El sabor de las estrellas

El hallazgo de un sol que «no debería existir» hace replantear a las ciencias astronómicas los modelos vigentes sobre las nubes de gas primigenias, formadas tras el Big Bang. La cocina gourmet, el paladar y otros gustos

Autor:

René Tamayo León

La estrella J102915+172927 no debería existir. Vive, como nuestro Sol, en la Vía Láctea. Pero desde antes. Es uno de los astros más viejos del espacio. Su edad ronda los 13 000 millones de años, un poco menos que la del Universo, estimada en algo más de 13 700 millones de años.

Fue localizada por un equipo internacional de astrónomos que recién publicó el artículo divulgativo en la revista Nature. El Very Large Telescope del Observatorio Europeo Austral (ESO), ubicado en Chile, facilitó un hallazgo que ha llevado a los expertos a hacerse más de una pregunta.

J102915+172927 es un 20 por ciento más pequeña que el Sol. Tiene la menor cantidad de metales observados en una estrella.

Según Elisabetta Caffau, autora principal del estudio —reseñado por www.rtve.es—, la teoría más aceptada «predice que las estrellas de este tipo, con poca masa y cantidades extremadamente bajas de metales no son viables, porque las nubes de material donde se formaron nunca podrían haberse condensado».

En Astronomía, los metales son los elementos químicos más pesados que el helio. «Una estrella como el Sol tiene 20 000 veces más metales que esta», comentó a Radio y Televisión Española, Miguel Mas, del Centro de Astrobiología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC).

Lo cierto es que J102915+172927 existe.

Habrá que cambiar las teorías. O al menos los modelos vigentes sobre las nubes de gas primigenias formadas tras el Big Bang, las placentas de las estrellas pioneras.

«Estas observaciones favorecen otros modelos, que no exigen que la nube sea rica en metales, y pueden llegar a explicar la formación a partir de nubes primordiales», comentó Miguel Mas a www.rtve.es.

La recién descubierta inquilina del espacio posee, además, 50 veces menos litio de lo que debiera —siempre, claro está, según los consensos establecidos, entre ellos el de que en los primeros momentos del Universo se formaron los elementos más ligeros, el hidrógeno, el helio, y también el litio.

Tampoco hay que asustarse. La existencia de la J102915+172927 solo conducirá a los científicos a replantarse más de una cuestión en cuanto a la formación de las estrellas.

La búsqueda de esas respuestas será otro salto en el saber humano. Siempre ha sido así.

Cocinando en el cielo

A propósito de este «raro» sol compuesto por casi 75 por ciento de hidrógeno, 25 por ciento de helio y apenas 0,00007 por ciento del resto de los metales, aprovechamos para comentar una nueva oferta de la cocina internacional gourmet.

En Gran Canaria, famosa por sus atractivos turísticos y también por su quehacer astronómico, un establecimiento decidió conjugar la gastronomía y el cosmos, para lo cual elabora platos inspirados en planetas, estrellas y constelaciones.

«Los sabores y la temperatura de los platos emulan a los elementos presentes en el sistema solar. Luego, con la lección bien aprendida en el paladar, se puede disfrutar con la vista, telescopio en mano, el cielo canario», dice una crónica divulgada en www.elcomercio.es y otros medios digitales.

Parece difícil, mas no lo es. La reproducción de los sabores de las estrellas es posible.

La percepción de los sabores constituye un acto cultural. Pasa por la experiencia de vida, desde recuerdos hasta asociaciones de ideas; pero también es un hecho fisiológico en el que intervienen el gusto, el olor y la vista —con el color y las formas.

Se trata de un proceso organoléptico, físico-químico y neuronal bastante bien descrito por la ciencia. Así, existen cuatro sabores básicos: el agrio, el amargo, el salado y el dulce y, según algunos expertos, un quinto: el «umami».

Todos tienen una función. El dulce indica alto contenido de energía; el salado, un elevado consumo de sales. El ácido alerta que lo que se ingiere podría resultar corrosivo en el tracto digestivo; el amargo avisa de la probabilidad de sustancias tóxicas. Y el «umami», por último, permite reconocer la presencia de un alto contenido de proteínas.

Los secretos de la lengua

Las papilas gustativas son el detector del sabor. Estos sensores específicos se ubican en diferentes partes de la lengua y un ser humano posee cerca de 10 000.

Todos los sabores pueden identificarse en cualquier parte de la lengua, incluso en zonas internas de la boca y los labios. No obstante, los sabores dulces se perciben con mayor intensidad en la punta; los amargos, en las zonas laterales traseras; los salados, a los lados y en la parte anterior; y lo agrio o ácido a los lados, pero en la parte posterior. La zona central es la menos sensible.

La lengua, además, es suceptible al tacto, lo cual permite identificar la textura de la comida. Cuando hay exceso, todos estos sabores son una alarma; pero en su justa medida, su identificación puede llegar a ser una experiencia «mística», al menos cuando nos permite recrear una experiencia de vida agradable, o cuando su balance nos produce un gran confort físico, o cuando su novedad nos sugiere algo que quisiéramos hacer, como es paladear el sabor de un planeta.

Para esto, sin embargo, el chef habrá de sumergirse en la Astronomía y conocer qué dicen los científicos sobre la composición química de este o aquel cuerpo celeste, qué color tiene o qué olor predomina. En función de las características del objeto a reproducir, debe seleccionarse el alimento o el saborizante a utilizar y la presentación que emule con la forma o color del cuerpo cósmico.

Pongo un ejemplo: el postre de una cena celestial puede bautizarse con el nombre de un cuerpo donde se hubiera detectado dióxido de nitrógeno (NO2), pues este puede tener un sabor dulce. No obstante, aún no hay reportes de un planeta donde el NO2 abunde. También debe seguirse la experiencia del restaurante canario, pues si los comensales no saben mucho de planetas y estrellas, entonces habrá que darles una charla de Astronomía.

Secretos del gusto o recetas para el buen comer

LA sensibilidad del gusto puede ser afectada por diversos factores, entre ellos, la temperatura. Como mejor distingue la lengua los sabores, es si la temperatura de la sustancia es igual o muy parecida a la del cuerpo humano, según dicen varios artículos divulgativos, como los colocados en el sitio http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx.

No obstante, no puede generalizarse, pues los comestibles helados, como nuestros modestos durofríos, o los sofisticados congelados de la cocina molecular están hechos precisamente para fijar determinados gustos y texturas, imposibles de lograr de otra manera. Igual pasa, pero al contrario, con un canelón que queramos degustar en el habanero Barrio Chino, para poder gozarlo a plenitud debe estar acabado de sacar del horno.

Otro caso es el enmascaramiento de sabores, como es la acción de agregarle azúcar al café para amortiguar su sabor amargo, pues la lengua es incapaz de distinguir los sabores individuales de las sustancias mezcladas. No sucede lo mismo con el oído, habilitado para identificar un amplio registro de estímulos auditivos.

Otra característica del gusto es la adaptación. Una sustancia no debe estar mucho tiempo en la boca. Cuando esto ocurre, la lengua reduce su sensibilidad a otros sabores, y pudiera perder la capacidad de identificar en toda su plenitud el sabor del plato que le sigue, o al menos, tergiversarlo.

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