Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Juegos de antaño

Autor:

Juan Morales Agüero

No por gastada la frase pierde vigencia: ¡recordar es volver a vivir! Sí, en ciertos momentos echamos la memoria atrás para evocar instantes existencialmente memorables de nuestras vidas. Como resucitar a ese «fiñe» que se resiste con terquedad a desaparecer de nuestro mundo interior.

Alguna que otra vez acuden a mi mente los fines de semana en mi antiguo barrio manatiense. Su modorra se despabilaba temprano en la mañana, al influjo del alboroto provocado por los niños que tomábamos por asalto las calles, dispuestos a enrolarnos en los más disímiles y variados juegos. ¡Cuánto disfrutábamos en aquel maremágnum de risas y de colores!

En efecto, los chicos de la época nos divertíamos a nuestra manera. Muchos pasatiempos de entonces hoy se desconocen porque la modernidad, con sus teléfonos móviles, sus redes sociales y sus videojuegos, ha polarizado las preferencias en detrimento del salto y la voltereta. Cierto, las personas tienen más parecido con su época que con sus padres.

Una de las distracciones más populares eran las bolas, con sus opciones como el perseguido, la olla, los huequitos… En mi cuadra hubo «bolistas» notables por su fina puntería y la fuerza de sus dedos pulgares. Iban a competir a barrios cercanos y regresaban invictos, con los bolsillos repletos de esferitas de cristal, ganadas en buena lid a sus rivales.

Lo trágico de las bolas era cuando alguien, a mitad de un juego, gritaba ¡Virolla! o ¡Manigüiti! Significaba una suerte de «sálvese quien pueda», que conminaba a lanzarse de bruces sobre el ruedo a capturar cuanta bolita propia o ajena se pudiera, pues eso también harían los otros. No pocas veces aquello terminaba en riña masiva e indumentarias rasgadas.

Los trompos gozaban de gran atractivo. Nuestros padres nos los mandaban a hacer en el taller de carpintería del ingenio. Tenían en su parte central una punta metálica con la que su dueño intentaba romperles la crisma a los trompos adversarios. En ocasiones se zafaban de sus pitas (cordeles) e iban a estrellarse en la cabeza de un espectador desprevenido.

Los más diestros en la práctica de este juego —virtualmente ignorado en los corros infantiles actuales— eran capaces de hacer maravillas con sus trompos una vez que los hacían bailar en el suelo. En efecto, con la ayuda de las pitas, los enlazaban, los elevaban y, en el momento del descenso, los recibían en la palma de una mano sin que dejaran de girar.

¡Y qué decir de las cometas! En mi pueblo llamamos siempre así a los papalotes. En sus temporadas —cualquier época era buena—, el cielo se ataviaba con sus gráciles figuras. Las había cuadradas, rectangulares, en forma de cajones… El sitio ideal para echarlas a volar era la cancha de fútbol del estadio o el área de Educación Física de la escuela.

Cerca de mi casa vivía Rolando, un artífice que construía secantes, coroneles y chivos con güines y papeles de colores para regalárselos a los niños. Por su elegancia y distinción, sus producciones se identificaban en las alturas.

La cometa, por cierto, tenía un pariente pobre: la chiringa. Hacer una era rápido y fácil, pues solo se componía de un trozo de papel atado a un tramo de hilo de coser. Volaba en cualquier sitio, por reducido que fuera. Solo que un simple vientecillo podía enredarla entre los cables eléctricos.

Aunque no había exclusiones, las niñas tenían preferencia por los yaquis. ¿Desapareció de la realidad lúdica criolla ese popular juego, originario de la Grecia clásica? ¿Y qué decir de las suizas? Las veía saltar hasta en los lugares más insospechados. ¿Y el tejo? Casi todas las escuelas lo tenían trazado en sus áreas. ¿Y las carreras de sacos? ¿Y la competencia de halar la cuerda? ¡Virtualmente desaparecidos!

Los juegos electrónicos llegaron para quedarse. Su aporte al desarrollo cognoscitivo es incuestionable. Pero tienen la limitante de que convierten al niño en un sujeto pasivo frente a la pantalla, distanciado del ejercicio físico y de la socialización, tan importantes en esa edad.

Aquí no se trata de renunciar a las nuevas tecnologías, sino de rescatar las buenas tradiciones. Y no por sentimentalismos ni nostalgias banales. Lo demandan el cuerpo y el espíritu.

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