Viajar para viajar

Benita Silva (Cuarta 63, entre Gertrudis y Lagueruelas, Lawton, La Habana) quiere saber qué fundamento, y con qué criterios se cuenta, para tomar ciertas medidas que solo logran molestar y entorpecer a los ciudadanos.

La remitente tiene a su familia en la localidad de Amarillas, en el municipio matancero de Calimete. Ella viaja frecuentemente hasta ese poblado, que, por cierto, tiene una Terminal cómoda, con asientos para esperar los ómnibus, nevera con agua y televisor.

Antes, para acceder a los ómnibus que viajan a y desde Colón, Jagüey Grande, y el que hace la ruta Cienfuegos-La Habana, las personas se anotaban en una lista para los cinco asientos que se les reservaban a Amarillas como punto intermedio. Cuando llegaba la guagua, se llamaba por la lista, y ya en el ómnibus, el conductor les cobraba el pasaje.

Ahora, alguien que no tiene que pasar por esa experiencia, ideó que las personas de Amarillas que desean viajar a La Habana y Matanzas, deben trasladarse a Calimete, que está a cinco kilómetros, aun cuando el ómnibus tiene que pasar por Amarillas.

Como está la situación del transporte por allá, señala, trasladarse de Amarillas a Calimete es la odisea del viajero: máquinas a cinco pesos por pasajero, si no están llenas, no viajan. Las que trasladan pasaje para Colón, es viaje directo por 15 pesos, no te sirven. Solo si entra un camión y cobra dos pesos.

¿Por qué hacerte viajar para poder viajar?, cuestiona Benita. ¿Por qué no analizar primero las situaciones que pueden presentarse, cuando se quiere implantar algo? «Es que acaso la compañera que trabaja en la Terminal de Amarillas no está preparada para vender pasaje? ¿Para qué se le paga un salario a una persona para que le ponga un cartoncito a un maletín, cuando eso lo puede hacer el conductor cuando recoge a  los pasajeros? ¿Para que se gastó materiales y se invirtió un presupuesto en esa Terminal, si no es para darle uso?

Las preguntas de Benita merecen ser atendidas.

Sin lugar la queja…

El pasado 7 de marzo reseñé una queja a nombre de Justina Machado, residente en el Reparto Militar de la localidad matancera de Los Arabos, quien denunciaba desórdenes e irregularidades en un viaje que hizo el 19 de febrero en el Tren Espirituano, desde La Habana hasta su pueblo.

La remitente precisaba el asiento 12 y el coche siete donde viajó. Y enumeraba los hechos que presenció: Gran cantidad de vendedores de cualquier producto se montaban, algunos bebiendo hasta la embriaguez, botellas de ron en la mano por los pasillos, y faltándole el respeto a los viajeros. Incluso, uno de ellos, blandió hasta una navaja en sus provocaciones. Y Justina cuestionaba qué hacían las ferromozas y las autoridades alistadas en el tren.

Al respecto, responde Miguel Acuña Fernández, director general de la Unión de Ferrocarriles de Cuba: Se trató de localizar a Justina para que diera más elementos. Pero la misma no reside en la dirección ofrecida. Se verificó con el expendio de boletines, y la capacidad señalada se la habían vendido a otra persona, pero el asiento fue vacío hasta Los Arabos en ese viaje. Se visitó el Registro de Identificación de Los Arabos, donde les informaron que persona con ese nombre no está registrada en el mismo.

Apunta Acuña que tomaron declaraciones a la tripulación que trabajaba ese día en el Tren Espirituano y al agente de la PNR que viajaba en ese coche, «y todas las referencias coincidieron en que no existió ninguna alteración del orden en el tren».

Afirma Acuña que la queja fue declarada SIN LUGAR, y señala que las tripulaciones del Espirituano y de otros trenes nacionales deben estar alertas, para evitar cualquier situación que se pueda presentar, y velar por el buen funcionamiento del servicio.

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