Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La hora del coraje

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Aquel domingo pudo terminar en desastre. Con el mayor sigilo posible, las partidas de mambises se fueron al monte a la espera de la orden. Otros, conforme a las indicaciones recibidas, prepararon las armas y aparentaron llevar una vida normal hasta que el 24 de febrero de 1895, día de carnaval, se conoció la orden de alzamiento.

Entonces la noticia se regó como pólvora. «Lo hemos hecho, y aún me parece un sueño», escribió José Martí. Oriente completo estaba en armas y ya se reportaban combates y tomas momentáneas de poblados. En el Camagüey y Las Villas las partidas marchaban en una estela de levantamientos que se mantendrían, al menos, hasta abril.

Pero junto con los pronunciamientos también caminaban la incertidumbre y la derrota. En Matanzas, el representante de Martí en Cuba, el patriota Juan Gualberto Gómez, era apresado con un puñado de seguidores. Otros jefes también eran arrestados o fusilados; mientras que otros, con mejor suerte, galopaban en busca de combates; aunque con la duda de si eran o no los únicos que luchaban. En Las Villas y el Camagüey se combatía, aunque el levantamiento mayor no acababa de realizarse ante la ausencia de los generales Máximo Gómez Báez, Serafín Sánchez Valdivia y Carlos Roloff Mialowsky. En La Habana se sufría el desastre. Muchos complotados eran arrestados de inmediato; al punto de que al jefe de la conspiración, el general Julio Sanguily, lo detenían en su casa de El Cerro.

A los pocos días del alzamiento, la partida estaba clara. En occidente el poder colonial dominaba la situación y el resto del país se veía inmerso en una guerra regional, que podía comenzar a apagarse.

Desde su destierro en Madrid, con una severa infección pulmonar, el general Calixto García Íñiguez se lamentaba de la situación en una carta a Gonzalo de Quesada, uno de los ayudantes de José Martí. «Si Gómez no desembarca pronto —decía—, el movimiento habrá acabado».

Era el momento de la decisión: el momento del coraje. En todas las guerras o batallas, sean por las vías de las armas o de la política, se verifica un instante donde las fuerzas enfrentadas no pueden superar a las otras. Es, entonces, cuando los recursos materiales ceden paso a lo que puede decidir la contienda: la determinación de las personas. En Cuba ese instante había llegado.

Junto con los arrestos y fusilamientos, el poder colonial lanzaba una propaganda con promesas de indulto y de lo innecesario de la guerra. Los mensajes se combinaban con los portavoces más entusiastas: antiguos mambises, convertidos en funcionarios de España, y los miembros del Partido Autonomista, y hacia los campos se fueron para extender el desaliento bajo una palabra de orden: negociar.

A quien más se debía de convencer era al general Bartolomé Masó, convertido en líder del alzamiento en Oriente. Y hacia allá partió Juan Bautista Spotorno, expresidente de la República de Cuba en Armas y firmante de un decreto que llevaba su nombre y ordenaba la muerte inmediata a todo aquel que propusiera la rendición de los cubanos.

El 7 de marzo de 1895, Spotorno llegó con bríos al campamento de Masó para encontrarse, para su sorpresa, con un brío distinto. Enumeraba las ventajas de la rendición, cuando el teniente coronel Celedonio Rodríguez lo paró:

«Váyase antes que nos obligue a aplicarle a usted y su comitiva su propio Decreto». Spotorno salió aterrorizado.

Era la última maniobra para una paz sin independencia: la de presentar al antiguo compañero de armas; porque un día antes, en la finca La Odiosa, Masó había recibido al autonomista Herminio Leyva, quien dibujó un cuadro patético: la derrota del levantamiento en occidente, la promesa de indulto y el perdón para su vida si se rendía. Masó lo miró en silencio. Después preguntó: «¿Y mi dignidad?». Leyva se quedó sin respuestas.

Retirados los negociadores, ante los mambises apareció una dura realidad. Pese a las preguntas, había que mantener la firmeza. Sabían que todos los infiernos posibles iban hacia ellos con un ejército inmenso y que los campos serían arrasados. Sabían que el sufrimiento sería grande; pero también estaban convencidos de que los jefes no los traicionarían, aun cuando a esa hora de soledad no conocieran dónde estaban. Todo lo sentían; pero la convicción mayor era que, desde aquel 24 de febrero, la bandera de Cuba estaba hincada en el suelo y que, sobre los campos y montañas, ella ondeaba plena, libre. Llena de dignidad.

 

 

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