Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Violencia normalizada contra niñas y adolescentes

Más allá del golpe, la amenaza o el acoso, hay formas de control y juicios que dañan la capacidad de autocuidado desde las primeras edades

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

En el centro de la no violencia se alza el principio del amor.

                                  Martin Luther King.

Hay violencias que dejan marcas visibles: un golpe, una herida, una amenaza. Otras que pasan inadvertidas, incluso para quienes las viven. Se esconden detrás de frases aparentemente inocentes, costumbres que aprendimos a considerar normales, comportamientos que se justifican con un «así son las cosas».

Niñas y mujeres pueden experimentar situaciones de violencia sin identificarlas inmediatamente como tales. A veces porque nadie les enseñó a reconocerlas. Otras, porque la sociedad las ha normalizado durante tanto tiempo que cuesta ponerles nombre y hacer una denuncia para cortar sus raíces.

Una niña que recibe comentarios constantes sobre su cuerpo puede aprender desde muy pequeña que su apariencia debe estar siempre bajo el escrutinio de los demás. «Qué bonita». «Qué delgada». Otras veces es: «Deberías cuidar mejor esa figura»… Comentarios que parecen inofensivos, pero pueden construir la idea de que su cuerpo no le pertenece del todo; su función es estar disponible para ser observado, juzgado o valorado.

También persiste la costumbre de decirles a las niñas que deben ser buenas, obedientes y agradables. No contestar, incomodar o hacer demasiado ruido, y siempre estar disponibles para un abrazo, un beso o una caricia exigida.

Una niña no tiene que aprender a complacer a los adultos a costa de su incomodidad (tampoco los varones, por cierto). Cada persona tiene derecho a decir que no quiere un beso, un abrazo ni sentarse en el regazo de alguien. Tiene derecho a que los adultos respeten sus límites y a ser escuchada.

Enseñar a una niña a aceptar contactos físicos no deseados puede dificultar, más adelante, su habilidad para reconocer y poner límites. Incluso, si es alguien de confianza o de la familia, cualquiera sea la edad, forzar ese trato íntimo contra su intuición es privarle de una herramienta de autocuidado valiosa para su inserción en el mundo.

Un «no quiero» debería ser suficiente para invitarnos a observar la interacción de esa niña con tales personas, o su dinámica de relaciones en general, en busca de señales de violencia física o sicológica ocultas que dañan el normal desarrollo de su niñez y la percepción sana y responsable de su sexualidad.

Control no es amor

Luego, a partir de la adolescencia, debemos ser conscientes de otras formas de control abusivo que muchas veces se confunden con interés amoroso, tanto de sus familiares como de amistades y pretendientes.

Revisarle el teléfono sin permiso, pedir contraseñas, exigir fotografías, preguntar constantemente dónde está, con quién habla o por qué tarda en responder un mensaje, es un exceso de vigilancia que sólo corresponde, por ley, a sus adultos más allegados, y siempre con previo consentimiento informado, para enseñar a esa muchacha a velar por su bien y detectar riesgos, no para coartar su libertad y crecimiento.

Sin embargo, muchas chicas aprenden a responder a estas acciones controladoras con sumisión o desamparo, en especial en el noviazgo o con amigos íntimos: «Lo hace porque me quiere», se justifican. «Es que tiene miedo de perderme», se alegra. «El celo es amor», responde en automático. Tales estereotipos machistas, incorporados sin razonamiento, se convierten en un problema que crece con los años y debilita otras defensas de la futura mujer adulta.

Hay también mucha violencia aún en la forma de hablar sobre el cuerpo femenino: comentarios sexuales no solicitados, chistes, miradas insistentes, mensajes con contenido sexual, piropos groseros, fotografías enviadas sin consentimiento pueden parecer inofensivos porque ocurren todos los días, y precisamente por eso son tan difíciles de identificar.

Que algo sea frecuente no significa que sea normal, y que muchas mujeres hayan aprendido a soportarlo desde la pubertad no significa que tú debas hacerlo. Nada te impide sacar esos obstáculos de tu vida con un mayor respeto hacia ti misma, y si involucras a otros jóvenes en ese debate, mucho mejor.

Te cuido porque sí

Existe además una violencia especialmente difícil de reconocer, aquella que se disfraza de preocupación y es practicada por parejas o personas que aprovechan su estatus para imponerse a la muchacha: «No te pongas esa ropa porque te traerá problemas». «Mejor no salgas sola… y no bebas ni regreses tarde». «Esa amiga no te conviene, que no venga más».

En apariencia, estas recomendaciones nacen del deseo de protegerla. Entonces, debemos preguntarnos: ¿por qué la responsabilidad de evitar la violencia suele recaer sobre las niñas y las mujeres? ¿Por qué enseñamos a una niña a caminar por determinadas calles, a cuidar su ropa, a avisar cuando llega a casa o a no aceptar bebidas de desconocidos, pero no hablamos con la misma intensidad de ese tema con los varones, para inculcarles responsabilidad y evitar otras violencias?

La prevención no debería consistir únicamente en enseñarles a ellas a evitar el peligro. También debería enseñarse a todos a respetar límites, pedir consentimiento y ejercer autonomía.

En el ámbito sexual, la confusión puede ser todavía mayor. Algunas mujeres sienten que deben acceder a un encuentro sexual para no decepcionar a su pareja, o que creen que, después del primer acercamiento, ya no pueden cambiar de opinión y tienen que asumir la excitación de la otra parte.

Pero el consentimiento no es un contrato con multas: es un acuerdo libre que se puede retirar en cualquier momento, sobre todo si ese contacto provoca malestar. Incluso estar en una relación reconocida públicamente no significa tener disponibilidad sexual permanente, ni una cesión de los derechos sobre tu cuerpo a favor de los caprichos del otro.

Creer que un «Sí» inicial es una patente de corso ilimitada es un tipo de violencia estructural muy arraigada que no desaparecerá sola: lleva diálogo, activismo y conciencia.

Aún sin gritos, golpes o amenazas explícitas, se puede ejercer una violencia tan sutil como una presión «amorosa» o un chantaje emocional, insistencia constante o manipulación de tu tiempo, deseo, relaciones, proyectos…

Es importante estar alertas ante el trasfondo de frases como «Si de verdad me quisieras…». O «después de todo lo que hago por ti». «Ya empezamos, así que termina», y otras maniobras para convertir su deseo en tu obligación.

Empezar temprano

También necesitamos prestar atención a la violencia que ocurre en internet. Compartir una fotografía sin permiso, insistir para conseguirla, hacer comentarios sexuales sobre una menor, difundir rumores o utilizar imágenes para humillar son formas de violencia. El hecho de que sucedan detrás de una pantalla no las hace menos reales.

Quizá, uno de los mayores problemas sea que muchas mujeres pasan años preguntándose si aquello que vivieron con incomodidad «era realmente tan grave». Si estaban exagerando su rechazo. Si tenían derecho a sentirse incómodas. Si debieron haber reaccionado de otra manera…

La violencia estructural es experta es instalar la duda. Por eso es importante cambiar la pregunta: En lugar de cuestionar qué hizo ella para provocar determinada situación, podemos indagar qué hizo a la otra persona cruzar un límite, cuándo aprendió a irrespetar y a creerse superior en sus deseos.

En lugar de decirle a una niña que sea más cuidadosa en su proyección, podemos enseñarle que su cuerpo merece respeto.

 En lugar de enseñar a las adolescentes a vivir con miedo, podemos educar en consentimiento, empatía y responsabilidad.

Reconocer que existe este tipo de violencias no significa vivir desconfiando de todo el mundo, sino aprender a identificar todo aquello que vulnera tu libertad, tu dignidad y tus límites. También significa entender que no todas las violencias tienen la misma intensidad, pero todas merecen ser tomadas en serio.

Después de todo, ejercer respeto hacia ti misma no debería dar miedo, generar culpa ni exigir silencio. Y si alguien cruza tus límites, no tienes que resolverlo a solas. Puedes acudir a tu familia, tus amistades, las autoridades locales e incluso las redes.

A veces, el primer paso para cambiar una situación es decir: «Esto no está bien». Poner nombre a la violencia no la hace aparecer, sólo la hace visible para otros, y así es más difícil seguir justificándolo como si fuera normal.

Diez claves para reconocer y poner límites

  1. Mi cuerpo es mío: Nadie tiene derecho a tocarme si no quiero, aunque sea alguien conocido.
  2. Puedo decir NO: No necesito una explicación perfecta para poner un límite.
  3. Puedo cambiar de opinión: Haber dicho Sí antes no significa que tenga que seguir diciéndolo en lo adelante.
  4. Los celos no son amor: Revisar mi móvil, controlar mi ropa o decidir con quién puedo estar no es una prueba de amor.
  5. Mi intimidad no se comparte: Una foto, un mensaje o una conversación privada no pueden difundirse sin mi permiso.
  6. Insistir también puede ser violencia: Si alguien sigue presionándome después de decir no, el problema no soy yo.
  7. No tengo que aguantar comentarios sobre mi cuerpo: Que alguien diga que «solo estaba bromeando» no significa que yo tenga que tolerarlo y sentirme bien.
  8. No es mi culpa: La ropa que llevo, la hora, el lugar, el alcohol o haber confiado en alguien nunca justifican que otra persona cruce mis límites.
  9. Puedo pedir ayuda: Hablar con una persona de confianza no es exagerar ni «hacer un drama».
  10. Si algo me incomoda, importa: No necesito esperar a que ocurra algo peor para tomarme en serio lo que siento.

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