Los stereo-típicos (II)

Hoy las preferencias musicales dibujan un panorama juvenil rico, complejo y diverso. Sin embargo algunos jóvenes asimilan y reproducen códigos ajenos a nuestros valores humanos y morales. La respuesta parece estar en no permitir la entrada de tales manifestaciones 

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Juventud Rebelde

Foto: Roberto Suárez La canción sigue sonando en la cuadra, porque el bafle se sale del balcón, enorme, y parece que quiere alcanzar la calle. La música en Cuba es tenaz, se le mete a la gente en la ropa, en los bolsillos, se la llevan en la cartera 11 horas de viaje de un extremo a otro de la Isla, y así arrastran con ella el gesto de moda, el color del momento y el pasillo que se estila.

A un quinquenio del comienzo del nuevo siglo, ya son otros los juglares. La música, otrora religiosa o profana, hoy se mueve con total independencia. Edison inventó el fonógrafo y Henri Fourneaux la pianola, y la música se separó de su autor y adquirió una nueva libertad. Ahora se traslada de diversas maneras, cruza las barreras montañosas gracias a las ondas radiales, la llevan y la traen los marineros como la sorpresa del año, y los iPod, creación de Apple, han puesto hasta 15 000 canciones dentro de un «aparatico mágico», y han conquistado lo imposible.

Sin embargo, a kilómetros de la última noticia de la tecnología, las personas siguen disfrutando la música de las maneras más originales. La melodía continúa saliendo del tres y la guitarra de siempre en un picnic improvisado; o la encontramos en la voz extraordinaria de una estudiante que nunca había cantado en público. El copyright, ni siquiera el más prestigioso, le ha cortado las alas.

Y junto a la música, están los hombres y mujeres que la disfrutan y la dedican a los fenómenos erigidos dentro de la lista de los dioses modernos: los sentimientos, los principios y los deseos.

La música lidera también los espectáculos en el mercado, y en Cuba ha dibujado un panorama juvenil rico, complejo y diverso: mickies, freakies, repas y muchos más.

ESO SÍ ES ROCK

El rock es negro. O por lo menos lo dice todo el mundo cuando tiene la grabadora del periodista al acecho. Hay esmalte de uñas negro, ropa negra, maquillaje negro o cero maquillaje, pelo largo, un piercing en la ceja y unas cuerdas vocales de concurso, para resistir toda una noche de concierto, y más. Si alguien entra en esta descripción y se siente a gusto, no lo dude, es para los jóvenes cubanos un freaky.

El género tiene más de medio siglo de existencia, ha encontrado muchas vertientes en su camino, y se ha bifurcado en numerosos estilos. Aunque bajo la lupa de un acucioso clasificador, Nirvana, Metallica y Led Zeppelin quedarían en páginas separadas de un catálogo serio, siempre entrarían dentro de un término común: rock.

«En Cuba parece que goza de una mediana salud, porque tiene sus seguidores, y se van esos, llegan otros, pero continúa más o menos con la misma cantidad de público, asegura Maurice Pruna, de 22 años. «No ha tenido un incremento ni una baja como tal. Sí se han sumado otros...».

Del ya antológico Patio de María, en la capital cubana se ha pasado a las calles. El rock lo oye mucha gente, unas veces en la intimidad de sus cuartos y otros sumidos en los decibeles hiperbólicos de un concierto al aire libre. Sin embargo, es en el último de los espacios donde se construye la imagen del freaky, aunque el rock sea patrimonio de todos.

«¿Cuál es el problema del rock en Cuba y por qué sigue siendo muchas veces mal mirado?», se cuestiona Josué Labaut, estudiante de Ciencias de la Computación. «Porque ha creado un micromundo, un grupo de seguidores que ya incluso llegan a conocerse entre ellos. Hay personas que de solo oír sus nombres uno dice sí, claro que lo conozco... y no es cantante ni nada, simplemente es un tipo que deambula todas las noches probablemente en la calle G y ya es famoso entre ellos».

El mundo de los freakies parece ser así, oscuro, nocturno. Pero, ¿cuánto tiene de construcción, de símbolo? ¿Cuántos forman parte de él porque lo asumen como una moda, porque importan esa personalidad? ¿Cuántos lo viven simplemente porque no saben ser distintos?

Lo cierto es que ser freaky no es nada más que entrar en el conjunto de rasgos que los jóvenes cubanos atribuyen al rockero típico. «Y por lo que parece no va a tener una muerte prematura, porque el rock no muere, como ha pasado con otros géneros, sencillamente ha ido evolucionando con el paso del tiempo», asevera Maurice, quien no usa una sola pieza de ropa de color negro. Oprime el play de un equipo de audio, de donde sale una sorpresa para sus oídos y casi lo dice gritando: «¡Eso sí es rock!»

¿Y LO NUESTRO QUÉ?

Los años 90 experimentaron una explosión de la música salsa, con un sinfín de agrupaciones que pusieron a bailar a toda la Isla. La Charanga Habanera, Paulo FG y Adalberto Álvarez y su Son, entre otros, le cambiaron la cara al género con la introducción en sus letras de frases populares, realidades cotidianas y algunas «palabrejas».

La «timba», como la llaman muchos, sobrevive hoy tras los embates de la música disco —dueña de las pistas de baile cubanas en los años más duros de la crisis— y el ciclón reguetonero del siglo XXI. Sus seguidores han sido llamados reparteros, por la forma de bailar. Pero, ¿qué reparten?

«Bueno, Cuba es un país con mucho ritmo. Actualmente la que más me gusta es la música salsa. ¿Por qué? Porque a la hora de bailar es la mejor forma de “cuadrar”», garantiza William Gutiérrez.

Y si unos dicen que el baile de pareja que ofrece este compás es el mejor, hay otros a los que les da lo mismo: «Los reparteros asisten a todos los lugares, lo mismo van a una discoteca, que van a un bonche, que van a dondequiera. Los reparteros somos locos. Los

mickies o los rockeros no oyen música de reparteros, ni salsa ni ná’ de eso; y nosotros los reparteros oímos de todo», cuenta Catherine, alumna de Contabilidad.

«A mí lo que me gusta es la salsa, porque es lo que usa la juventud en las fiestas. Esa es la única música que me gusta. Me gusta la Charanga, Bamboleo, NG, todos esos grupos», agrega, y asegura que los reparteros son «gente loca, chévere. Les gusta divertirse. Salir para fiestas, vestirse a la moda. No les importa que la gente les diga algo, y si hay un bailable donde sea, para allá van».

A estas alturas es muy fácil determinar quién es repartero. «Sin dudas el rasgo más distintivo es el pañuelo. Sí, los moñeros lo usan en la cabeza generalmente, pero los reparteros lo llevan siempre en la mano, y en los retos de baile se usa para provocar al otro», comenta Sander Zaila, estudiante de Periodismo. De esta forma, muchos seguidores de la música popular cubana han sido tildados de «guapos».

A GUITARRA LIMPIA

Para algunos, el grupo de los trovadores es el más «elitista». Sus líricas de estilo poético, sus peñas conversacionales, y los nombres que han dado a la historia de la música, como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, lo han convertido en un universo cuyo pasaporte es «el amor al arte». Para otros, es una bomba.

«La gente que oye trova nada más, significan excentricidad, porque a ti no te puede gustar solo un género musical; a mí me gusta muchísimo la trova y oigo otras cosas, como la salsa, que no es para bailar solamente, y decir “yo solo oigo trova”, es una payasada. Esa farándula que sigue a la trova, son gentes con ciertas características, que forman un microcosmos, tienen sus ideas, buscan ser artistas, les gusta el teatro también… comparten ese gusto», revela uno de los entrevistados.

Cynthia González, a punto de licenciarse en Economía, tiene otra perspectiva: «Cada quien tiene derecho a escoger, a preferir, y hay quien solo se siente bien al lado de una guitarra. Es así. Lo que llamamos trova es una de las formas de música más completa. Ha sabido asumir responsabilidades sociales y políticas, de denuncia, de propuesta, con una enorme capacidad de convocatoria. A la vez, posee una sensibilidad especial para hablar y pensar en nombre del amor. Crea un universo donde mucha gente se siente cómoda, y hasta querida. Y es verdad que nos vestimos de un modo particular, pero creo que es bastante modesto, aunque algunos lo vean excéntrico. Si coges hilo y tejes una blusa, dañas menos el ambiente que si te compras un pulóver y lo dibujas con spray, como los freakies, o molestas en las clases con los ruidos de los celulares, como los mickies».

Lo cierto es que los muchachos de la trova están siempre dispuestos a descargar, guitarra en mano, para compartir experiencias, dolores y alegrías.

THIS IS THE HIP, THIS IS THE HOP

La mayoría los llaman moñeros. Y los asocian con los reparteros. Quizá es por la forma de vestir —la ropa ancha, la gorra de lado o al reverso, exuberantes cadenas de metales desconocidos y sudaderas en la frente y los antebrazos— o por las letras de sus canciones, siempre fuertes, agresivas, pero con una profunda carga social.

La última década ha visto cómo este movimiento del hip hop, que empezó siendo de unos pocos, se ha convertido en la mayor de las Antillas en una de las corrientes musicales más importantes. La aparición de grupos con letras propias, de calidad, y una identidad bien cubana —a pesar de no salirse del típico rapero estadounidense— atrae a un público joven cada vez mayor.

«Los moñeros no andan por la calle exhibiéndose como hacen los mickies, ni tienen lugares de reunión pública, como los rockeros. Esa es una cultura de la hermandad, del disfrute de la música con un baile sencillo, discreto. Es verdad que al principio se asumió en Cuba como una cultura de los guapos, y todos los moñeros tenían su respectiva toalla en mano, en sustitución del pañuelo de los reparteros, y en los lugares donde se proyectaba esa música siempre había peleas y riñas tumultuarias. Ahora eso ha cambiado, y ha cambiado para bien», asevera Sander.

La letra de las canciones de hip hop van siempre a los problemas del barrio, de la gente. Aunque en realidad, eso solo lo saben los que gustan del verdadero ritmo, según nos cuenta Elena Iglesias, estudiante de la Universidad de las Ciencias Informáticas. «El problema es que en los medios siempre ponen la parte más comercial del hip hop, como Sean Paul y Beyonce, pero en los lugares adonde yo asisto, como por ejemplo La Madriguera, te ponen otras cosas, y se puede ver también a nuestros grupos, y tenemos buenos grupos.

«Cantantes como el desaparecido 2-Pac, Snoop Dogg o Ice-t, tienen muy buenas canciones que hablan de la injusticia, del camino que debe seguirse, de la razón y de la paz. Y no es que estos cantantes no tengan títulos pegajosos ni comerciales; sí los tienen, lo que pasa es que la gente los conoce por sus canciones comerciales y no por toda su obra. Si tú preguntas por una canción de Beyonce en la calle, todo el mundo te va a hablar de Baby Boy, aunque claro, ella es muy comercial», añade.

Dayan García, estudiante de Periodismo de la Universidad de La Habana, comenta acerca del rap y el hip hop: «Me parece que la música ha influenciado muchísimo en el comportamiento de los cubanos. Es un ejemplo claro ver cómo el rap y el hip hop, en esos videos supercomerciales de grupos extranjeros, pueden en muchos casos influenciar o defender la violencia, el consumismo, incluso las drogas, defender la prostitución con imágenes que para nada pueden ser idóneas para una sociedad como la nuestra».

MIENTRAS CAMBIAS EL CD

—¿Para qué «sirve» la música?

—Para transmitir todos los sentimientos que uno tiene adentro. Desde tiempos inmemoriales la música ha sido el método para dar a entender el estado de ánimo de una persona. No puedo vivir sin la música —dice Maurice.

Josué cree que la música sirve para muchísimas cosas: «Y pienso que esas cosas las comparto con el hombre primitivo, que también hizo música y sus necesidades debieron ser similares a las mías. Primero, divertirme. También como forma de relajar. La música muchas veces sirve para pensar, para dormir, para inspirarse, para escribir. Cada cosa tiene su estilo especial de música. O sea, si quieres optimizar lo que estás haciendo, pon la música adecuada. Te va a ayudar».

Emilio no fue tan triunfalista: «La música a todo el mundo no le hace falta, porque a un sordo, no». Sin embargo, Maurice le aclaró el camino: «Una amiga de mi mamá es sorda. Pero ella, no obstante, es bailarina en una carroza en un grupo de carnaval, y a ella le gustaba tanto la música —le ponían bafles pegados al piso— que ella la sentía aunque no la oyera literalmente».

—¿De los 60 a la fecha se ha perdido en cierta música la belleza como concepto?

Sandy Lemus se pasa una mano por el cabello: «Sí, creo que de ese momento hacia acá hay algunos géneros musicales en que se ha perdido la belleza, como el reguetón, por ejemplo. Como otros géneros que en su momento han sido buenos y ahora no se escuchan. Han decaído mucho los temas románticos, se oyen muy poco en las fiestas, y no porque sean malos, sino porque la gente lo que escucha ahora es reguetón, rock, salsa…».

—¿Los géneros musicales que se escuchan hoy en Cuba ayudan a unir a los jóvenes o ayudan a separarlos en mundos distintos?

—Creo que ninguna música se hace con el sentido de unir o separar grupos, simplemente a algunas personas les gusta más una música que otra; pero de cualquier manera, a pesar de que los gustos musicales puedan ser diferentes, los jóvenes cubanos andan juntos, rockeros y reguetoneros andan juntos y cumplen con todas las actividades de la sociedad, nos comenta Alejandro, estudiante de Comunicación Social.

Pero Daniel Salas, de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, no coincide con él. «Yo creo que la música en sí no tiene la capacidad de unir o segregar. Eso tiene que ver con una forma de afrontar el hecho musical y la cultura, que sin dudas rodea a determinado estilo. En ese sentido, los modos de consumir la música van siendo a veces más importantes que su mismo contenido. Cuando el consumo del reguetón, del pop, del jazz, del rock, de la timba cubana, o sea, cuando esos modos de recepción se diferencian mucho entre unos y otros —más allá de que las músicas en sí sean más revolucionarias, más nuevas, más de vanguardia o más retrógradas— yo creo que sí, sí se están dando segmentaciones».

—¿Y sobre las divisiones en mickies, freakies, moñeros, reparteros...?

—Son las maneras que tienen nuevos grupos sociales o grupos emergentes, subculturas, de expresar cosas e ideas que otros medios no canalizan —continúa Daniel—. Pero cuando prestas atención a lo que están diciendo, en muchas ocasiones me asalta la duda de si en verdad están expresando las ideas del grupo social… o si están representando bien lo mejor que podría ser expresado desde ese grupo social. Si en algún momento lo hicieron, el mercado rápidamente cortó todas esas posibilidades más o menos subversivas del género y ha quedado en una pura repetición de los mismos códigos, de los mismos ritmos, de las mismas frases, de las mismas fórmulas que poco tienen de nuevo.

—¿Y los muchachos que pintan llamados de música en guaguas y en lugares públicos?

—Bárbaros. Están destruyendo lo que no pueden usar. Si quieren expresar lo que sienten acerca del rock, de la salsa, del merengue, que lo expresen de otra forma, no así. ¿Para qué tienen que escribir las guaguas? Eso no entra de todas formas en el tipo de música que te guste. Eso entra en la persona que tú eres; no está en el gusto —revela Catherine.

ANTES QUE TERMINE LA CANCIÓN

La música bien escogida sirve para todo, piensan muchas personas. Incluso para diseñar un estilo de vida, una manera de ser, una imagen.

El mapa estético de los jóvenes cubanos es, en este momento, muy heterogéneo. A veces se agrupan a conciencia, y a veces los agrupa la sociedad.

La crítica que podría hacerse sobre la música cubana actual precisaría primero de un análisis de nuestra propia existencia. Guille Vilar, director de radio y televisión, se pone en el lugar del compositor: «Si las películas son nada más de sexo, ¿por qué yo no voy a reflejarlo en mis canciones? Y nadie critica al cine». Naturalmente, los stereo-típicos también pasan por el mismo filtro.

«Los programas musicales de la televisión que más o menos me he inclinado a ver, no cumplen las expectativas que cumplían hace cinco o seis años», señala Dayán.

«Me parece que van en decadencia y no sé por qué, porque siguen ahí los mismos productores, los mismos directores musicales».

Y sobre comportamientos que generan los géneros musicales, la opinión parece compartida. «Eso es algo propio en todas las sociedades: la gente se inclina a comprar lo que se le vende en los medios de comunicación y los medios de comunicación están siempre… Si se inclinan a vestirse de esa manera es porque ven a quien lo hace como un determinado ídolo, como un determinado ejemplo», continúa Dayán.

Sin embargo, existen criterios como el de Catherine, que subestiman más el poder de los medios y priorizan la decisión personal: «Yo creo que la gente debe vestirse según decida cada persona, porque yo no puedo ponerme un pantalón que esté a la moda y que me quede mal. Me visto según lo que me guste. Debo estar siempre en la moda, pero una cosa que pegue conmigo».

Definitivamente, el arcoiris en las encuestas va quedando así: la salsa es roja, el rap es carmelita, la trova es verde, el rock es negro, y los mickies, morados. No, no, rosados. Y con botines.

INVASIÓN DE LOS CÓDIGOS

Existen disyuntivas entre el porqué de este fenómeno y sus consecuencias, que para algunos es «algo normal de la juventud», mientras que otros lo tildan como «un proceso peligroso, resultado de la asimilación entre nosotros de los códigos de la globalización» y con implicaciones ideológicas y políticas.

Entre estos últimos se encuentra Alpidio Alonso Grau, presidente de la Asociación Hermanos Saíz, quien sostiene que la responsabilidad sobre el desarrollo de estas tendencias entre los jóvenes recae esencialmente en los medios de comunicación: «Estos, de forma más o menos consciente, reproducen los códigos de la gran industria del entretenimiento o seudocultural del mundo».

«Por ello es necesario crear espacios juveniles para el consumo de las manifestaciones culturales autóctonas, la difusión de valores propios, con alternativas de recreación adecuadas que respondan a sus expectativas».

—¿Qué música debería difundirse entre los jóvenes?

—La buena música cubana y universal. A los jóvenes no se les puede subestimar: cuando existe un producto de calidad, son capaces de asimilarlo.

«La solución puede estar en generar actividades atractivas, como conciertos, espacios de recreación abiertos y cerrados, que pueden ser en una plaza abierta o en lugares como G Café, en la capital.

«La música popular cubana y de concierto está en un excelente momento de creación. El movimiento de rock, de fusión, es muy interesante», destacó Alpidio.

Guido López Gavilán, compositor cubano y director de orquesta, opina que la música no puede definirse como negativa o positiva, sino al ambiente que la rodee, que depende a su vez de las costumbres.

«El reguetón, por ejemplo, tiene una base rítmica que es la habanera, pero las letras son un atentado a la comunidad, pues con frecuencia contienen obscenidades que muchos repiten delante de la familia, los vecinos, y que sin dudas constituye una falta de respeto a las normas de educación preestablecidas en esta sociedad».

El destacado compositor y director cubano aclaró que cuando admiramos un tipo de música lo hacemos también con el ambiente que lo rodea, pues esas tendencias musicales, amén de tener más o menos valores artísticos, su calidad responde a un fenómeno social.

López Gavilán, jefe de la Sección de Música de la UNEAC, coincidió en que la promoción por parte de los medios de comunicación es también responsable. Si una persona no conoce algo, no tiene entonces la oportunidad de seguirlo o no.

—¿La solución estaría en cerrar puertas a todas las manifestaciones musicales extranjeras?

—La respuesta es inteligencia... saber crear un filtro que no permita la entrada de manifestaciones que atenten contra la cultura cubana y los valores humanos y morales que en ella se constituyen —recomendó López Gavilán.

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