Palpar las huellas de esos héroes y desnudar sus esencias, este 14 de junio o cualquier otro día, en tiempos normales o en la actual contingencia, siempre oxigena nuestro compromiso con el futuro y con la cubanía.

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