Lo revisas al despertar, lo llevas al baño, comes con él sobre la mesa y rara vez lo limpias. La ciencia acumula pruebas de que los teléfonos móviles funcionan como refugio para bacterias, hongos y virus. Lo que aún intenta determinar es hasta dónde llega el riesgo para la salud humana
Hay un objeto que acompaña a millones de jóvenes (y no tan jóvenes) desde que abren los ojos hasta que vuelven a dormir. Va del aula al transporte público, del gimnasio a la cama, del comedor al baño. Lo tocan miles de veces cada día, pero casi nunca piensan en lo que también viaja sobre su superficie. No se trata de una billetera ni de unas llaves. Es el teléfono móvil.
Durante años, la idea de que los celulares acumulan suciedad pareció una exageración propia de campañas de higiene. Sin embargo, las investigaciones publicadas entre 2020 y 2026 dibujan un panorama mucho más complejo. Los teléfonos no solo acumulan microorganismos comunes: también pueden albergar bacterias asociadas a infecciones graves, hongos y virus, incluidos algunos resistentes a múltiples tratamientos.
La evidencia es tan consistente que la discusión científica ahora se plantea hasta qué punto pueden contribuir a la propagación de enfermedades.
Los especialistas clasifican a los teléfonos móviles como fómites, un término que describe objetos inanimados capaces de transportar agentes infecciosos. La lógica resulta sencilla. Las manos tocan una superficie contaminada, depositan microorganismos en el dispositivo y, más tarde, el teléfono vuelve a entrar en contacto con la piel, la boca o los alimentos.
La magnitud del fenómeno sorprende. Un estudio internacional publicado este año encontró que los teléfonos analizados contenían, en promedio, 3,62 de las diez bacterias responsables de la mayor mortalidad global, y casi dos y medio de los llamados patógenos Eskape, un grupo de microorganismos conocidos por su resistencia a los antibióticos.
Entre las bacterias detectadas aparecen nombres familiares para la medicina hospitalaria: Staphylococcus aureus, Escherichia coli, Klebsiella pneumoniae y Pseudomonas aeruginosa. Algunas pueden provocar infecciones urinarias, neumonías, sepsis o afecciones de la piel cuando encuentran las condiciones adecuadas.
Los científicos también han identificado hongos como Cándida y Aspergillus, además de rastros de virus respiratorios.
En el caso del SARS-CoV-2, varios estudios detectaron material genético viral en teléfonos móviles, aunque eso no significa que el virus siguiera siendo capaz de infectar.
El problema no reside solo en la presencia de microorganismos. También influye la frecuencia con que usamos estos dispositivos. Las estimaciones citadas en la literatura científica indican que una persona puede tocar su teléfono más de 2 500 veces al día. Pocas superficies reciben tanta atención humana.
En hospitales, donde la presencia de patógenos resistentes constituye una preocupación permanente, los resultados son aún más llamativos. Un estudio realizado en Egipto encontró contaminación en el 90 por ciento de los teléfonos de trabajadores sanitarios y detectó organismos multirresistentes en casi seis de cada diez dispositivos examinados.
La situación preocupa porque el teléfono puede convertirse en un puente entre distintos espacios. Un médico, enfermero o estudiante de ciencias médicas puede usar su dispositivo durante la jornada laboral y luego llevarlo a casa, al transporte público o a un restaurante. Investigaciones recientes sugieren que ese movimiento podría contribuir a la circulación comunitaria de bacterias resistentes a los antibióticos.
Incluso, fuera del ámbito hospitalario aparecen señales de alerta. Análisis realizados en estudiantes, vendedores de alimentos y asistentes a eventos internacionales encontraron niveles importantes de contaminación microbiana en los dispositivos analizados.
A pesar de la enorme cantidad de evidencia sobre contaminación, ninguna investigación ha logrado demostrar de forma directa que un teléfono específico provocó una infección concreta en una persona. Los académicos conocen la presencia de microorganismos y entienden cómo podría producirse la transmisión, pero la cadena completa resulta muy difícil de probar.
Por esa razón, los expertos piden evitar la alarma. Decir que los celulares causan infecciones simplifica demasiado una realidad compleja. Pero, afirmar que no representan ningún riesgo, también contradice los datos acumulados durante los últimos años.
Existen otras incógnitas abiertas. La ciencia todavía desconoce qué porcentaje de infecciones podría atribuirse a los teléfonos, cuántos microorganismos son necesarios para producir enfermedad o si la desinfección sistemática de los dispositivos reduce realmente las tasas de infección en la población.
Mientras esas respuestas llegan, varios analistas proponen incorporar la limpieza del teléfono a las rutinas de higiene. Una revisión científica, incluso, sugirió considerarla como una especie de «sexto momento» de la higiene de manos, sobre todo en entornos sanitarios.
La recomendación parece sencilla, pero choca con una realidad cotidiana: muy pocas personas limpian su móvil con regularidad. El dispositivo más utilizado del día suele ser también uno de los más olvidados cuando llega la hora de desinfectar superficies.
Quizá, ahí resida la principal lección de esta historia. El teléfono inteligente se ha convertido en una extensión del cuerpo humano. Lo llevamos a todos lados, compartimos con él buena parte de nuestra vida digital y lo usamos para estudiar, trabajar o divertirnos. Sin embargo, debajo de la pantalla brillante existe un mundo microscópico que rara vez vemos. La ciencia aún investiga cuánto peligro representa. Lo que ya sabe es que nunca viaja solo.