Aquí estamos

Queridos lectores:

Una vez más Acuse se detiene un instante en el azaroso camino para mirarse en los ojos de su correspondencia. El ágil Equipo de Investigación y Análisis del diario ha puesto en la balanza de las estadísticas las cartas del último semestre (16 de octubre de 2009-15 de abril de 2010), y aquí están, a la hechura de nuestros diálogos.

El profe Pepe Alejandro me ha pedido que redacte el balance del período, y preferí pasarme a la acera de enfrente y escribirlo como una carta a ustedes, que, a fin de cuentas, son los protagonistas del espacio. Según la bella imagen de un cronista camagüeyano, cada periodista es un oculto escribidor de cartas. Por tanto, estas palabras, que como siempre aspiran a buena caligrafía de la sinceridad, van en epístola al buzón de 250 000 destinatarios.

Lo primero que tengo que contarles es que la tendencia a la disminución de las respuestas institucionales —que nos sorprendió en el balance anterior— continúa en este. De los 286 mensajes publicados en el lapso solo recibieron contestación el 83 por ciento. Aún es una cifra alta, pero si consideramos que en el 2008 y en el primer período de 2009, habíamos alcanzado cotas del 87 por cada cien, uno comienza a preocuparse.

¿Será que en algunas instituciones importa menos responder a un cuestionamiento público? ¿Se subvalora en alguna medida el ejercicio democrático de interactuar con quienes reclaman a la vuelta de tantos peloteos? ¿Estará oxidándose la lúcida iniciativa de algunas entidades de utilizar estas líneas para tender puentes informativos oportunos con sus audiencias?...

Debo decirles que los dos temas más candentes en nuestra bandeja de entrada siguen siendo vivienda y calidad de los servicios; y que solo el 5,4 por ciento de las cartas que llegaron contenían demandas improcedentes. La gente habla alto y claro; y cada vez son más certeros los enfoques para destruir los muros de la ineficiencia.

Hablando como los locos (cuerdos), un dato curioso es que si bien casi el 70 por ciento de los organismos explican los motivos por los cuales no se habían solucionado los problemas, solo el 18 por ciento de ellos expone las medidas adoptadas con los responsables. Como si aún no se supiera que mientras la negligencia no tenga nombre y apellidos, la suerte de muchos seguirá cayendo en el saco sin fondo de los plurales engañosos —«nos equivocamos», «se cometió un error», «trabajaremos en ese sentido».

Nadie es ajeno a las carencias que afronta el país y el empuje de la nación para apretarse el cinto y hacer que el barco siga con todos; pero esto no puede convertirse —como hemos notado en algunas de las misivas institucionales— en una especie de «respuesta tipo», cual panacea para las dolencias denunciadas.

¿Y cuando hablamos de problemas que llevaban décadas y no tienen que ver con los recursos, sino con los procedimientos? ¿Y cuando ha faltado voluntad e ingenio para encontrar alternativas? ¿Y cuando la horizontalidad para que los brazos de las comunidades se empeñen ha brillado por su ausencia?...

¿Qué me dicen de la poca previsión de excepciones que por momentos aflora? Aquella de casos que no admiten una dogmática aplicación de reglas, sino la flexibilidad revolucionaria que ha guiado en Cuba los proyectos más justos.

«Tantas historias. Tantas preguntas», diría el imprescindible Bertolt Brecht. Pero una certeza: como reza el título de la actual telenovela, aquí estamos, desandando los vericuetos del día a día y comprobando también, que detrás de rostros, quejas y gratitudes, alienta en cualquier rincón de esta Isla una ingénita vocación de fraternidad y grandeza.

Nos vemos, un abrazo.

PD: Por favor, me dan Acuse de recibo.

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