Oscuro y huele a queso

EN su despacho de la fortaleza de Cuba y Chacón, el general de brigada Enrique Hernández Nardo se reclinó en su silla giratoria y se pasó la mano por la frente.

—Pero eso es increíble —murmuró. Uno de sus subordinados acaba de darle cuenta de la presunta participación del parlamentario Armando Fernández Jorva en el asalto al Royal Bank of Canada, del Paseo del Prado, y el militar apenas daba crédito a la acusación. De los cuatro altos oficiales que detentaban entonces el grado de general en el Ejército cubano, dos eran negros, Gregorio Querejeta y Hernández Nardo. Ocupaba la jefatura de la Policía Nacional desde septiembre de 1947, cuando, tras los sucesos de Orfila, sustituyó en ese cargo al coronel Fabio Ruiz, y fue ascendido a general el 14 de noviembre del mismo año. Lo sería por poco tiempo. El presidente Prío lo pasaría a retiro el 11 de octubre de 1948, un día después de haber asumido la Primera Magistratura.

—Vamos a mantener este asunto en secreto y seguir la investigación. Debemos aclararlo todo antes de que estalle el escándalo —recomendó Hernández Nardo. Sin embargo, no resultaba fácil mantener oculta, así fuera temporalmente, una denuncia como esa.

ZAPATOS DE DOS TONOS

Eloísa López (María Olivera) había sido la primera en abrir fuego contra el representante a la Cámara Armando Fernández Jorva. Vio al parlamentario, en su apartamento de la calzada de Ayestarán, el mismo día del asalto al banco, por la noche. Precisó: Allí les dio instrucciones a Avelino el Panadero y al Chino Prendes y cuando se percató de que ella había escuchado lo que hablaron, la amenazó con volarle la tapa de los sesos si se iba de lengua. Entonces la mantuvo secuestrada durante dos días, y la obligó a que lo acompañara a un encuentro que sostuvo con el Chino y en el que pidió a este que le diera lo que guardaba del robo. El Chino se negó, pero al fin entregó a Fernández Jorva dos gruesos fajos de billetes.

En sus declaraciones, Eloísa aseguró que en su presencia el parlamentario afirmó: «Esos cochinos de Guarina, el Sirio y Tata el Flaco nos dieron la mala. Ya me la pagarán. Yo tengo el dinero de Avelino, el mío y el del hombre del banco. Tocamos a 45 000 pesos cada uno». Añadió que la condujo a casa de su suegra, en la calle Estrella número 14, y que allí la señora le facilitó vestuario apropiado para que pudiese alquilar un apartamento en el edificio de la calle 8 esquina a 19, en el Vedado, gestión en la que la acompañó Fernández Jorva, que le dio 300 pesos para el arrendamiento y la instruyó en lo que debía decir sobre la enfermedad de su esposo. También, y siempre en compañía del parlamentario, acudió a la peletería de San Rafael y Consulado, donde adquirió para Avelino un par de zapatos de dos tonos.

Rosalía Alonso (María Enríquez) corroboró las palabras de Eloísa:

—El Chino es mi novio. Un día vino en su máquina con otro señor que manejaba un Cadillac rojo. Me lo presentó, y el hombre le preguntó: ¿Es de confianza? Él contestó: Es redonda. Y dirigiéndose a mí: Este es el representante Fernández Jorva. Salí con ellos y fui al apartamento de Ayestarán. Fue la misma noche del asalto. Allí estaba Eloísa. El representante abrazó al Chino y le dijo: ¡Chinito, qué macho eres!

¿PARA QUÉ ME PREGUNTAN?

Sometido a interrogatorio, el Chino se mostró desafiante y altanero. Era listo y se las había visto tanto con la Policía que ya acumulaba experiencia suficiente para lidiar con esta. Reclamó por su novia y advirtió que no quería que le sucediera nada. El que la detuvo tendrá que vérselas conmigo, vociferó. Era una cuenta que dejaba pendiente para cuando saliera de la cárcel.

Enseguida dio su versión de los hechos. Sí, conocía a Guarina de cuando estuvieron presos en el Príncipe. Ya afuera y ganándose la vida como taxista, su antiguo compañero solicitó sus servicios. Le llamó la atención que estuviera vestido de policía, pero eso, en definitiva, no era de su incumbencia. Guarina le pidió que detuviera el vehículo en las proximidades del Royal Bank y lo vio entrar al edificio. Pensó que iría a meter algún cheque de forro cuando, de pronto, lo vio reaparecer con otros hombres y cargando un saco de dinero. Todos subieron al automóvil y le pidieron que acelerara a fondo. Tiraron un paquete de dinero en el asiento delantero. Ese fue el dinero que ocuparon en la casa de su hermano.

Los interrogadores inquirieron sobre sus relaciones con Fernández Jorva. Prendes respondió que no lo conocía, y ellos aludieron con lujo de detalle a los movimientos y visitas del Chino, Rosalía y Eloísa en compañía del parlamentario. Prendes no se desconcertó. Dijo: Si ustedes ya lo saben todo, ¿para qué me preguntan?

Pero la Policía no soltaría la presa, y los instructores dieron a conocer al Chino los discos grabados que contenían las acusaciones de Rosalía y Eloísa. Después de eso, Fernández Jorva recibió una carta, escrita supuestamente por el Chino, que decía:

«Armando: Convencido por pruebas materiales que el capitán Miranda y el general conocen todos los pormenores del asunto veo como única solución que usted devuelva los noventa billetes de mil pesos que restan de los 180 análogos que repartimos en la casa de la calle Estrella. Quiero hacerle constar que el general en persona me garantizó excluirlo a usted de todo comentario y que esto solo lo sabemos tres personas: el general, el capitán Miranda y yo, a pesar de que el capitán y usted mantienen relaciones desde que prendieron a Avelino. En espera de su razonable respuesta queda suyo atentamente, J. R. Prendes».

Rosalía Alonso escribió asimismo a Fernández Jorva: «(…) ruego a usted encarecidamente sírvase devolver la cantidad exacta de dinero que hubieron de repartirse (…) Los oficiales que actúan prometen absoluta reserva para usted».

Las autoridades facilitaron que Eloísa y Rosalía visitaran en el Hospital de la Policía a Avelino el Panadero. Iban con el encargo de preguntarle sobre el escondite del dinero y hacerle hablar de Fernández Jorva. Durante la conversación, grabada subrepticiamente, Avelino reconoció que el botín estaba seguro, y recalcó: «Es importante que no mencionen a Fernández Jorva». Dijo además: «El representante guarda el dinero y necesitamos su ayuda. En esa forma será mejor para todos pues tiene mucha influencia en el gobierno y nos podrá sacar de la cárcel. Si complicamos al representante estamos perdidos ya que no podrá protegernos».

—Chino, ¿dónde Fernández Jorva esconde el dinero? —preguntó a Prendes el comandante Aragón Medinilla, jefe de la Sección Radio Represiva. —No sé. Lo repartimos y yo no lo vi más —respondió el aludido.

Pese a esa y otras afirmaciones en el mismo sentido, Jesús Rivero Prendes, alias el Chino, internado ya en el Castillo del Príncipe en espera del juicio que el Tribunal de Urgencia le seguiría por los sucesos del asalto al Royal Bank of Canada, negó conocer a Armando Fernández Jorva. «Tengo noticias de lo que afirma la Policía en cuanto a su relación con nosotros y eso me ha producido verdadera sorpresa». En el mismo sentido, y también en el Príncipe, se pronunció Guarina. «No, no lo conozco, y ojalá lo hubiera conocido cuando pensaba huir de Cuba», aseveró, y preguntado directamente sobre la acusación del Chino contra el parlamentario, respondió: «Posiblemente Prendes la hizo para salir del paso…».

JORVA SE DEFIENDE

Mantener en reserva, como pretendía la Policía, la supuesta participación de Fernández Jorva en el asalto a la sucursal bancaria del Paseo del Prado, era bastante ilusorio. Poco a poco la noticia se fue filtrando. El periodista Esteban Yánez Pujol, del periódico Prensa Libre, que de manera ilegal, pero con el consentimiento de las autoridades, había grabado las declaraciones de Eloísa y Rosalía, así como la charla que sostuvieron con el Panadero en el Hospital, tenía la historia completa, pero no la daba a conocer, atado como estaba por la promesa de silencio que había hecho al general Hernández Nardo y porque temía exponerse a una querella judicial. Pero en la calle los comentarios eran alarmantes y resultaba ya imposible de acallar, aunque no se mencionase su nombre, que había una figura del Congreso involucrada en el robo del banco.

Mientras tanto, Fernández Jorva prefería retirarse de la circulación. Se refugió en su casa de la calle Habana 160, a la entrada de la ciudad de Güines. Allí lo visitó un reportero del periódico Alerta. Al reportar el encuentro, el periodista escribió que halló al parlamentario desconcertado, aún no repuesto del efecto de la sorpresa que le produjo el hecho de verse convertido súbitamente en el eje central del sensacional episodio. Dijo que al enterarse de la acusación se comunicó de inmediato con el doctor Carlos Saladrigas, presidente del Partido Demócrata, en el que militaba, y que su jefe político experimentó su misma sorpresa y le prometió actuar directamente en el asunto para esclarecerlo. Fernández Jorva, añadía el reportero, atribuyó la acusación de que era objeto a alguien que quería perjudicarlo, y dijo que se mantendría en un plano de expectación hasta conocer oficialmente las imputaciones que se le hacen, ya que, ignorando la naturaleza de las mismas, le parece prudente esperar a que las autoridades concreten los cargos.

Armando Fernández Jorva tenía su carta guardada y no demoraría en revelarla:

«Las dos mujeres que me acusan han estado 12 días prácticamente secuestradas por la Policía. Ni los periodistas, ni los abogados, ni nadie lograba verlas. Al cabo de ese tiempo se aparecen con la leyenda de la acusación… En cuanto a las cartas, han sido hechas después de detenidos sus autores. No hay nada de espontáneo en ellas. Algunas tienen el papel timbrado del Ministerio de Defensa. Creo no equivocarme si afirmo que fueron ordenadas por la Policía…».

Pero una pregunta seguía flotando en el ambiente. ¿Conocía el parlamentario a los asaltantes? Le formularon la interrogante y respondió que era infantil suponerle relacionado con elementos del hampa. Pero sí estaba relacionado con los ladrones. (Continuará)

(Con documentación del historiador Newton Briones Montoto, que facilitó a este periodista su libro inédito Dinero maldito)

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