Paradoja

Ana Eliset Suárez Jústiz (Calle Polo No. 16, Reparto Nicaragua, Banes, Holguín) es una madre agradecida por todo lo que hace la Salud Pública cubana por su hijo de cuatro años, que padece una paraparesia espástica progresiva no estructural, de posible causa genética autonómica recesiva.

Al pequeño se le ha garantizado atención especializada, incluido un estudio en el prestigioso Centro Internacional de Restauración Neurológica (Ciren). Y desde los 19 meses se le da rehabilitación en el área de Salud donde ella reside, lo cual ha ayudado mucho al niño.

Recientemente al pequeño se le practicó una cirugía, con buenos resultados, en ambos tendones de Aquiles, pues tenía pies equinos. Pero para su recuperación tiene indicado además unos zapatos con adaptación para mantener el pie en ángulo de 90 grados. De no usarlos, se revertirá el éxito de la operación, porque se contraería el tendón nuevamente y habría que intervenir por segunda vez.

Esos zapatos fueron mandados a hacer, y ya pagados, al Laboratorio Provincial de Ortopedia Técnica de Holguín, cuyo inmueble hace alrededor de dos meses está clausurado por Salud Pública por peligro de derrumbe. Ese centro tiene más de 300 pares de zapatos pendientes de entrega.

La madre también está preocupada porque no hay respuesta para dar a la población acerca de qué solución recibirán ambos problemas y, a partir de lo que puede sucederle a su niño, por la posibilidad de que otros casos afines tengan que ser operados nuevamente. Por eso, espera que los responsables de resolver esta situación tengan conciencia de lo que cuesta al país y lo que significa para la familia una persona con cualquier problema de salud.

Paradojas de nuestra sociedad: parece mentira que seamos capaces de garantizar lo más difícil y esencial; y se nos desplome a ojos vista la capacidad para brindar ciertos servicios mucho más elementales, pero igualmente necesarios. Urge informar a las familias afectadas qué solución tendrá el local del Laboratorio y los más de 300 pares de zapatos pendientes.

A claxon

Si no se impone la razón de los silencios y la concertación del indispensable y buen sonido, La Habana enloquecerá de madrugadas escandalosas, delirios sonoros y contaminaciones auditivas. De violencia en decibeles.

Esta vez es el conocido pintor cubano Gólgota (Agustín Calviño) quien toca a esta puerta de todos: en su hogar, sito en la calle 23 No. 765, esquina a B, en El Vedado, su hijo recién nacido, Nicolás, ya no puede conciliar el sueño de la inocencia.

Cuenta el pintor que, a cualquier hora de la noche, en un acto más de grosera impunidad, choferes de las rutas P-4 y P-9, al cruzarse en la calle 23, suenan el claxon como contraseña, sin ninguna consideración.

No es solo el pequeño Nicolás —que ya sería suficiente para abochornar a los insensibles escandalosos—, porque en La Habana cualquiera enferma de ruidos, y no sucede nada. A la música trepidante y sucia, los escándalos de beodos por la calle, los martillazos a cualquier hora, se suman los cláxones hasta de madrugada. Sin compasión alguna.

Hace años esta columna vindica la dignidad de los oídos maltrechos, la armonía vulnerada de los que, ni encerrándose a cal y canto, pueden vivir en paz.

Cualquiera rasga bruscamente los tímpanos ajenos, sin la menor consecuencia. Y ya la selva sonora, el desenfreno hiperdecibélico, parece no considerarse un quebrantamiento del orden público.

Lo más triste es que estamos ensordeciendo por causa de las indolencias y la permisividad. Por ese camino, ¿qué le espera a Nicolás, si no sufrir por la oreja?

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