Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Septiembre y sus mochilas

Autor:

Osviel Castro Medel

Septiembre vuelve a retarme, como a tantos padres en esta Cuba golpeada e incansable. Es el desafío a no dejarme vencer mientras impulso a cada uno de mis cuatro retoños a volver a sus escuelas, por encima de todo.

He visto empezar muchos cursos y debería estar acostumbrado al remolino de mochilas, libretas y uniformes, gastos, luchas, inventos, oraciones de: «Dale, que se hace tarde», pero esta vez la varilla está muchísimo más alta porque el listón es inversamente proporcional a la golpeada economía familiar.

Ahora, mientras ellos se alistaban, comprendía la dimensión de lo que nos viene encima. Entiendo que Mónica, la mayor, ya no es aquella niña que me inspiró hace muchos años una crónica después de ponerle con emoción la pañoleta. Hoy lleva un estetoscopio y la urgencia de saberse en el quinto año de Medicina, en esa recta final donde el cansancio batalla contra la vocación y las guardias se avistan en el horizonte.

No le pregunto por las notas, porque las sé buenas; le pregunto por los pacientes, por el peso de la bata blanca que ella misma ha elegido llevar, y por el futuro cercano que se vuelve montaña.

Entiendo que Osviel Alejandro se asoma al preuniversitario con la mirada del que sabe que está cruzando una frontera difícil, y yo que la pasé hace tanto tiempo solo atino a decirle que del otro lado hay un inmenso premio, que le lloverán las exigencias (en la escuela y en la casa), que está en la edad de peligros, a veces torcedora de caminos; que no tenga miedo y me comprenda cuando yo no pueda poner algo dentro de su mochila, cada vez más necesitada.

Selma, mi tercer retoño, cierra la primaria con la inocencia de quien aún no sabe que está dejando atrás una etapa. Y me preocupo desde ya, como otros progenitores, por la secundaria, una etapa en la que comienzan conflictos, deseos de ser grande, amores, «juntamentas», como dice mi mamá cuando no son buenas las compañías.

Y Víctor Alejandro, el pequeño, el que aún cree que el mundo cabe en un carrito de juguete, empieza quinto año de vida en el círculo infantil con el entusiasmo de quien no mira atrás, y su mochila no pesa, pero es la más compleja, porque todavía no entiende el mundo, ni de los apagones, las carencias o las posposiciones dolorosas.

Son cuatro mochilas, cuatro maneras de enfrentar septiembre. No soy el único padre que quisiera multiplicarse, crecer, tener una bola de cristal para verlos en el mañana, siempre enigmático.

Septiembre vuelve a ser reto porque me pregunta, como a miles de padres: ¿Podremos darles lo que necesitan para seguir? ¿Podremos sostenerlos cuando el camino se ponga difícil, como hicieron nuestros padres en un ayer no menos duro? ¿Sabremos enseñarles a no rendirse sin tener que decirles que nosotros también estamos aprendiendo?

No tengo respuestas para esas preguntas, pero sí la certeza de que ellos irán a sus aulas con la misma voluntad con la que vencí a Pitágoras o conocí a Mendeléyev. Que retornarán cada día más grandes, que recordarán que septiembre siempre es un mes de despedidas y rencuentros, de torbellinos y sonrisas, de prisa y tareas, de innovaciones y esperanzas.

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