Terror en los cines - Látigo y cascabel

Frank Padrón

Látigo y cascabel

Terror en los cines

Como a mediados de un filme de suspense, todavía no sabemos a ciencia cierta qué ocurrió en el multicine Infanta con solo poco más de un año de vida, orgullosos como estábamos de poseer ya al menos un inmueble de los que en todo el mundo exhiben las modernas ciudades: varias salas, perfectamente sonorizadas y climatizadas, con notable imagen, micrófonos y mapas en las taquillas..., que además acogían una variada y sustanciosa programación (Videoteca del sur, preestrenos, ciclos...). Para seguir con el símil fílmico, si como pasa en esas películas conocemos qué sucedió, no tenemos ni idea de quién fue el asesino.

Entretanto un buen día nos dan la grata sorpresa y reabre el Infanta, me fui uno de estos domingos en la noche al 23 y 12 —en la tarde había llamado verificando que todo andaba bien—, y encontré solo al custodio discutiendo con una persona, quien se quejaba por el hecho de que no anunciaran por vía alguna la suspensión de la segunda (y última) tanda.

—Pero imagine: el proyector se rompió durante la primera, en qué tiempo vamos a avisar...

Pese a mi condición propicia a la solidaridad con el reclamante, un poco abogado del diablo no dejé de coincidir con el empleado del cine y, ni corto ni perezoso, aun a riesgo de perder unos minutos de proyección, tomé un ómnibus (aprovechando la indudable mejoría del transporte urbano) y me dirigí al vecino Riviera.

Allí ni siquiera había CVP que explicara: solo una inmensa oscuridad y varios espectadores frustrados mirando en vano cristales adentro. Recordé que ya la semana anterior había sufrido lo mismo y al otro día la administradora me había comunicado lo reiterado de tal situación ante la falta de entrada de agua.

No soy de los que se dan por vencido, y esta vez, a pie, enrumbé hacia el cine La Rampa. Ustedes pensarán que sigo dentro de ese presunto trhiller, pero les juro (y no les será difícil comprobarlo) que allí me recibió idéntico «espectáculo» con la salvedad (todo hay que decirlo) que al menos hallé un papelito indicando la suspensión de la tanda, aunque sin exponer los motivos.

Quien tendrá que hacerlo, sin dudas, es el Proyecto 23 y el propio ICAIC, pues si tan solo se tratara de una de esas travesuras del lezamiano «azar concurrente», con un poco de optimismo y energía positiva lo tirábamos a broma y enarbolábamos el habitual «mañana será otro día», pero lo que resulta inadmisible es que domingo, noche, verano, condiciones que (no ya el crítico, para el cual esto de ir al cine es cosa del cotidiano) muchos conjugan para disfrutar de la pantalla grande, sean el escenario de tan lamentables sucesos, sobre todo porque (como puede inferirse de esta historia «basada en hechos reales»: vuelvo a jurarlo) no se trata de la primera vez.

Todos sabemos que las condiciones del país distan mucho de ser óptimas, y aún así la recreación y la cultura (tantas veces coincidentes) están en buena medida garantizadas. Para salir de este supercálido verano, estamos disfrutando de no pocos conciertos en teatros y plazas abiertas; los primeros acogen espectáculos de teatro y danza, a lo que se ha sumado el circo, pero no olvidemos al cine, esa especial capilla donde tantos preferimos comulgar con la complicidad de otros que profesamos la misma fe y el mismo amor: una pantalla mayor que la de nuestros televisores (aunque la proyección sea en DVD), el sentirnos acompañados por colegas cinéfilos, el silencio a veces roto por expresiones y comentarios que en ocasiones molestan, pero demuestran también que hay comunicación y diálogo... Permitamos que las noches puedan ser también noches de cine... sin terror. Por lo menos tratemos de capturar y castigar al (o los) autor (es) del crimen.

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