Agónico diésel

Aunque con las cartas casi siempre esta sección se acerca a las realidades del país desde las situaciones individuales de ciudadanos, hoy traigo la misiva de Luis Miguel Álvarez Acuña, quien sopesa el candente tema del ahorro desde otra perspectiva.

Luis Miguel, quien reside en calle 182 número 41114, entre 411 y 413, reparto Lídice, en el municipio capitalino de Boyeros, es director de una unidad económica de base, y como tal se pronuncia acerca de ciertas irregularidades que conspiran contra la política de ahorro que propulsa el país.

Refiere el remitente que los equipos de las empresas, cuando intentan aprovisionarse de diésel en los servicentros CUPET y Oro Negro, como les corresponde, enfrentan mil dificultades. Pero la realidad, según Luis Miguel, dista mucho de la lógica, por la continua inestabilidad del combustible allí.

«En ocasiones —sostiene— un equipo debe recorrer varios kilómetros en la mañana para poder habilitarse, ya que siempre se alega por parte de los empleados de los mencionados establecimientos que no tienen o que ya están en la reserva. Esto conlleva pérdida de tiempo, gastos de todo tipo e irritación sin necesidad alguna». Mas, curiosamente, eso no ocurre con la gasolina, asegura.

Luis Miguel atestigua que tal asunto lo ha consultado con algunos funcionarios, pero no ha tenido respuesta convincente. Y se pregunta cómo, si estamos en una estrategia del ahorro, esto pueda suceder.

También señala que en esos servicentros, aparte de que las colas son interminables, hay ciertas disposiciones que complican a las empresas clientes: con una tarjeta magnética, un vehículo no puede reabastecerse con más de cien litros. Esa misma tarjeta no puede ser marcada, en el mismo establecimiento, en más de una ocasión en el día, lo que impide que de una sola vez dos vehículos de la entidad se aprovisionen. Si hay dos vehículos de la misma empresa y tienen que habilitarse, hay que hacerlo en dos servicentros distintos.

A esto se agrega, según el remitente, que los cambios de turno en esas unidades ocurren entre las seis y treinta y las siete de la mañana, afectándose con ello a los clientes.

Luis Miguel insiste en que son comprensibles las medidas de control y disciplina que pueden implantarse en dichos servicentros, y los problemas de escasez que pueda tener el país; pero considera que debe analizarse de manera global la incidencia negativa que tales fenómenos tienen en la economía del país.

La segunda carta la envía Juan L. Gómez. vecino de 11-C, número 22215, entre 222 y 222-C, en el municipio capitalino de Playa. Y es una queja acerca del Oro Negro de la rotonda de Playa, en la capital.

Refiere el remitente que en reiteradas ocasiones ha llegado con su auto a dicho servicentro a las seis, seis y treinta, y a las siete de la mañana, y siempre están cuadrando la caja.

En la madrugada del 14 de julio, a las cuatro de la mañana, Juan llegó al servicentro... y estaba cerrado. La compañera estaba «cuadrando». Él le tocó en el cristal y ella ni siquiera se dignó a mirar, «con una total indolencia».

Así, Juan se pregunta por qué en los cristales reza que el servicio se mantiene las 24 horas.

La tercera carta la envía Edilberto Capote, de 19 de Diciembre No. 48, en Jiguaní, provincia de Granma. Y es para contar que su padre, Loreto Melquíades Capote, entregó al Estado en 1978 una y tres cuartos de caballerías de tierra, animales e instrumentos de trabajo.

Le pagaron una parte, pues era cooperativista. Luego se jubiló y mantuvo vínculos con la cooperativa. Pero ahora el veterano ya tiene 87 años y todavía le deben 1 700 pesos.

«¿Lo llevaremos a la tumba, o le permitiremos que disfrute en vida lo que le corresponde? ¿No vamos a honrar y respetar la decisión de un campesino revolucionario que en su momento dio el paso de entregar sus tierras?».

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