Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La adicción no tiene moldes

Autor:

Laura Fajardo Mastache

Al escuchar la palabra droga, seguramente la primera imagen que viene a tu mente se relaciona con un joven o adolescente desaliñado, de actitud rebelde, autoconfinado al aislamiento, sin estudios y con una vida en espiral descendente. Pero, ¿qué ocurre cuando la cara de la adicción no encaja en ese molde?

Un error común en las acciones de prevención del consumo de drogas consiste en dar el cuadro de que los sucesos negativos son inmediatos y afectan la imagen del consumidor de una forma tan brutal que cualquiera lo notaría a simple vista. Lo cierto es que ocurren de manera paulatina y suelen ser imperceptibles y sin alarmas conductuales durante un buen tiempo.

Lo anterior puede traducirse como un estereotipo y, al contar con tal imagen generalizada y simplificada, las personas creen saber qué esperar y cómo reaccionar, y eso aumenta la seguridad con que actúan.

Sin embargo, aunque esta reproducción constituye un medio de defensa, cabe destacar que puede limitar la capacidad de los sujetos para comprender y conectarse con aquellos que no encajan en ese perfil, lo cual dificulta su detección, recuperación y reintegración social.

Es importante entender que la adicción es una enfermedad compleja y afecta a personas de todos los tipos, por tanto, requiere una respuesta integral y compasiva.

La idea del drogadicto estándar tiene su nacimiento en las representaciones mediáticas socializadas por la televisión, el cine y la música, y al mezclarse con el desconocimiento sobre la adicción y los trastornos subyacentes, produce la creencia de que todos se comportan del mismo modo.

Un claro ejemplo lo constituye el papel de Oscar en la telenovela cubana Viceversa. Su actuar no difiere de lo representado en otros audiovisuales, por ende, resta la posibilidad de mostrar otras formas en las que se puede descubrir el uso de drogas.

Aunque resulta obvio que estas representaciones pretenden exponer las peores facetas del consumo, lo cierto es que pueden resultar contraproducentes. Presentar historias que enfatizan en la debilidad moral del adicto puede contribuir a una visión estigmatizada y distorsionada del problema.

Ilustrar el proceso de adicción con menor velocidad y agresividad constituye una opción viable incluso para la educación preventiva. Mostrar que tras pocos acercamientos no se advierte «el enganche» y el sujeto creerá tener el control, puede considerarse una visión aterrizada y creíble.

Un artículo publicado por Cubadebate, el cual resume la batalla contra las drogas en 2023, advierte que en nuestro país ha disminuido la edad promedio de consumo a 15,2 años, lo que augura la necesidad de implementar más acciones provisorias.

Al conocer estas cifras, se reconoce la inocencia juvenil como un atractivo nato para comerciantes que no fijan en la figura adolescente a un individuo en formación, sino a una fuente de acceso al dinero fácil. Pero los púberes en cuestión no escapan de este pecado.

Atribuir la ingesta de sustancias ilícitas a la ingenuidad de encontrarse en un contexto social que lo valida, también engloba al estereotipo, dado que el contrabando puede efectuarse en cualquier otro lugar.

También la creencia extendida de que a mayor interacción social aumenta la exposición a diferentes presiones e influencias, constituye un motivo por el cual es más fácil desconfiar de un adolescente «fiestero» que de uno aplicado, pero bajar la guardia en ambos casos sería un error.

La vulnerabilidad individual, la educación para conocer y evitar las drogas, la estabilidad emocional y la familia como red de apoyo, determinan en gran medida las tendencias del adolescente sobre este asunto.

La adicción no tiene moldes, su impacto se extiende más allá de las imágenes construidas, y aunque resulta difícil cambiar ante tanta evidencia mediática contraria, la verdadera historia de la adicción exige ser escuchada y comprendida sin prejuicios ni malentendidos.

 

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