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Juan Francisco Manzano, otra vez el silencio

En 1997 se cumplieron 200 años del nacimiento del poeta, y ha vuelto sobre él el silencio que parece remarcar su sino

Autor:

Alfredo Zaldívar

En 1997 se cumplieron —eso suponemos— 200 años del nacimiento del poeta Juan Francisco Manzano, y ha vuelto sobre él el silencio que parece remarcar su sino. Habían pasado dos décadas desde que en 1977, tras un lustro de «tiranía amorosa», Roberto Friol despejara tanta bruma, sacudiera tanto errático polvo, en esa luminosa indagación por los caminos del poeta que es su Suite para Juan Francisco Manzano.

Algunos ensayistas, críticos, llamaron la atención sobre esta obra de Friol, aún no valorada en su imprescindible grandeza.

A una investigación acuciosa pudiera faltarle una intuición poética especial, una cultura vasta, un conocimiento profundo de las leyes de la escritura y de la historia; la pericia investigativa. No son esas carencias de la obra de Friol. Ella es el acercamiento apasionado de un poeta culto cuya mesura y contención al exponer los hechos, al analizarlos, otorgan a esta creación cualidades que la sitúan entre las mejores piezas de su género en nuestra literatura. Ni los fascinantes hallazgos, ni las pesquisas devenidas luz hacen que Friol se desborde.

Conjetura, subraya, refuta cuando puede probar. Otras veces expone los hechos y deja las conclusiones al lector. Solo que la exposición de tales eventos suelen ser hábilmente manipulados por el escritor sabio, que escapa a una posible parcialidad explícita y nos induce a conclusiones que creemos haber elegido, cuando realmente estaban en el subtexto.

Francisco Calcagno, en su bello texto más dedicado al esclavo que al poeta, en Poetas de color (tercera edición, 1879), condiciona todo análisis de su poesía a su carácter de negro y esclavo, y vuelve al paralelo con Plácido con que Domingo del Monte signara casi todos los estudios posteriores sobre Manzano, incluso los más lúcidos.

Ramón Guirao en 1934 retoma la figura del olvidado poeta. Friol lo denominó El descubridor. Si bien Guirao llega a reconocer en Manzano «un sentido... humano del arte, de la poética», y lo considera una figura «sólida y humana», al tratar de exaltarlo lo limita, cuando dubitativo lo cree «quizá el más destacado del conjunto de poetas esclavos» y lo llama «gran poeta negro».

Este «descubrimiento» pronto tendrá ecos. José Luciano Franco dicta una conferencia sobre Manzano, que verá la luz en 1936 con el auspicio de Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de la Ciudad de La Habana, junto a cartas, poemas y la autobiografía, que se publica por primera vez en Cuba. Ni Franco en su conferencia, ni las preliminares de Leuchsenring, como tampoco el prólogo de Luciano Franco a la edición de 1972, ni el apéndice a esta de Israel Moliner Rendón, Historiador de la Ciudad de Matanzas, logran librarse de los condicionamientos (negro y esclavo), ni del consabido paralelo con Plácido. Franco pide «estudiar la dolorosa existencia de Manzano», no su obra. Moliner se diluye en vaguedades, no va a la obra ni a su esencia.

Cintio Vitier no escucha «el largo rumor de la arboleda» de la poesía de Manzano y lo excluye de su antología Los poetas románticos cubanos. En 1969, en Poetas cubanos del siglo XIX, le dedica una hermosa semblanza donde parece haber aguzado su excelente oído de violinista y al menos si no el «largo rumor», escucha un rumor cierto que estuvo desde siempre en Treinta años y Al reloj adelantado. Es gran poesía su reparo en las falta ortográficas de Manzano, pero nuestro ensayista mayor tampoco logra eludir el estigma delmontino, aunque quizá su paralelo —más justo que el del citado mentor, que el de Calcagno y el de cuantos sucumbieron— tuvo la intención de borrar tal estigma.

Si algunos origenistas —Cintio entre ellos— lograron que Lezama volviera su mirada al XIX, sin duda Friol hizo que muchos volvieran, volviéramos sobre Manzano. Cintio no sería una excepción.

Del Monte estimuló las dotes poéticas del esclavo, le ofreció consejos literarios, logró la colecta para manumitirlo (algo que él pudo hacer sin campañas y pompas), divulgó su obra más allá de Cuba, pero quizá su mayor mérito fue encargarle su autobiografía.

Del Monte logró la libertad del esclavo. No la del hombre. Él siguió siendo un amo, y Manzano su siervo fiel y agradecido. Su magnanimidad solo pudo llegar hasta el hecho de colocarlo como cocinero en su casa. Jamás fue Manzano su contertulio. No he encontrado quien explique en qué circunstancia leyó Juan Francisco Manzano su poema Treinta años en la tertulia delmontina. Yo lo imagino de pie, casi en el umbral, con el sombrero en una mano y la «oja» así sin hache, en la otra, casi de soslayo. Los patricios acomodados en sus sillones señoriales.

El nefasto paralelo que establece Del Monte pudiera parecer al ingenuo que pretende dar méritos a Manzano, cuando su intención marcada es nublar los de Plácido. Otros méritos tendrá Del Monte para ser admirado. Nunca estos.

Roberto Friol consigue adentrarse en la poesía de Manzano, en su obra, distante de las comparaciones y despojándolo de su condición de esclavo y negro. No sería innoble reconocer mayor mérito a Friol que a cuantos se acercaron a la obra del poeta con paternalismo lastimoso, con un tutelaje inadmisible, condicionándolo. Friol logra una dimensión del artista y del hombre, hasta entonces escamoteada.

Friol subraya la ignorancia del poeta, su avidez de conocimientos, los patrones erráticos que muchas veces siguió, pero sus análisis no están supeditados a esas situaciones externas, las tiene en cuenta, sí, pero sabe que la poesía en sus primitivas esencias, nada tiene que ver con lo libresco, la instrucción o las técnicas. Para adentrarse en la poesía de Manzano debe hacerlo con los propios medios del poeta, esos que le desbordaban: sensibilidad, intuición, imaginación, inteligencia, misterio.

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