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Biohackers, ¿se acaba la humanidad?

Trascender nuestra condición de seres humanos a partir del uso de la tecnología es la intención de un grupo de personas que buscan convertirse en cíborgs. ¿Se multiplicará esta tendencia o es una simple moda?

Autor:

Yurisander Guevara

Casi todos los seres humanos cuentan con un par de orejas. La excepción es Stelarc, un artista de origen chipriota asentado en Australia que tiene tres estructuras cartilaginosas en su cuerpo: dos de estas, como todo el mundo, a ambos lados de la cabeza, y una tercera que «le creció» en el antebrazo izquierdo con un auricular Bluetooth.

Moon Ribas es también artista, nacida en Cataluña. Y además de tener un nombre singular, la española trasciende como el único ser humano capaz de percibir un evento telúrico gracias al implante que se hizo colocar en su codo.

Neil Harbisson, por su parte, podría ser considerado como un ser de otro mundo a primera vista. Y es que no todos los días uno ve un hombre con una antena en la cabeza.

Todos estos casos corresponden a lo que hoy se conoce como biohackers, personas que han decidido «superar» su condición humana a partir de implantar pedazos de tecnología en sus cuerpos.

Stelarc, como se nombra este artista, se hizo crecer una oreja en su antebrazo izquierdo. Foto: stelarc.com

Más allá de lo natural

En los últimos años ha nacido una nueva comunidad: los biohackers o grinders, términos que se usan para aludir a quienes experimentan para «mejorar» el cuerpo humano con tecnología y pasan a convertirse en cíborgs: organismos cibernéticos.

Se trata de «un campo inexplorado y emocionante que, en gran parte, está alejado de las disciplinas convencionales de la ciencia o de la filosofía y que cambia totalmente algunas creencias éticas antiguas», según lo define Kevin Warwick, vicerrector adjunto de Investigación en la Universidad de Coventry, Reino Unido.

En un artículo publicado por el diario español El País, Warwick explica cómo fue que se convirtió en biohacker: «Ha pasado mucho tiempo desde que me colocaron mi primer implante electrónico —un sencillo transmisor de radiofrecuencia— en 1998. Me permitía abrir puertas y encender luces solo con un movimiento de mi brazo. Para hacerlo conté con la ayuda de mi médico generalista que, en la operación, no solo me hizo un agujero en el brazo, sino que se aseguró de que mi implante se mantuviera en su sitio y de que no se produjera una infección».

Narra Warwick que en este campo el implante más habitual es el que él mismo puso en su cuerpo, cuya versión más reciente incorpora tecnología NFC para comunicación de campo cercano y es prácticamente imperceptible.

El británico Neil Harbisson es el primer cíborg reconocido por un Gobierno. Foto: El Mundo

El experto explica que estos implantes, por lo general, no ocasionan daños al organismo, sino que pasan a formar parte de él, aunque advierte que cualquier procedimiento en este sentido debe realizarse a través de especialistas de salud.

De acuerdo con su testimonio, la mayoría de los biohackers realizan por sí mismos las operaciones, y «aprenden sobre la marcha» los principios básicos de la medicina y la esterilización, es decir, simplemente mojan las agujas y los escalpelos en alcohol. De ahí los peligros que entraña esta práctica.

Implantarse un radiotransmisor en el cuerpo les permite a esas personas convertirse en una suerte de GPS, u obtener placer con reacciones diversas, como es el caso de Tim Cannon, un biohacker que se insertó un dispositivo con cinco luces LED en el anverso de su mano, las cuales se iluminan si se acercan a un imán. Este equipo se llama North Star (Estrella Polar), y se hizo «viral» en la comunidad de biohackers.

La revista Motherboard explica que el North Star replica el comportamiento de bioluminiscencia presente en algunos organismos, como las luciérnagas. Gracias a la tecnología, ahora también los humanos pueden, literalmente,     brillar.

Miedo a lo diferente

Steve Mann, profesor titular del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Computación de la Universidad de Toronto, es conocido como el padre de los wearables, dispositivos electrónicos que se pueden «usar» para facilitarnos la vida.

En la cotidianidad estos equipos se han hecho cada vez más comunes, como es el caso del EyeTap, un invento de Mann que consiste en unas gafas capaces de superponer imágenes a nuestra visión natural para crear efectos de realidad aumentada. Fue este invento el antecesor de Google Glass, los espejuelos electrónicos creados por el gigante tecnológico.

Mann es, supuestamente, la víctima de lo que sería el primer ataque a un cíborg. Y es que durante una visita a una cafetería de McDonald’s en Francia, habría sido atacado por los dependientes, quienes reaccionaron de forma violenta al ver que este llevaba el EyeTap instalado en su cabeza.

La disputa entre Mann y McDonald’s, ocurrida en 2012, nunca ha quedado totalmente clara, y las fuentes siempre indican el suceso como «supuesto». Eso a pesar de que Mann publicó en su blog fotografías de sus atacantes, aunque nunca reveló sus rostros.

Siempre a la escucha

Cuando Stelios Arcadiou hizo aquel performance, todos quedaron sorprendidos. En su antebrazo izquierdo «habitaba», perfectamente delineada, una oreja.

Stelarc, nombre que el mismo artista se cambió legalmente, se hizo crecer el cartílago a partir de una compleja operación quirúrgica, y no le bastó conque fuera otra oreja más: le incorporó un auricular con tecnología Bluetooth.

En su página web el artista expresa que así logró tener un nuevo centro sensitivo en su cuerpo, pues es capaz de escuchar por su brazo.

Algo parecido, aunque no tan visible, hizo la catalana Moon Ribas. En uno de sus codos está insertado un sensor que recibe datos de una aplicación móvil, la cual recopila todos los temblores de tierra alrededor del mundo.

Esta coreógrafa ha declarado que se hizo su implante porque quería sentir   el movimiento en una nueva forma. Describe las sensaciones como el equivalente a la vibración de un celular, pero en diferentes rangos: mientras más fuerte sea el terremoto, más se moverá su codo.

Si de percepciones se trata, el premio se lo llevaría el británico Neil Harbisson, quien se implantó una antena en su cabeza para cambiar la forma en la que percibe los colores.

Harbisson es, de hecho, el primer cíborg reconocido legalmente por un Gobierno, en su caso el británico, que permitió quedase plasmado este estatus en su pasaporte.

El artista ha sido objeto de algunos ataques, al igual que Steve Mann, pero afirma sentirse feliz, pues ve la vida con una tonalidad diferente.

Lo que hoy es una novedad, como en el caso del biohacking, podría ser el inicio del camino a una mayor integración hombre-máquina, o al menos así piensan los defensores de esta práctica.

Empero, quedan cuestiones éticas por resolver en este campo, para nada regulado. ¿Qué está permitido suplantar del cuerpo humano? ¿Cómo se protege la privacidad de las personas que se inserten equipos con capacidad de comunicación? Y una pregunta todavía más inquietante: si todos deciden ser cíborgs, ¿se acaba la humanidad?

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