Estatuas

La Estatua de la República, emplazada en la rotonda que divide en dos el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio de La Habana, justamente debajo de su cúpula, tiene una altura total de 17,54 metros, lo que la convierte en la tercera mayor estatua bajo techo que existe en el mundo. Solo la superan el Buda de Oro, en Nava, Japón, y la estatua del monumento a Lincoln, en Washington, erigida después de la del Capitolio habanero.

Su autor fue el escultor italiano Angelo Zanelli, que dijo haberse inspirado, al acometerla, en la naturaleza misma del país y en sus mujeres. Pero muy poco se sabe acerca de la apetitosa cubana que le sirvió de modelo.

Pesa, se dice, 49 toneladas. Fue fundida en Roma en tres partes y está recubierta con una lámina de oro de veintidós quilates. El Salón de los Pasos Perdidos, de suntuosidad abrumadora, tiene un área de 1 665 metros cuadrados.

Dos grupos escultóricos coronan las guarderas de la escalinata de granito del Capitolio. Son obra asimismo del escultor Zanelli y simbolizan, una El Trabajo, y la otra La virtud tutelar del pueblo. En las puertas de bronce que dan a la escalinata se aprecian relieves que recrean pasajes de la historia de Cuba, acometidos por el artista cubano Eduardo García Cabrera, aunque modelados por el escultor belga Struyf. Entre estos, uno que reproduce las efigies de los presidentes de la República, desde su instauración, en 1902, hasta 1929, cuando se inauguró el Capitolio: Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Alfredo Zayas y Gerardo Machado. La figura de este último resulta ya irreconocible pues fue golpeada a martillazos y rallada luego su superficie en momentos posteriores al derrocamiento del dictador, el 12 de agosto de 1933. El pueblo, que saqueó el Palacio Presidencial y las residencias de los machadistas más connotados, respetó el Palacio de las Leyes a la caída del régimen machadista, pero, en expresión de justa ira, borró de su pórtico la imagen del tirano.

Otras obras valiosas alberga el Capitolio. Un busto de José Martí, en mármol de Carrara y tamaño heroico, realizado por el yugoslavo Janko Brajovich. Los bajorrelieves de la antigua Cámara de Representantes, del italiano Gianni Remuzzi. Y las metopas de los balcones del edificio, del cubano Juan José Sicre, el mismo de la estatua de José Martí, en la Plaza de la Revolución.

Ninguna llama tanto la atención como la del Ángel Rebelde. Es obra del italiano Buemi y la trajo a Cuba el astuto político ítalo-cubano Orestes Ferrara en sus días de presidente de la Cámara, que funcionaba entonces en un edificio situado en Oficios y Churruca. La donó al Capitolio en 1932. Simboliza la discordia o la controversia, y se dice que es única en el mundo.

Estatua itinerante

Pocas estatuas habaneras cambiaron tanto de ubicación como La fuente de la India o de La noble Habana. Tiene un carácter simbólico: representa a la capital de la Isla. Pese a su nombre, su figura central no tiene rasgos de aborigen. La esculpió, en mármol de Carrara, el italiano Giuseppe Gaggini, el mismo artista de La Fuente de los Leones, en la plaza de San Francisco.

La idea de su erección, en 1837, se debió a don Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva, entonces Intendente General de Hacienda de la Colonia. Y se dice que, como una respuesta cubana, quiso con ella contrarrestar aquella de Los Leones, emplazada por orden del Capitán General Miguel Tacón. Aseveración esta que no podemos afirmar ni negar. Lo cierto es que ambas corresponden al mismo año.

La Fuente de la India se ubicó originalmente en un lugar muy cercano al que hoy ocupa, frente a la puerta Este del Campo de Marte. En 1841 sufrió un desplazamiento hacia el final de la segunda sección de la Alameda del Prado, lo que quiere decir que aunque se movió quedó prácticamente en el mismo lugar. Luego, en 1863, por acuerdo del Ayuntamiento, se situó en el Parque Central, en el sitio que a partir de 1905 ocupó la estatua de Martí. La movieron otra vez en 1875 cuando la trasladaron para el lugar que ocupa actualmente, pero mirando hacia el Campo de Marte, y ahí permaneció hasta 1928, cuando el Campo se convirtió en Plaza de la Fraternidad, y se hizo girar un tanto la imagen hacia el Paseo del Prado.

No era raro que sucediera algo así. Otros monumentos coloniales también cambiaron de sitio. La Fuente de los Leones, sin ir más lejos, salió un día de la Plaza de San Francisco hacia el Parque de Trillo y de allí pasó a la Plaza de la Fraternidad, donde estuvo hasta que la devolvieron a su primitivo asentamiento.

Igual sucedió con la Pila de Neptuno, con la que Tacón congratuló al Comercio habanero. El despótico gobernante cesó en el cargo y se fue de Cuba sin inaugurarla, gesto que correspondió a su sucesor en el gobierno, Joaquín de Ezpeleta. Recorrió diversos sitios de La Habana de ayer y en su discurrir terminó en el parque Gonzalo de Quesada, equivocadamente llamado Parque Villalón, en Calzada y D, en el Vedado. Hoy se halla en la Avenida del Puerto.

En el Gran Teatro

Quizá muchos de los que transitan por el Paseo del Prado se pregunten qué significan los motivos escultóricos que se aprecian en la fachada principal del complejo del Gran Teatro de La Habana.

Digamos antes que ese edificio, construido originalmente para albergar el Centro Gallego, se inauguró en 1915. El acto de la colocación de la primera piedra había tenido lugar el 8 de diciembre de 1907. Su diseño estuvo a cargo del arquitecto belga Paul Belau, y la construcción, de la empresa norteamericana Purdy and Henderson, ejecutora de otras muchas obras en La Habana.

El proyecto original de Belau sufrió modificaciones, afirma Francisco Rey Alfonso en su libro Gran Teatro de La Habana: Biografía de un coliseo. Precisa el investigador: En tal sentido, entre el exterior proyectado y el construido quedó una diferencia de diez esculturas menos, adornos que fueron sustituidos por bajorrelieves. Todos los motivos escultóricos del edificio, tanto del exterior como del interior, fueron responsabilidad del escultor italiano Moretti, quien laboró las piezas en mármol de Carrara, piedra de Georgia y otros materiales de procedencia cubana y española.

De esos motivos sobresalen los grupos alegóricos que escoltan la entrada del teatro: representan la música, el canto, la literatura, el drama y la comedia. Se aprecian en lo que era el edificio social las representaciones de la beneficencia y la educación, el trabajo, la perseverancia y la gloria. Tres victorias de bronce coronan las torres de Prado y San Rafael, Prado y San José y San José y Consulado.

Cervantes

Don Miguel de Cervantes Saavedra, el famoso Manco de Lepanto, tiene también su monumento entre nosotros. Se erigió en 1908 en el parque de San Juan de Dios, en La Habana Vieja.

El periodista Aurelio Ramos Merlo impulsó la iniciativa de rendir homenaje en esta capital al autor del Quijote, y el Gobierno Provincial decidió calorizarla, aunque los recursos para la obra se allegaron por suscripción popular.

Se trata de una estatua sedente, de mármol, sobre sencillo pedestal del mismo material. La figura aparece en traje de época y en actitud de escribir. El discurso inaugural fue pronunciado por el doctor Alfredo Zayas, literato que alcanzaría la presidencia de la República.

Próceres

No es Cervantes, por supuesto, el único extranjero a quien se le levantó un monumento en esta ciudad. Lo tiene el gran escritor francés Víctor Hugo en el parque de I y 19, en el Vedado, y en el mismo espacio, pero en la esquina de H y 21, el político republicano español Francisco Pi Margall, que durante nuestras contiendas libertadoras defendió el derecho de Cuba a separarse de España y a constituirse en Estado independiente. Al sabio bacteriólogo francés Luis Pasteur se rinde homenaje en los jardines de la Maternidad de Línea.

En la Plaza de la Fraternidad están los bustos del Libertador Simón Bolívar, y de José de San Martín, Benito Juárez, José Artigas, Francisco Morazán y Alejandro Petion, próceres de la Argentina, México, Uruguay, Centroamérica y Haití, respectivamente. La estatua del venezolano Francisco de Miranda se localiza cerca de la fortaleza de La Punta.

Y a lo largo de la calle G hay varios monumentos, algunos de ellos, muy recientes, que perpetúan la memoria de grandes figuras de nuestra América. De alto valor estético es el que se dedicó al panameño Omar Torrijos. Al igual que el que rinde tributo al ecuatoriano Eloy Alfaro, que ya tenía su monumento en La Habana, en el parquecito que lleva su nombre en Infanta esquina a 25. El de Juárez, obsequio de un grupo de políticos mexicanos al pueblo de Cuba, muestra a los pies del Benemérito de las Américas, una corona imperial, símbolo de la victoria mexicana contra la ocupación extranjera.

El dedicado a Bolívar causa siempre una emoción particular. Es una réplica, donada a Cuba por el pueblo y el Gobierno de Venezuela, del mismo que buscó José Martí a su llegada a Caracas, cuando, sin sacudirse el polvo del camino y sin preguntar dónde se dormía ni se comía, quiso ir a rendir tributo a El Libertador.

Monumento demorado

Cincuenta y cinco años demoró La Habana en erigir un monumento a Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria.

La idea de rendirle homenaje de esa forma surgió en 1900 y se creó al efecto la Comisión Pro Monumento a Céspedes y Martí. En definitiva se erigiría solo el del Apóstol, en el Parque Central.

El propósito se retomó en 1919, a iniciativa de Cosme de la Torriente, coronel del Ejército Libertador que ocupaba por aquellos días un alto cargo en el gobierno del presidente García Menocal, y el Congreso de la República votó una ley en la que se consignaban 175 000 pesos para el monumento en cuestión. Nada se hizo.

En 1923 la revista Cuba Contemporánea insistió de nuevo en el asunto y a propuesta de esa publicación el Ayuntamiento habanero dio el nombre de Carlos Manuel de Céspedes a la Plaza de Armas, donde se alzaba la estatua de Fernando VII, el llamado rey felón, el más despótico de los monarcas españoles, colocada allí desde 1834.

A partir de entonces, el Historiador de la Ciudad de La Habana, delegados a los congresos nacionales de historia, veteranos de la Independencia, intelectuales y figuras públicas en general empezaron a abogar por el desplazamiento de la estatua de Fernando VII y la colocación, en su lugar, de la de Céspedes.

Llegó así el año de 1952 y ante la celebración del aniversario 50 de la instauración de la República, la comisión organizadora de sus festejos concedió un crédito de diez mil pesos para erigir la estatua de Céspedes en la plaza que llevaba su nombre y sacar de allí la del monarca español.

Nada se hizo hasta el año siguiente, cuando se convocó a un concurso entre los escultores cubanos para seleccionar el proyecto que fuera más oportuno. Resultó ganador el de Sergio López Mesa.

Aun así, habría que esperar a 1955 para que Fernando VII fuese retirado del lugar, y se colocara la estatua del Padre de la Patria, el 27 de febrero, en ocasión del aniversario 81 de su muerte.

Fernando VII, después de haber estado escondido durante años en el Museo de la Ciudad La Habana, volvió a su plaza. A un lugar discreto; no al sitial de preeminencia que tuvo durante tanto tiempo.

Su figura de mármol, ya desnarigada, se las trae. Porta un pergamino enrollado en su mano derecha. Pero si se le mira desde los portales del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro, ese pergamino que le sale desde más abajo de la cintura parece otra cosa y lo convierte en un exhibicionista. O cuando menos, en un varón que cumple el acto de orinar.

(Fuentes: Textos de Emilio Roig, Fernando Dávalos y Francisco Rey Alfonso)

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