Las bodegas

La bodega es una institución en la vida cubana. Es, más allá de lo que en esta se adquiere, lugar de encuentro y reunión de los vecinos. Una especie de plaza pública en miniatura donde se conversa sobre los pormenores del día, el estado del tiempo, la salud del viejito de al doblar, los nuevos amores de la muchacha de enfrente, que está acabando, y también, por qué no, de cuestiones de alta política o del rumbo de la competencia deportiva que trae en vilo a la fanaticada. Lo que no se acaba de solucionar en la ONU, encuentra arreglo en la bodega de la esquina y allí se le enmienda la plana al más ranqueado de los mentores beisboleros. Si no fuera por la bodega apenas se conocería que el matrimonio de al lado celebró en Tropicana su aniversario de bodas o que prepara, para la niña, unos 15 con todas las de la ley. Porque la bodega es asimismo el escenario que algunos aprovechan para pregonar su buena fortuna y esperan que el establecimiento reviente de público para pagar con un billete de cien pesos el sobrecito de café de a cinco. Y se incomodan cuando el bodeguero dice que no tiene cambio.

Mucho varió la bodega a lo largo de las últimas décadas. Su espectro comercial se redujo al perder la cantina y la parte que en ella se destinaba a quincalla y se constriñó su horario. En una época, los lunes, martes, jueves, viernes y sábados abría desde las siete de la mañana hasta las 11 de la noche, con un intermedio para el almuerzo y la siesta entre la una y las tres. Los miércoles cerraba a las siete de la tarde y los domingos, a las 12 del día. El bodeguero, por lo general, vivía en la misma bodega y había muy pocas bodegueras; eran casi siempre hombres los que atendían detrás del mostrador. Estaba el bodeguero cubano y los bodegueros españoles y chinos. Si un cliente habitual de uno de esos establecimientos requería hacer efectivo un cheque, ahí estaba el bodeguero para realizar la operación; y si necesitaba dinero, el bodeguero podía hacer un pequeño préstamo. Entonces se fiaba en la bodega. Si el cliente se comprometía a pagar en la semana, los gastos en que incurría se anotaban en una tira de papel que el bodeguero conservaba y rompía cuando le liquidaban la deuda. Si el compromiso de pago se establecía para un plazo más largo, mensual, digamos, el bodeguero hacía las anotaciones en una pequeña libreta que él mismo facilitaba al cliente y que permanecía en manos de este. Las cuentas se sacaban a punta de lápiz. Un lápiz de creyón gordo y muy negro que el bodeguero portaba en la oreja y no en el bolsillo de la camisa. Los clientes, en ese tiempo, no eran clientes ni usuarios. Eran marchantes. Que es como en Andalucía y en América se les llama a los habituales de un establecimiento comercial o de un vendedor ambulante.

VÍVERES Y LICORES FINOS

La palabra bodega, cuando se emplea para designar lo que en Cuba se entiende por tal cosa, es un cubanismo. Así lo recogen Esteban Pichardo y Fernando Ortiz. Tienda de víveres al por menor o abacería, y, por extensión, la tienda mixta de las pequeñas poblaciones o del campo en la que también se venden víveres. De ahí que mucha gente del interior, cuando viene a La Habana, llame tienda a la bodega y casilla a la carnicería. Y tienen razón, aunque les cause risa a muchos. Porque bodega, en puridad, es el lugar destinado para guardar el vino o para servir de almacén a los mercaderes. Granero. Espacio comprendido en los buques desde la cubierta a la quilla. Almacén donde se venden vinos al por mayor y al por menor. Taberna, y bodegón, es además el establecimiento donde se guisan y ofertan comidas, en tanto que tienda significa casa o puesto donde se vende cualquier mercancía. Bazar. Comercio. Despacho. Establecimiento.

Toda bodega en Cuba que se respetara anunciaba en un lugar bien visible que expendía víveres y licores finos. Pero se vendían otras muchas cosas: papel y sobres para cartas, curitas, hilos y agujas, champú, cuchillas de afeitar, desodorante, talco, polvo facial y perfumes baratos, betún y cordones de zapato, limas y pinturas de uña, brillantina para el cabello y aquella Rhum Quinquina, de Crucellas, que eliminaba la caspa en la primera aplicación.

Todas, al igual que ahora, tenían su nombre, por el que, lo mismo que ahora, nadie las identificaba, salvo excepciones. En Lawton estaban Los Motoristas, La Mía y El Gallito, pero lo frecuente era hablar de la bodega de Alfredo, de Daniel, de Manolo... y prácticamente abría sus puertas una en cada esquina. En las siete cuadras lineales que mediaban entre la bodega de Alfredo y la de Manolo había, contando estas, siete comercios de ese tipo. Además de dos carnicerías, cuatro cafés, tres quincallas y una gasolinera con taller, ponchera y expendio de piezas para automóviles. Una sala cinematográfica. También dos puestos de chinos, un tren de lavado, dos tintorerías, dos escuelas privadas y una pública, la consulta de un pediatra y el gabinete de un dentista. Un conservatorio musical y dos o tres modistas. Un rastro de materiales de construcción. Dos barberías. Una farmacia. Y una clínica. Y conste que se alude solo a un pedazo de la mencionada barriada, el que corría sobre San Francisco desde la calle Lawton hasta Once.

Allí, pero en la calle Concepción y más cerca de la calzada de 10 de Octubre, tenía su bodega el chino Luis. Había llegado a Cuba en tiempos inmemoriales y levantó una pequeña fortuna que le permitió retornar a su país. Lo sorprendió allá el triunfo de la Revolución y logró volver a La Habana, donde en 1959 terminaría viendo la misma película. Su bodega se llamaba La Fe.

TESTIMONIO INSUPERABLE

La referencia más antigua a la bodega cubana que conoce este escribidor, se halla en un libro publicado en Nueva York, en 1889. Se titula From flag to flag (De bandera a bandera) y su autora es Eliza Mc Hatton-Ripley, una norteamericana a quien la Guerra de Secesión obligó a salir de su país y buscar refugio en Cuba junto con su familia y un par de esclavos. Aquí, donde vivió durante diez años a partir de 1865, se radicó primero en el Cerro y luego en Matanzas, donde tuvo un ingenio al que puso el nombre de Desengaño.

Dice Eliza Mc Hatton-Ripley con relación a las bodegas cubanas:

«Nunca supe cuándo cerraban las tiendas de La Habana ni cuándo abrían sus puertas; ni las vi nunca cerradas aun en domingo, excepto durante los tres últimos días de la Semana Santa, en los que se suspende totalmente todo tipo de negocio. Al regresar a medianoche de la ópera o el baile, una encontraba cada tienda brillantemente iluminada y llena de personas que se empujaban unas a otras. [...] Los mismos hombres permanecían día y noche detrás de los mostradores, muchos en mangas de camisa y fumando».

¿Dónde almorzaban esos hombres? Precisa Eliza que lo hacían en la misma tienda. A una mesa larga se sentaban los dueños y los empleados, incluidos los mandaderos y los carretoneros, y «si entraba un marchante, alguno de aquellos se levantaba, lo servía y se sentaba a almorzar de nuevo». Añade que como no existían comedores, en oficinas y bancos, tiendas, casas de comercio y almacenes se daba de comer a todos los empleados.

«Innumerables bodegas pequeñas y cantinas baratas y sucias estaban dispersas por los alrededores y calles apartadas, donde los trabajadores blancos y de color comían uno junto al otro pescado frito o sopa de ajo y bebían aguardiente (ron nativo) o vino tinto. En algunas de las bodegas más pobres se mantenían burras atadas al mostrador y se ordeñaban allí mismo para vender la leche a inválidos y personas de digestión delicada. El café que se servía en esas mismas bodegas era rico y delicioso», recuerda la Mc Hatton-Ripley en su testimonio, que es de las cosas mejores y más abarcadoras que un extranjero escribió sobre Cuba.

LOS CHINOS Y EL SOBRINO

En las bodegas siempre había cartuchos. De diferentes capacidades. Desde una libra hasta 25. Y un papel parafinado donde se envolvían la manteca, que no se derretía, y el jamón, los chorizos y las aceitunas, las pasas y las alcaparras. Tampoco faltaban, en la barra, el saladito y el cubilete. Ni el mensajero, que debía permanecer en el portal. En ocasión del fin de año el bodeguero agasajaba a sus marchantes habituales con una sidra, una botella de vino o un turrón. Como el dueño del negocio no se desprendía del mostrador y, en caso de tener empleados, no se desentendía de la caja contadora, la contabilidad marchaba al quilo y el negocio transcurría sin faltantes ni sobrantes. Había, claro, una pequeña ventaja para el bodeguero cuando no dejaba asentar la pesa o, a propósito, se le iba la mano en el tamaño del cartucho o rellenaba con agua de la pila las botellitas de agua mineral. El cliente tenía siempre la razón y si no, cambiaba de bodega.

Era más económico entonces comprar en las bodegas de chinos. Sucedía que un bodeguero de esa nacionalidad no compraba nunca de manera individual para su bodega. Lo hacía en cooperativa, en sociedad con otros comerciantes, también chinos. Como adquirían mercancías para diez, 12 bodegas, los vendedores al por mayor y los carreros les hacían descuentos que, a la larga, terminaban beneficiando al marchante. Así, una caja de cerveza (24 botellas) que se expendía en cualquier bodega al precio de cuatro pesos con 80 centavos, salía en los chinos en $4,08, con el ahorro consiguiente para el cliente de 72 centavos. Lo mismo sucedía con el arroz y otros productos.

Más que dueño, el bodeguero era en verdad un esclavo de su negocio. El bodeguero cubano supo hacer familia, lo que no hicieron, como regla, bodegueros de otras naciones que aquí se avecindaron. El chino Felipe, decano de los bodegueros en el reparto Santa Amalia, siguió viviendo, solo, en la trastienda de su comercio, luego de que se lo intervinieron, hasta que decidió ingresar en un asilo de ancianos del Barrio Chino.

Los españoles no tenían familia, pero tenían sobrinos. Un día recibían al hijo de la hermana que les llegaba desde la Madre Patria. Venía por abajo el «galleguito», agradecido de la oportunidad que se le daba de vivir en La Habana. Al comienzo, todo era paz y orden. «Sí, tío», «Como usted mande, tío». Pero el tío envejecía y él, sin esperar a su muerte, se iba adueñando poco a poco del negocio. Sacaba las uñas. Empezaba por no cuadrarle las alpargatas, la camisetilla y aquellos pantalones de dril crudo que distinguían a su pariente. Quería vestir y vestía de otra manera. Se ilusionaba luego con un automóvil y cambiaba el espacio de la trastienda por una casita con patio y portal. Empleaba casi tanto como lo que ganaba en los juegos de azar y la mulata del solar terminaba amarrándolo hasta que la cambiaba por una muchachita bien, aunque venida a menos y, al final, perdía la bodega. Porque la fortuna que el tío, con mucho sacrificio había logrado levantar a lo largo de toda una vida, la dilapidaba el sobrino en un par de años para seguir haciendo válido el refrán de «Padre bodeguero, hijo caballero, nieto pordiosero».

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