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Sonreír: cuando el amor se expresa sin palabras

En nuestras relaciones más cercanas, una sonrisa puede decir mucho, desde el reconocimiento inicial hasta el sostenimiento diario de una pareja o familia

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños.

                                              Pablo Neruda

 

Hay gestos que duran apenas unos segundos, pero pueden quedarse con nosotros durante mucho tiempo. Una mirada, una caricia, un abrazo inesperado, una sonrisa.

Sonreír parece tan sencillo que muchas veces no le damos importancia. Sin embargo, en nuestras relaciones más cercanas, una sonrisa puede decir mucho más de lo que imaginamos: me alegra verte, estoy contigo, te reconozco, me haces bien, aquí estás a salvo…

Quizá por eso la sonrisa ocupa un lugar tan especial en las relaciones humanas: incluso, antes de que pronunciemos una palabra, nuestro rostro ya está hablando.

Una forma de decir «Me alegra que estés aquí»

Pensemos en algo cotidiano: llegar a casa después de un día difícil y encontrarnos con alguien que queremos. A veces no necesitamos una conversación profunda. Basta con que esa persona nos mire y sonría. Ese pequeño gesto puede cambiar el tono de un encuentro.

No porque la sonrisa resuelva nuestros problemas, sino porque nos recuerda que al otro lado de nuestras preocupaciones hay alguien con quien compartir la vida.

En la familia ocurre constantemente. La sonrisa de una madre, un padre, los hijos o la pareja resulta una pequeña señal de reconocimiento. Es una manera silenciosa de decir «Te veo». Y sentirse visto es una de las necesidades más profundas que tenemos como seres humanos.

La sonrisa construye intimidad

Cuando hablamos de intimidad solemos pensar inmediatamente en erotismo. Y, por supuesto, eso forma parte de la cercanía de una pareja. Pero esta dimensión es mucho más amplia. También es conocer los gestos del otro. Saber cuándo está preocupado. Reconocer esa sonrisa que aparece cuando algo le hace especial gracia. Compartir una mirada durante una cena. Reírse juntos de algo que nadie más entendería. La relación se alimenta de esos códigos pequeños que vamos construyendo con el tiempo.

Una pareja que todavía puede sonreírse tras muchos años de convivencia, conserva algo muy valioso: la capacidad de encontrarse más allá de las obligaciones, las rutinas y los problemas cotidianos.

A veces, una sonrisa puede ser incluso una forma de provocar deseo. No necesariamente un ansia sexual explícita, sino esa necesidad de acercarnos al otro, de jugar, compartir, y volver a descubrirnos.

Sonreír en medio de la rutina

La vida en pareja también tiene facturas, cansancio, responsabilidades, horarios, niños, trabajo y preocupaciones. Precisamente por eso los pequeños gestos adquieren tanta importancia.

El amor cotidiano no puede depender del presupuesto para una cena romántica o una escapada de fin de semana. A veces tiene forma de café preparado por la mañana. De un mensaje tierno o gracioso durante el día. De una mano que busca la nuestra. De una sonrisa cuando nos cruzamos por el pasillo.

Son pequeños recordatorios de que, debajo de todos los roles que compartimos, o que nos alejan momentáneamente, siguen latiendo dos personas que se eligieron para compartir buena parte de sus vidas.

Quizá una de las preguntas interesantes que podemos hacernos sea: ¿cuántas veces al día sonreímos realmente a las personas que más queremos? Por costumbre (y no buena), podemos ser extraordinariamente amables con desconocidos y reservar nuestras mejores sonrisas para fuera de casa, mientras nuestra familia y pareja sólo ve la parte amarga o cansada de nuestro ser; las frustraciones o los reclamos…

Eso es parte de la vida, y es lógico que lo guardemos para el espacio seguro del hogar, pero si sólo llevamos eso, sin compensar con una sonrisa auténtica, ¿qué tanto amor estamos cultivando en casa?

Sonreír no significa fingir

Aquí hay algo importante: defender el valor de la sonrisa no significa que debemos estar alegres todo el tiempo. Tampoco que debamos esconder nuestros problemas detrás de una mueca forzada.

Hay días en los que no podemos (ni apetece) sonreír. Y eso está bien. El dolor necesita espacio. La tristeza necesita ser escuchada. El enfado también puede ser legítimo. Y una relación sana debería permitirnos mostrarnos completos, no únicamente en nuestras versiones agradables.

La sonrisa tiene valor precisamente cuando nace de la libertad y no de la obligación. No necesitamos convertirla en máscara. Podemos estar atravesando un momento complicado y, aun así, encontrarnos en una mirada que nos diga: «No pasa nada, estoy aquí contigo».

En ese caso, la sonrisa estará en un rostro ajeno, pero su energía reconfortante también iluminará nuestro malestar. Eso también es amor.

Quizá por eso una sonrisa puede tener algo profundamente reparador. No porque tenga poderes mágicos, sino porque establece conexión y empatía.

Cuando alguien nos sonríe de manera sincera, durante un instante dejamos de sentirnos solos. Hay un encuentro. Dos personas se reconocen. Y en una pareja, ese reconocimiento cotidiano puede ser especialmente importante.

Con el paso de los años podemos dejar de mirarnos de verdad. Empezamos a dar por sentado al otro. Sabemos dónde está, qué va a hacer, qué piensa, qué va a decir… La rutina puede convertir a la persona que tenemos delante en parte del paisaje.

Por eso es tan importante volver a mirarla cada día a conciencia. Y sonreírle. No para mantener viva una ilusión artificial, sino porque detrás de esa persona habitual sigue existiendo alguien con quien compartimos deseos, miedos, recuerdos, proyectos y momentos que nadie más conoce de la misma manera.

Una sonrisa puede ser una invitación

Hay sonrisas que dicen «gracias». Otras dicen «te entiendo».

Algunas encierran un sincero «perdóname». Las más íntimas, simplemente dicen: «Ven».

Una sonrisa puede abrir una puerta y suavizar una distancia. Como puede también transformar un silencio incómodo en momento de complicidad, y un gesto ambiguo en certeza.

Incluso en la sexualidad, antes del contacto físico, existe toda una conversación de gestos: una mirada sostenida, una sonrisa, una proximidad que se reduce poco a poco. El deseo también habla ese idioma. Y muchas veces el diálogo empieza mucho antes de que exista una caricia.

Volver a sonreírnos

Tal vez no necesitamos grandes recetas para cuidar nuestras relaciones. A veces basta con prestar un poco más de atención a esos pequeños momentos que dejamos pasar.

Sonreír cuando nuestra pareja entra por la puerta. Sonreírle a nuestro hijo cuando nos cuenta algo que para él es importante. Sonreír durante una conversación en la mesa. Sonreír cuando recordamos anécdotas que nos marcaron.

Sonreír, incluso, sin motivo.

Porque el amor consiste, en buena medida, en hacerle saber al otro que su presencia sigue teniendo un lugar especial en nuestra vida. Y hay pocas maneras tan sencillas y efectivas de decir «me alegra que estés aquí».

Una sonrisa no soluciona un malentendido en una relación; no sustituye una conversación pendiente ni cura una herida. Pero puede hacer algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, extraordinariamente valioso: puede recordarnos que, antes de ser pareja, padres, hijos, amantes o compañeros de vida, seguimos siendo dos seres humanos intentando encontrarse.

Y a veces, para volver a encontrarnos, basta con mirarnos… y sonreír.

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