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Fugas espectaculares

Un cubano al que apodaban Cotorrita tenía en los años 40 del siglo pasado el récord de fugas en todo el continente americano. Cárcel en la que lo encerraban, cárcel de la que se evadía, al igual que otro cubano, «El hombre mosca», que agobió tanto a las autoridades con sus escapadas que un día lo «suicidaron» en el Castillo del Príncipe.

Algo parecido sucedió a Ramón Arroyo, el «bandolero sentimental». Arroyito, como era conocido, logró huir de la penitenciaría de Matanzas y luego de la Prisión de La Habana antes de que, capturado de nuevo, se dispusiera, en 1928, su traslado al Presidio Modelo, en Isla de Pinos. No llegó vivo al reclusorio. Para garantizar que no volviera a fugarse, sus custodios, por órdenes superiores, lo asesinaron en el camino, luego de haberlo dejado toda la noche con las manos atadas a merced de mosquitos y jejenes.

Conteo de presos

No son esas las primeras evasiones famosas que registra la crónica cubana. Ya antes, en 1888, hizo historia la fuga que protagonizaron en el Príncipe, en vísperas de su ejecución, el notorio bandido Victoriano Machín y su hermano.

Machín, con su banda, sembraba el terror y la muerte en Pinar del Río y en zonas del oeste de La Habana. Ante la indiferencia policial, actuaba con impunidad absoluta hasta que un día del mes de agosto del año señalado, Francisco Fajardo, un honesto ciudadano de Guanajay, condujo a las autoridades hasta el lugar donde se ocultaban los delincuentes y las dejó sin alternativa.

El 28 del propio mes juzgaron a Machín en el Castillo de la Fuerza y lo sentenciaron a muerte, e igual condena recibió su hermano, que había sido capturado en su compañía. Serían ejecutados a garrote el 7 de noviembre…

El día 3, sin embargo, cuando se llevaba a cabo el conteo de presos en el Príncipe, el calabozo 16 y medio, que ocupaban los Machín, estaba vacío. Limaron los barrotes de la pequeña claraboya que se alzaba a 11 varas del suelo y los fugitivos se escurrieron hacia los fosos deslizándose por una cuerda de algodón encerada de menos de un dedo de diámetro.

Como resultaba totalmente imposible que los reclusos, aun encaramados uno sobre otro, pudiesen alcanzar la claraboya, lo que demostraba que no actuaron sin ayuda de los custodios, el Gobierno colonial dispuso de inmediato la detención del jefe de la prisión y apenas un mes después la corona española decidió la destitución del gobernador general de la Isla, Sabás Marín, cuando Machín, personado en Guanajay, a plena luz del día y a la vista de todos, dio muerte a machetazos al hombre que lo había delatado.

No quedaría sin castigo. El teniente general Manuel Salamanca —rígido, inflexible, severo y honesto— al asumir el mando de la colonia responsabilizó a las autoridades civiles y militares y, desde luego, a la policía, con todos los actos que los bandidos pudiesen cometer, y advirtió que en su gobierno no se seguiría proceso alguno por «infidelidad en la custodia de presos», pero que podría suceder que por alguna confusión lamentable se le aplicase la ley de fuga al custodio que permitiera la evasión de un prisionero. Poco después, Victoriano Machín era detenido en la ciudad de Cienfuegos y trasladado a La Habana donde, en la Cabaña, esperaría el día en que se cumpliría su sentencia.

Ante una multitud que nunca antes se vio en la capital para presenciar un acto como ese, se llevaría a cabo la ejecución de Machín. El terrible bandido, que tenía más de 30 asesinatos sobre sus espaldas, se portó, llegado el caso, como un cobarde; lloraba, suplicaba, se arrodillaba, se arrastraba por el suelo… Tuvieron que cargarlo para sentarlo en el garrote, y una vez allí, con las manos atadas, trató de morder al verdugo que, tan o más acobardado que la víctima, cayó al suelo desmayado.

Volvió solito

También Carlos Duque de Estrada, en junio de 1933, fue devuelto a la cárcel luego de una fuga sensacional. Por su oposición a la tiranía de Machado, guardaba prisión en Isla de Pinos. Una tarde, con el ánimo de evadirse, se ocultó en el campo de béisbol del Presidio Modelo, y ya de madrugada, deslizándose por los terrenos aledaños a las galeras, logró alcanzar la carretera que conduce a Nueva Gerona.

Una vez allí tuvo la suerte de colarse en un barco que salía rumbo al Surgidero de Batabanó, pero, detectado, fue conducido otra vez al reclusorio. Pese al fracaso final, Estrada, que en 1947 ganaría cierta celebridad al propugnar en México la independencia del estado de Chiapas, demostró lo inadmisible: era posible fugarse del Presidio Modelo.

Tiempo después lo imitaría Rutilio Ramos, que cumplía prisión en la Isla por el asesinato de Pedro Acosta, alcalde de Marianao. Pero a Rutilio no habría que devolverlo a la cárcel; volvió solito al no poder soportar, ya en La Habana, las angustias de la persecución policial.

Otro recluso, Antonio Isla, se fugó también del Presidio Modelo y, al parecer, nunca pudieron encontrarlo.

Policarpo

En dos ocasiones se fugó el temible Policarpo Soler. Cuando lo detuvieron en Matanzas preparaba su postulación a la Cámara de Representantes y alardeaba de su amistad con el presidente Prío y con altas figuras del régimen. Los reporteros que lo entrevistaron en la cárcel matancera dijeron que «lucía impecable, satisfecho, jovial; sin una mancha en su blanco atuendo ni una vacilación en su postura».

Más que un recluso con muchas causas pendientes con la justicia, parecía un político influyente. Estaba alojado en la jefatura de la penitenciaría y el propio jefe del penal velaba su sueño. Desde allí mandaba recados amenazadores al Palacio Presidencial.

—Vendrán a visitarme el Primer Ministro y un comandante del Ejército— anunció al alcaide de la prisión. Pero fueron otros sus visitantes. Acudieron varios hombres que se identificaron como trabajadores de la fábrica de jarcias, pidieron permiso para entrevistarse con «el amigo Policarpo» y prorrumpieron en un vocerío estentóreo cuando se les negó el acceso.

A fin de aplacar el escándalo se autorizó a pasar al que iba al frente del grupo y en ese mismo momento se permitió la entrada de una mujer que pidió saludar a Policarpo. La reja exterior quedó abierta.

Policarpo, en compañía de un capitán del Ejército, aguardaba en el patio y avanzó hacia sus visitantes. La mujer le pasó una pistola 45, empujó el gánster al oficial y salió tranquilamente de la prisión. Fuera, los supuestos obreros, armados ahora de ametralladoras, lo rodearon para protegerlo. Ocurrió entonces lo inconcebible. El alcaide, abrazado al prófugo, le dijo: —¡Policarpo, por tu madre, no te vayas! ¡Mira que me perjudicas! A lo que respondió el aludido: —Chico, no soy yo, son mis amigos los que me llevan…

Eso ocurrió en junio de 1951. Cinco meses después se fugaría del Castillo del Príncipe junto con otros cinco reclusos. Contaron con ayuda del exterior y la complicidad de algunos custodios y directivos de la prisión. No de otra forma pudo el grupo bajar por una escala atada a una ventana los cien pies que separaban la azotea del fondo del foso, atravesarlo y subir el muro exterior por una escalera de cuerdas.

Lo demás resultó más fácil todavía. Ganaron los fugitivos una garita de vigilancia, corrieron por los patios de casas aledañas y salieron a las inmediaciones de la 9na. Estación de Policía, donde abordaron los vehículos que los esperaban. Todo sin disparar un tiro y sin que nadie los persiguiera.

Guarina y el Chino

Del Presidio Modelo se evadieron, en enero de 1949, Enrique Dobarganes, conocido por Guarina y José Rivero Prendes, alias el Chino, dos de los autores del robo de la sucursal habanera del Royal Bank of Canadá. Lo hicieron en compañía de otro recluso, Remigio García, que nada tuvo que ver con el mencionado asalto. Era un experto en fugas y confiaba en que esa vez no fallaría ya que el dinero que Prendes y Guarina debían guardar del robo garantizaría la salida del país.

En su momento, la prensa calificó dicha evasión, que transcurrió sin alarma ni obstáculo, de espectacular y prodigiosa. Sin disputa, la más sensacional realizada en Cuba, antes de la segunda de Policarpo, dadas las condiciones de normalidad que la rodearon.

En la mañana del 12 de enero, minutos después del toque de diana, el Chino Prendes, Guarina y Remigio García subieron tranquilamente al automóvil de José Manuel Lorca, médico del presidio. El vehículo, guiado por uno de ellos, atravesó en paz todo el patio interior del reclusorio, para lo que tuvo que pasar ante cinco garitas y cuatro vigilantes sin que se diera la voz de alto. Como en un caso de rutina, las puertas exteriores se abrieron para el automóvil, que rodó veloz hacia Nueva Gerona.

Ninguno de sus ocupantes iba armado y los tres vestían uniformes de preso. Horas después 200 soldados y 40 agentes del Buró de Investigaciones, llegados de La Habana, se desplegaban en abanico por todos los ámbitos de la Isla en busca de los prófugos. Hallaron, a 90 kilómetros del penal, el automóvil abandonado. Guarina y Remigio fueron baleados y muertos por sus perseguidores. El Chino Prendes no apareció vivo ni muerto.

Lo que sucedió con él es algo que todavía hoy se desconoce.

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