Hace unos días, en estas páginas tracé un mapa de las cosas feas que nos paralizan por la negligencia, la falta de cuidado o de un poco de amor, como dijera el poeta. Conté cómo ciertos espacios destinados al esparcimiento, en particular de niños y adolescentes, perdieron sus encantos y se convirtieron en reflejo de un deterioro que va más allá de lo material. «Mis» niños, sus amiguitos y yo lo vivimos en carne propia, tras recorrer el Parque Forestal, conocido como el de los dinosaurios, y el Zoológico de 26, en la capital. En ellos, constatamos que el destrozo y el abandono hacían su verano.
Pero, por suerte, esa sensación de haber tenido un mal día veraniego (en particular, los muchachos) fue superada. «Cambió» cuando les prometí una aventura histórica y cultural a otros sitios de la Ciudad Maravilla. La nueva travesía nos devolvió una confianza en el poder de la historia y el patrimonio, de la memoria y la educación.
Y les puedo asegurar que hay muchísimo que descubrir si apostamos —y asumimos— también, a ver y entender el disfrute del tiempo libre y la recreación como formas de entretenerse de manera inteligente y saludable, en un ambiente sano y hermoso; y así, aprender, conocer, crecer y vivir nuestro pasado, nuestras raíces culturales, para amar y defender el presente, el porvenir.
La primera lección, y quizá la más estremecedora, comenzó en un sitio que, a la vez, es cuna y santuario: la casa natal de José Martí en la antigua calle Paula. Ver a mis pequeños callarse al entrar al sitio que guarda el eco del primer llanto del más universal de los cubanos, y queriendo atrapar con sus miradas todo cuanto tenían ante sí, como los objetos que pertenecieron al Maestro, fue el indicio de que estábamos ante algo más que un simple paseo.
Sucedió igual frente al Granma, donde la historia se vuelve épica y tangible. Allí, no vieron una embarcación vieja, porque el yate es un gigante que reta al tiempo con la misma terquedad con la que desafió al mar aquella noche del 25 de noviembre de 1956. Pararse frente a su majestuosidad es sentir el eco del riesgo, la determinación y la fe de aquellos intrépidos 82 expedicionarios.
Similar regocijo se experimenta al recorrer el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución, imponente en su simplicidad; en el Museo de la Revolución (aunque hoy solo puede visitarse el Memorial Granma, porque el inmueble principal está en reparación); en la Cámara Oscura de La Habana —que enseña geografía y urbanismo con la magia del juego—, o el Museo de los Bomberos, un tributo al valor cotidiano. Son sitios a los que se debe volver —los menos jóvenes—, y a los que debemos llevar a los más nuevos, y no solo en los meses de julio y agosto.
Si esos fueron lugares atractivos para quienes me acompañaban en la jornada de excursión, el Museo Nacional de Historia Natural atrapó de modo especial su curiosidad. Allí conocieron de la historia de la Tierra y de la vida de mamíferos, aves y reptiles de otras partes del mundo y, por supuesto, el origen de Cuba y su geografía en el pasado. Todo en un ambiente acogedor; incluso, climatizado.
Pero no se trata solo de centros o instituciones para apreciar sus colecciones. En ellos también existen, a disposición del visitante, salas lúdicas, talleres de creación, proyección de audiovisuales… Son espacios que permiten que un niño descubra a un héroe «en carne y hueso», que escuche el eco de su voz, que crezca en amor por la naturaleza y en sensibilidad humana.
Entonces, el entretenimiento se revela en su forma más pura: no como escape vacío, sino como una forma de fomentar valores en busca de ese mejoramiento humano que necesita el futuro. Vivir experiencias de esta índole es crucial para las nuevas generaciones; más cuando la historia, la cultura y la ciencia no se defienden solo con discursos, sino con emociones, con identidad, con esa savia que nutre el sentido de pertenencia.
¿Cuánto de esta experiencia, de este orgullo y de ese asombro, mis pequeños llevarán consigo al aula y, lo más importante, a la vida? Confío en que, desde sus pupitres, no vean la historia como una asignatura árida, que deben aprobar y dar vuelta de página en un aburrimiento, convertido en el primer paso hacia la indolencia.
Estoy seguro de que cuando ellos regresen a sus escuelas, a la casa, al barrio… tendrán muchas historias que contar, desde su experiencia más cercana e íntima, a su manera. Como mismo lo podrán hacer los otros adolescentes y jóvenes que vimos en ese día de aventura.
Y de que, al final, después de esas vivencias, los libros de texto se conviertan de verdad en el medio para «saltar» más allá de sus páginas. Que el sonido de las olas rompiendo contra el Granma, la solemnidad de la casa natal de Martí, la curiosidad despierta por los fósiles, entre otras muchas emociones, les sirva para empinarse como el hombre nuevo que necesitamos.
Porque no solo disfrutaron un día de verano diferente, sino también único, valioso, inolvidable; fueron testigos y protagonistas de una magistral clase de Historia, de Ciencias Naturales, de Educación Cívica… que valió la pena. Así, lo bello, lo hermoso, lo imprescindible será, siempre, el mayor antídoto contra la desidia y los olvidos.