Todos los días, de las madres

De las madres son todos mis días, con respeto para quienes reverencian y subliman el segundo domingo de mayo, y ese día se prodigan en regalos, frases y cumplidos.

A mi madre la llevo prendida en el alma a toda hora, aunque partió un marzo de ventiscas, en 1980. Con ella sigo hablando y compartiendo, indagando sobre los misterios y razones de este mundo. En busca del tiempo perdido viajo constantemente al pasado, a mi infancia y adolescencia. Y mi memoria afectiva se desata no con bizcochos de magdalena, como los de Marcel Proust, sino con el arroz con leche y el flan que ella hacía a puro amor. O aquella Agua de Portugal con que acariciaba mi cabeza.

Es una ida y vuelta. Un perenne viaje entre el presente y el pasado sin necesidad de visa, entre aquellos reflejos dorados de mis descubrimientos y estas evidencias otoñales de haber vivido, y ya venir de regreso. Cada noche, cuando poso mi cabeza en la almohada y hago el recuento del día, voy hacia ella y mi padre. Les beso, y les pregunto si algo sirvió, si hice el bien, como siempre me solicitaron. Y me urgen sus regaños.

Lo que más extraño de mi madre son sus ojos y sus hombros. Con los primeros, húmedos siempre de tanto amor, me enseñó a querer, por encima del mal y las constantes trapisondas. En los segundos, siempre consoló mis penas, y me dio fuerza, el «levántate y anda» que tanto se necesita.

Yo sé que ella no se fue definitivamente, porque las madres son eternas, como el fuego de Prometeo. Mireya Martínez, «Yuyú», anda por ahí, a horcajadas sobre mi alma, para que no desmaye y me levante de su mano todavía. Habla por mi boca, planta con mis rebeldías y mis esperanzas. Vive, para felicitar a todas las madres del mundo.

Ciclo fatídico

Alberto Llanes González sufre un ciclo fatídico e impune desde aquel 5 de diciembre de 2015, cuando un ómnibus de la ruta P-10, de regreso a la terminal habanera de Santa Amalia, impactó violentamente contra su casa, sita en Avenida de Santa Amalia No. 40, entre 10 de Octubre y Gonzalo, municipio capitalino de Arroyo Naranjo.

Cuenta que el chofer venía en estado de embriaguez, y de milagro no puso en peligro la vida de toda su familia. El impacto desplazó la placa aproximadamente dos centímetros de su posición y quebró las paredes de todas las habitaciones. El dictamen técnico de la Dirección Municipal de la Vivienda evaluó el inmueble de «inhabitable e irreparable con peligro de derrumbe», e indicó su demolición, la cual se realizó el 26 de enero de 2016.

El 15 de diciembre de 2015, directivos de la Empresa Provincial de Transporte de La Habana (EPTH) le comunicaron que reconocían la responsabilidad de la entidad, y que esta repararía el daño con la construcción de una vivienda similar en el mismo lugar.

Para la obra, la EPTH contrató los servicios de una cooperativa de construcción, la que comenzó a trabajar a fines de junio de 2016. Ya en septiembre de ese año la inversión se paralizó por falta de materiales, que deben ser garantizados por la EPTH, a través de la Empresa de Producción de Suministros y Transporte. Los constructores se incorporaron a otras obras, llevándose sus herramientas de trabajo.

En noviembre de 2016 se reinició la obra con solo dos trabajadores. Y desde el 6 de marzo de 2017 se volvió a detener también por falta de materiales, esta vez por tres metros cúbicos de madera para terminar de encofrar dos habitaciones y el alero de la placa.

La EPTH plantea que gestiona la madera infructuosamente desde octubre de 2016. «Entonces, afirma Alberto, hay que buscar otra alternativa; pues madera hay, ya que he notado que otras obras estatales y particulares que comenzaron después ya se están terminando». Los materiales que sí están en la obra, como el cemento, el acero y las tablas de encofrado ya puestas, se están echando a perder.

«Hay morosidad, pasividad, negligencia y falta de sensibilidad por parte de los directivos de la EPTH. No se dan cuenta de que hay una familia que, por su culpa, está viviendo en situación difícil desde hace un año y cinco meses; molestando a familiares y vecinos que, generosamente, nos acogieron y nos guardan muebles y demás pertenencias. Aún no me he podido incorporar a mi trabajo, ya que me encuentro custodiando la obra, los materiales y herramientas de trabajo», concluye Alberto.

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