Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Las cigüeñas jamás trajeron bebés

Autor:

Laura Fajardo Mastache

Durante su infancia, probablemente escuchó decir a un abuelo, un tío, una hermana, que los bebés eran traídos por una cigüeña desde París, y corrió dichoso a contarle su descubrimiento a otro niño, mientras el adulto respiraba aliviado por no tener que dar más explicaciones.

Si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, podemos asegurar que muchas veces el comportamiento sexual estuvo rodeado de misticismos y tabúes, en buena medida por un conocimiento del tema apenas limitado a la comprensión del sistema reproductivo y sus funciones, buen motivo para que este cuento de la cigüeña haya sobrevivido como respuesta evasiva durante tantas generaciones.

En nuestro país, la enseñanza primaria y la secundaria básica aportan, desde los rudimentos de las ciencias naturales, algunos saberes sobre los órganos que conforman el cuerpo humano y elementos básicos de la reproducción humana. En el segundo nivel, se les habla incluso de riesgos como las ITS y el embarazo en la adolescencia; pero la realidad es que, aun antes de recibir una clase, los niños suelen conocer sobre sexualidad.

Son muchas las formas en que la infancia se expone a contenido audiovisual erótico, explícito o sugerente, y muchas veces se consume sin supervisión adulta, dotando su mundo de significados y conocimientos a medias que conducen a vergüenza y confusión o alimenta el ego de quienes «creen saberlo todo» y no preguntan más allá de lo visto.

Para lograr corregir estas lagunas, la educación sexual recibida en las aulas debe estar a la vanguardia. Además de la obviedad biológica, debe explicar conductas sexuales e identidades de género, sugerir métodos anticonceptivos y presentar modelos de relaciones sanas y seguras, así como abordar la importancia del consentimiento antes de cualquier intercambio erótico, así sea superficial.

Educar en sexualidad es también enseñarles a afrontar consecuencias emocionales y sociales, a manejar los sentimientos de culpabilidad o vergüenza y la presión social, y promover la comunicación abierta y honesta sobre estos asuntos desde una mirada desprejuiciada y científica, en un entorno seguro, en el que puedan preguntar sin miedo al juicio o la tergiversación de intereses naturales en esas edades.

El Código de las Familias llegó para arrimar a nuestra sociedad a una forma de pensamiento primermundista sobre estos asuntos, y obstaculizar la enseñanza de esta materia atenta contra el sano desarrollo del adolescente.

Resultado evidente de una educación sexual superficial es el embarazo precoz, muchas veces causa de traumas físicos y mentales (independientemente de si el embarazo llegó a su fin o no), además de frenar el desarrollo social de esas muchachas.

Según la Encuesta Nacional de Fecundidad 2022 (instrumento de gran representatividad para zonas urbanas y rurales, a cargo de la Oficina Nacional de Estadística e Información, ONEI), la edad media de la primera relación sexual ronda hoy los 16,5 años; mientras el Anuario Demográfico de ese mismo año (también editado por la ONEI) precisó que el 18 por ciento de los nacimientos involucran a madres con menos de 20 años de edad, fenómeno que diez años antes rondaba el 15,8 por ciento.

Las consecuencias de un embarazo adolescente trascienden el daño físico de la gestora, influyen en la vulnerabilidad de la mujer a formas de violencia de género, además de suponer una limitante para mejorar sus condiciones educativas, económicas y sociales.

Constituye un impedimento en un alto grado de posibilidades de empleo, estatus, preparación e ingresos, y compromete la calidad de vida y las perspectivas de desarrollo tanto de la mujer como de su descendencia.

El embarazo no deseado constituye un fallo para el desarrollo de la economía del país, en tanto se destinan fondos para la asistencia social de las madres de bajos recursos, así como su acompañamiento en el camino hacia la independencia económica.

Nuestra sociedad continúa siendo reticente al cambio en algunos aspectos pedagógicos, lo cual augura un largo camino a recorrer para alcanzar los niveles de la educación sexual que nos gustaría, con énfasis en prevenir y desmentir.

Para ello los maestros, y el resto de los adultos a cargo de las nuevas generaciones, deben también preocuparse por actualizar sus conocimientos y superar tabúes para ser capaces de satisfacer la curiosidad de un niño con respuestas lógicas, útiles para el futuro y basadas en la ciencia y no en los mitos, porque las cigüeñas jamás trajeron bebés de ningún rincón del mundo.

 

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