¿Niño o niña? La pregunta suele ser trivial, mera curiosidad que se dispara cuando vemos a una embarazada o a cualquier persona con un crío en brazos y, por cortesía o nostalgia, alabamos su situación.
Si no es alguien cercano o no nos toca tomar decisiones sobre ese nuevo ser, apenas atendemos a la respuesta. ¿Qué más da? Nos alegramos porque nos gustan los bebés o nos alejamos si nos disgustan: el género no marca diferencia en esa reacción, que tiene mucho de aprendizaje cultural inconsciente.
A nivel macro, rara vez nos detenemos a pensar sobre las proporciones de X y Y en los nacimientos. Lo curioso es que Natura hace su ajuste para que cada año nazca una cantidad bastante similar de criaturas de cada sexo, con apenas seis o siete individuos más por cada mil, a favor de los varoncitos.
Si, además, razonamos que, en los primeros años de vida, las necesidades de cuidado son las mismas y la apariencia corporal es pareja (excepto en lo que no es mostrable por ley), la lógica indica que la crianza debería ser uniforme, o al menos, centrada en la diversidad de dones e intereses individuales, no en cierta capacidad instalada para cumplir una función reproductiva muchos años después.
Sin embargo, nacer niño o niña ha sido por milenios el primer escalón de las diferencias sociales. Un acto fortuito a nivel de cromosomas define a priori si estaremos en la mitad privilegiada de la población o en la más vilipendiada «por mandato divino», y, por ende, influye en la calidad de vida en cuanta dimensión quepa imaginar.
Esa diferencia socialmente construida puede ir desde el tipo de juegos y ropaje al que accedemos hasta las más inhumanas tradiciones, como privar de la vida a las niñas desde el alumbramiento, cambiarlas por comida, prohibirles estudiar, minimizar su nutrición, mutilar sus genitales o abusar de sus cuerpos y siquis en nombre del poder y del «amor».
Claro que, al crecer, esas desventajas se agigantan y la violencia se multiplica, disfrazada de protección desde un supuesto derecho parental; pero lo peor es que tal arbitrariedad se naturaliza, incluso por las propias mujeres, se impregna gota a gota desde la concepción y echa raíces en la infancia, como parte de los valores familiares asumidos.
Afortunadamente, todo lo que se construye en la subjetividad cotidiana se puede revisitar desde la conciencia y desmontarse con acciones educativas, mediante los mismos canales ya trillados por la discriminación: la comunidad y los medios, las escuelas y el arte… y, sobre todo, el hogar, el regazo materno y paterno, la historia familiar atesorada por los abuelos y el lenguaje con que nombramos nuestra realidad.
A la altura de este siglo, al menos en un país de cultura y derechos como el nuestro, no debería ser vista con tanta desidia la inequidad entre niños y niñas, ni ignorar que existen seres inubicables en la simplicidad de ese binomio, porque su biología o su mente no siguen la linealidad de esos supuestos, marcados en azul y rosado desde el latido fetal.
¿Por qué necesitamos nuevos modelos de crianza? Para romper los ciclos de desigualdad, agresividad y egoísmo que han llevado al planeta al punto de inseguridad y desequilibrio en el que estamos.
¿Qué hace falta para lograrlo? Desear un mundo mejor, abrir los ojos hacia el entorno para notar el trasfondo de esas injusticias y cerrarlos para meditar sobre nuestra propia trayectoria: qué precio pagamos por nacer niña, niño o niñe…; qué oportunidades nos negaron; de cuánta humillación fuimos parte, como víctimas o victimarios; hasta cuándo dejaremos que dos ínfimas células decidan el destino de los 30 billones que nos constituyen y apenas nos diferencian…
Claro, también hace falta cultivar argumentos, modificar normas, exigir y ejercer el respeto día a día. Si te suena difícil es porque aún reaccionas desde la inercia que lleva a interactuar con las personas, según sus etiquetas más obvias, pensadas para perpetuar inequidades.
Para romper con esa trampa de modo sostenible no hay mejor etapa que la infancia, cuando se adquiere conciencia de los principales designios y habilidades. Por suerte, en Cuba hay mucha gente fomentando espacios donde se educa desde el cariño, no desde las jerarquías, y proyectos que invitan a pensar con los ojos y el corazón abiertos, para que una X o una Y no repriman las coordenadas vitales del futuro.