Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El mundo en una taza de café

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Cuando la Feria del Libro aparece por el escenario de las colas del pollo y de la guagua y de los mandados y de la placita y del correo y de los bancos y del Coppelia y de un largo «y», enseguida, con mayor o menor intensidad, en la palestra pública aparece el debate sobre la lectura en Cuba.

Del asunto se ha hablado algo por los medios de comunicación. No lo que se debiera, porque no se han tocado todos los ángulos del problema. Ni se han abordado todas las preguntas que ayudarían a precisar si de verdad en nuestro país se lee o no. O la otra, no menos importante: la de cómo reproducir el interés por leer (y leer bueno) en las condiciones actuales.

Sobre este tema hay bastante tela por donde cortar en Ciego de Ávila. Pero también es necesario tener en cuenta un detalle importante y, en ocasiones, soslayado: el de la función de las librerías dentro de las acciones para promover y crear o mantener el hábito de la lectura.

En algo de eso se meditaba, días atrás, cuando se observaban los arreglos en la librería Juan Antonio Márquez, la principal de la ciudad de Ciego de Avila. Gracias a una remodelación completa, con el apoyo de artistas adscritos a la filial provincial del Fondo Cubano de Bienes Culturales, el recinto se benefició con una remodelación capital.

Ahora no es un almacén de libros, como parecía antes. Ahora es un café-literario con aire acondicionado y con una correcta decoración; donde los interesados en adquirir un material o los que sencillamente desean pasar un buen rato pueden llegar, y pasar unos minutos conversando en voz baja, con cortesía y con una música bien alejada del «bunbunchácata-de-mami-dale-que-te-voy-a-poner-así» y otras cosillas por ese estilo que tanto abundan en los últimos tiempos.

Si al final, esas últimas personas, las que entran sin el apremio de leer, desean comprar un libro, felicidades. No obstante, la cuestión —por lo que nos han contado las libreras que allí trabajan— tiene algo más; pues entre degustación y conversaciones, por lo general alguien toma un libro o revista, los hojea y al salir pasa por la caja.

Otros son más directos. Llegan, revisan los estantes bien ordenados y se sientan a leer tranquilos en una mesa, con su taza delante. Y aquí está uno de los detalles: se ponen a leer, sí. A informarse, a pasar el rato en una acción útil, bella, engrandecedora. En algo que no le hace daño a nadie.

Si lo contado aquí se fuera a ver por el ángulo económico, hay un dato para meditar. De acuerdo con la dirección del Centro Provincial del Libro, al cumplirse un mes de su reapertura el pasado 24 de marzo, luego de las remodelaciones, la Juan Antonio Márquez ingresó 90 000 pesos en lo que constituyó un ritmo de ventas no visto antes.

Es decir, el público llegó en mayores cantidades y sintió otras motivaciones para adquirir algo que leer. Sin embargo, el tema no puede quedarse en la economía, que es importante. La cuestión va por otro lado, quizá el más decisivo: el de la cultura; pero no la cultura de «élite», de sabihondos o de poses de culturosos.

Esa no, porque al final no es cultura ni nada; sino pasto de autosuficiencias y hedonismos. De miradas al ombligo. Nos referimos a la otra, la verdadera. La que surge del diálogo, del intercambio, del desafío o la invitación a pensar, y donde el libro desempeña su rol decisivo en la creación.

Y esa es una de las enseñanzas de lo ocurrido en la Juan Antonio Márquez. La de constatar que la cultura también es un espacio de recreación, en el mejor sentido de la palabra, y que la gente irá a ella cuando aparece la opción.

Es más. Nos atrevemos a asegurar que una buena parte de la sociedad se encuentra ávida de espacios de ese tipo. De lugares donde no se grite, donde la música no reviente los oídos, donde se no se escuchen chabacanerías ni se gesticulen por el mismo estilo, donde no haya fealdad ni mal gusto, donde pronunciar «Buenos días» o decir «Por favor» sea la norma y no la excepción.

Mientras tanto, uno que no es cafetero anda pensando a qué hora del día pasará por ahí; aunque solo sea para sentarse por unos minutos con la vista fija en esos tesoros del mundo que son los libros. Un tesoro que se mirará en silencio, tranquilamente, como debe ser y con la buena compañía de una taza de café.

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