Cuando el portugués Armando Rodrigues llegó a Alemania en 1964, lo primero que recibió fue una moto de regalo y el aplauso de una multitud. Era el inmigrante número un millón, de los que habían marchado al país de Beethoven a participar en la reconstrucción de la posguerra. Habían muerto tantos hombres en la contienda, que Berlín buscaba en el exterior abundante mano de obra masculina.
Mientras los enfermos se arrellanaban en sus camas en busca del difícil reposo, un grito sísmico salió desde la ventana para estremecer toda la sala: «Yupisisleidis, ¡subeee! Tráeme el almuerzo que estoy facha’o».
De vivir el escritor y periodista Enrique Núñez Rodríguez, quién sabe cuántos cuentos sacaría de su anecdotario para —desde la intimidad pública— compartir la suerte con el empalagoso carretonero que, con aires de hombría, mezclados de tosquedad, puso en duda la masculinidad de aquel sesentón que circulaba con un paraguas por una de las calles de la ciudad, para protegerse de la intensidad del abrasador sol.
Muchos aficionados me escriben preocupados por el espectáculo en nuestra Serie Nacional. Uno de ellos es Joel, quien no se identifica completamente.
Hurgando con lentes propios entre esas partituras únicas que definen nuestra cubanía, he puesto la mirada sigilosa en esa suerte de criatura que a diario nos vence gentilmente, casi sin darnos cuenta, compartiendo angustias y esperanzas con uno, a despecho de los ruidos que a veces rondan pared con pared.
La ventana de la habitación parecía zambullirse en el Neva. En la orilla opuesta, el crucero Aurora seguía atracado al espigón de una historia que en ese año de 1988 empezaba a emproar río arriba, como de regreso en su inmóvil travesía. Neva, Aurora. Dostoiesvki, noches blancas, Raskolnikov, revolución… palabras claves que repetía, y anoté en una libreta ya extraviada.
Desde que, en marzo, la corbeta sudcoreana Cheonan se hundió y la República Popular Democrática de Corea (RPDC) fue culpada por su vecino del incidente, las tensiones en la península coreana solo han ido en aumento.
La inocencia de los bosques de Cuba empezó a naufragar con la Armada Invencible de Felipe Segundo en el siglo XVI. Árboles preciosos, duros y durables, de la Ínsula edénica y fiel de la Corona española sirvieron de cuadernas y mástiles en aquella flota ambiciosa de geopolítica dorada. El hacha desembarcó en aquellos bosques —que entonces sombreaban y a veces hacían impenetrable el 85 por ciento del territorio cubano— entre los bártulos de conquistadores y colonizadores. Llegó junto con la cruz, la afición notarial y el gusto por el dinero.
Conocí a una muchacha enferma de VIH/sida. El reloj determina cada paso y acción suyos porque los horarios no pueden quebrantarse ya, y muchas amistades se han perdido en el mapa, al parecer, buscando su dirección. No obstante, no deja de sonreír. Lamentablemente, carga el peso de una infidelidad cual cruz gigante de hierro, pero todavía sueña con subir el Pico Turquino y bailar toda la noche con un enamorado.
El Departamento de Estado agarrado in fraganti. Así ha quedado la «diplomacia» estadounidense cuando Wikileaks expuso 251 000 documentos —buena parte de ellos informes secretos de sus embajadas— reveladores de las conjuras, complots, maniobras sucias, torceduras de brazos, conspiraciones, intrigas, manejos y otras «malandrinadas» —llámelas usted como quiera—, puestas en práctica para mantenerse como superpoder imperial dominador del mundo.