Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

No soy cola de ningún ratón

El mismo hombre que reconoce sentir cierta nostalgia por el joven dramaturgo de la década del 60, asegura que lo más importante ha sido no haber dejado de escribir

Autor:

Alberto Curbelo

«Veo la vida con radiante ingenuidad. Solo la ingenuidad —como la poesía— nos permite redescubrir las verdades de la vida; nos hace observar perspicazmente la realidad». Lo asegura el gran Eugenio Hernández Espinosa, el mismo hombre que reconoce sentir cierta nostalgia por el joven dramaturgo de la década del 60, aunque lo más importante ha sido no haber dejado de escribir.

«En 1971 escribí Mi socio Manolo y, dos años más tarde, La Simona; en la década del 80, una parte importante de mis patakines, Tomasita baila el son, mi primera obra de teatro para niños; después, otras piezas para títeres, de teatro del absurdo, comedias, dramas históricos y sociales. Obras que concretan mi mirada como dramaturgo y que abarcan temáticas que no hubiese podido abordar en la década del 60. Como, por ejemplo, Delirium Tremens...».

—Hábleme de usted.

—¿Un autorretrato? Te advierto que no sé dibujar.

—Pero en sus libretos he descubierto algunos dibujos.

—¡Garabatos…! Pero, ya que insistes, te diré que tengo un carácter peculiar, un animal domesticado, aunque en el fondo creo que soy un animal salvaje y selvático. Aun cuando siempre he sido pacífico, manso, sosegado, sé disimular cualquier injuria… Es horrible sentirse humillado, discriminado, despreciado por mi origen, por mi piel, por mi cultura, por mis concepciones estéticas y éticas, ¡por mi filosofía ante la vida…! De joven con frecuencia fui víctima de humillaciones y desprecios. Es un fardo que todavía arrastro. No he aprendido a olvidar las vejaciones que he sufrido, porque no estoy apto para el olvido. Los recuerdos son como una especie de embriaguez perpetua. Quizá por eso sea vehemente, mordaz, severo. Cuando sé una cosa, sostengo que la sé. Y cuando no la sé, admito que no la sé; aunque, a veces, lo confieso, me cueste trabajo admitirlo.

—¿Algún temor…?

—¿Temor a qué?

—¿No teme a algo… o a alguien?

—Le temo al hombre que solo conoce un libro y por él se guía. ¡Es un adversario terrible!

—¿Quiénes son sus mejores amigos?

—Los libros. Después de estos, los libros. Ellos nunca me decepcionan: me instruyen sin castigos, sin pa-labras ásperas y sin ira, nunca duermen. Si se les interroga no ocultan nada. Si se les interpreta mal, no protestan. Si no se les entienden, no se ríen de uno. Nos dan consejos en la vida y consuelo en la aflicción. «¡Dejadme mis libros! —pedía Kafka—. ¡Es lo único que tengo!».

—La vida carece de valor si no nos produce satisfacciones. ¿Cuál es la mayor satisfacción que ha tenido en su vida hasta el día de hoy?

—Haber logrado lo que me he propuesto ser.

—¿Ha sentido envidia por el éxito de algún amigo?

—Nunca.

—Según Esquilo, pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrarse del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia.

—¿Y qué te hace pensar que yo no sea uno de esos pocos hombres?

—Es que usted piensa demasiado bien sobre sí mismo.

—Nunca he sentido envidia por el éxito de otro creador. No veo en sus éxitos la obra que yo pudiera escribir. He escrito la mía, la que ellos tampoco pueden escribir. Los premios y reconocimientos que he recibido han sido por ser fiel a mí mismo. Mis obras me     distinguen como las obras de Lam o Mendive los distingue a ellos del resto de los artistas plásticos cubanos. Nadie ocupa el lugar de nadie. Por eso siempre me he alegrado del éxito de cualquier creador. Lo asumo como un éxito de la cultura cubana, de mi cultura. Una cultura que forjan muchas voces. Pero jamás he sentido una motivación que me lleve a escribir El premio flaco u otro Aire frío. Es que, además, no me corresponde. Me creí obligado a escribir Aponte, Manzano, Roble de olor —el guion de esta película, con Rigoberto López—, mis numerosos patakines… A nivel de un enfoque clasista, entre Quiquiribú Mandinga o La noche de los asesinos, de Triana, o Dos viejos pánicos, de Piñera, hay diferencias sustanciales aunque las tres obras pertenezcan al teatro del absurdo. Te digo más: «La personas deformes y los eunucos, los viejos y los bastardos suelen ser envidiosos porque el que no puede remediar su propio estado hará lo posible por dañar el de los demás». Y como ves, ni soy deforme ni bastardo y muchos menos eunuco.

—(Entre risas). ¡Aunque sí viejo!

—Mi cuerpo es viejo, ¡pero no mi alma…! Tampoco ha envejecido mi obra. Puedo decirte, modestia aparte, que una de las pruebas de que he nacido con grandes cualidades es haber escrito esa obra. No soy cola de ningún ratón. No tengo nada que envidiarle a nadie. Como escritor, busqué mi espacio. El mío, el que me pertenecía por derecho propio. Construí mi historia. Plasmé mis intereses como cubano. Porque, entre las ramas del caguairán, el tocororo no es únicamente blanco, encarnado y azul. En su bandera de plumas, también están, aunque invisibles para algunos, sus plumas negras.

—¿Tiene usted enemigos?

—Que lance la primera piedra quien esté libre de enemigos. «Siempre están los críticos con sus criterios clásicos, con sus elevadas y altisonantes frases condenatorias», dice la actriz vilipendiada en Delirium Tremens.

—¿Pueden sus adversarios aportarle algo de utilidad?

—Sí, pueden. Pueden. ¡Claro! No vivimos solos en el mundo, como tampoco vivimos en el Paleolítico ni en la Edad Media. Nos hacen pensar, reafirmar convicciones, desechar criterios… Las contradicciones, como en una obra teatral, nos llevan a otras acciones, a enfrentar problemas que antes no habíamos advertido. Se multiplican las influencias recíprocas.

—¿A quiénes reconoce como sus enemigos? ¿A los que no piensan estética o ideológicamente como usted?

—No, no, por favor. ¡A los que me quieren joder…! No vivimos en un paraíso terrenal. El hombre, sensorialmente hablando, es complejo. Lo mismo ama que odia, cela, envidia. De la mayor dosis de esos componentes depende la proyección del hombre. Amor más Odio más Celo más Envidia es igual a Odio Celo Envidia. Resultado: mediocre, oportunista. Un mediocre, un oportunista es más dañino y hace más estragos que la bomba de neutrones. 

—¿Qué es lo que más le molesta?

—Trato de evitar acontecimientos cargados de preponderancia y exclusividad. ¡Detesto la exclusividad! Creo que todo eso empequeñece al hombre. Lo reduce a la más mínima expresión. Vivimos en una época de alineación y miedo. El hombre necesita su intimidad comunicativa, su calor humano.

—¿Ha sido un director intransigente?

—Intransigente con lo que no tiene realmente una naturaleza artística. Con lo mal hecho. Soy riguroso, lo mismo para escribir una obra que para dirigirla o trazar las pautas ideoestéticas de una compañía. Eso no excluye en lo absoluto mis errores, como tampoco que he sido comprensivo (yo diría que cariñoso, como un padre) con mis actores, técnicos y trabajadores. ¿No lo he sido para ti?

—Mi padre intelectual. Y como padre también de muchos jóvenes, ¿qué les aconsejaría a los que dirigen nuevos proyectos escénicos?

—El hombre que se dedica a dirigir corre el riesgo de cometer errores, sea joven o no. Puede caer, sin quererlo, en la trampa del narcisismo, es algo que todos llevamos dentro. Pero la cuestión está en que no nos dejemos arrastrar por nuestras exaltaciones, por nuestras reacciones viscerales.

—¿Le gustaría ser un político famoso, a escala internacional?

—Siempre he pensado que el gran político, como el gran artista, merece la fama; pero si se siente ávido por ella entonces procede como quienes la buscan, sin merecerla… (Hace una larga pausa reflexiva). Sí, lo confieso: me gustaría ser un dramaturgo a escala internacional. De hecho, mi teatro da cabida a todo el mundo antillano y no únicamente aborda conflictos típicamente cubanos, entre otras razones debido a nuestra común historia, nuestras tradiciones y maneras de ser. Pienso que me he ganado una islita en el palenque de los dramaturgos caribeños. Ahí están, para juzgarme: María Antonia, La Simona, Calixta Comité, Mi socio Manolo, Odebí el cazador, El Elegido, El Ambia, La balsa… Y también Tomasita baila el son, Alto riesgo, Tíbor Galarraga, Chita no come maní, Quiquiribú Mandinga, Gladiola la Emperatriz, Deja que llegue Josefa, Delirium Tremens…

«Sin ser inmodesto, si tuviese que valorar mi propia obra, podría perfectamente concluir con Borges: “No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”».

* Fragmentos de la entrevista que integra el testimonio La Pupila Negra. Teatro y terruño en Eugenio Hernández Espinosa, de Alberto Curbelo (Premio Razón de Ser 2005 de la Fundación Alejo Carpentier y Mención del Premio Uneac 2011. Editorial Letras Cubanas)

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