¿Cuál será el desenlace? - Acuse de recibo

¿Cuál será el desenlace?

Un tanque de combustible se interpone a solo medio metro de la casa de Jorge Luis Peña, en Santa Beatriz 73, entre Primera y Segunda, en el municipio capitalino de Arroyo Naranjo. El depósito, con capacidad para 11 000 litros, lo ha instalado la administración de la contigua fábrica de leche Santa Beatriz, de narices a la calle.

En uso de sus derechos ciudadanos, el atribulado vecino se dirigió al director de la fábrica para manifestarle su inquietud por la intrusión, y este argumentó que el tanque de marras no representa ningún peligro para los vecinos.

Entonces, Jorge Luis fue al Comando 13 de Bomberos en el municipio, para plantear su preocupación. Y allí le dijeron que se comunicarían con la administración de la planta y detendrían los trabajos de instalación hasta que se volviera a analizar el asunto. Pero no fue así, porque el pasado 22 de marzo, los de Santa Beatriz continuaban laborando en la instalación del tanque.

«Soy del criterio, enfatiza Jorge Luis, de que se utilizó la vía más rápida y económica, sin tener en cuenta la seguridad y el bienestar de los vecinos. Traté de dialogar con el director de la lechería, y le expresé como preocupación que yo tengo que trabajar, y en ocasiones mi hija de 13 años se queda sola en la casa. ¿Qué pasaría con mi hija y mi casa si ocurriera un accidente? El compañero, molesto, me respondió que su problema era que la lechería produjera yogur».

Ante la insistencia de Jorge Luis con el Comando 13, se personaron en la cuadra el 26 de marzo, y allí, se percataron de que aun con la prohibición dictada continuaban realizando los trabajos de instalación. El afectado tuvo acceso a la orden, en la cual se manda a detener los trabajos, pues no cumplen con las normas de seguridad.

Jorge Luis le transmitió a los especialistas la preocupación de que, existiendo tanto espacio en la fábrica, instalaran el tanque allí. Y los de Bomberos se comprometieron a darle una respuesta de la decisión que se tomaría finalmente, recalcando que hasta tanto la misma no fuera efectiva, debía detenerse el trabajo. No obstante, el sábado 29 de marzo, cuando llegó a su casa, Jorge Luis se topó con que continuaba la instalación.

Esta es la historia de un tanque que amenaza en el sitio más impropio, a pesar de todos los alertas y hasta de las disposiciones de las autoridades. ¿Cuál será el desenlace? ¿Se impondrá la determinación unilateral de la fábrica? ¿La función de una empresa socialista es solo producir ciegamente, a cualquier costo y riesgo? ¿El vecino podrá detener el peligro? Esperemos el final de esta historia, en una respuesta de las autoridades.

La segunda carta es un mensaje de amor y gratitud, que tanto necesitamos para reponer fuerzas y curar las heridas de no pocos lances en el diario trajín de la vida, entre incomprensiones, insensibilidades y olvidos.

Norma Herrero escribe desde calle 4 número 506, entre 21 y 23, municipio capitalino de Plaza, para celebrar la recuperación de su padre Danilo Herrero, quien vive allá en Caimanera, en la provincia de Guantánamo.

Relata Norma que Danilo estuvo hospitalizado por más de 15 días en la Sala 5-B del Hospital Clínico Quirúrgico Agostinho Neto, en la ciudad de Guantánamo, y ella permaneció junto a él por esos días.

Como el acompañante es el más eficaz sensor de los servicios de un hospital —para el elogio o la censura— valgan las palabras de reconocimiento de Norma, quien destaca la esmerada atención y el amor con que labora ese colectivo: el doctor Alexis y sus dos discípulos, los enfermeros Alfredo, Liudmila, Daylén y Egleidis; las auxiliares de Enfermería: Marta, Caridad y la Gallega; las dos pantristas; Virgen, la secretaria de la sala y las auxiliares de limpieza, «que tanto trabajan, hasta en las madrugadas».

Elocuente carta, porque el servicio de salud no es solo el certero tratamiento, sino el amor y el cariño que rodean la terapia, en la cual tanto pesa el trabajo y la condición humana de tantas personas, hasta las más humildes personas que te sirven la comida, limpian la sala, o sencillamente te sonríen y te pasan la mano.

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