Periodista cubano estuvo en Barbados poco después del crimen

Frank González, hoy director de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina llegó algunas horas después al lugar donde estalló el avión de Cubana y pudo entrevistar a testigos del sabotaje

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Avión de Cubana La pequeña habitación está en penumbras, solo resplandecen las pantallas de los radares que escrutan el movimiento de las aeronaves que se acercan o se alejan. Todos los que allí se encuentran no salen aún del estupor por lo acontecido horas antes.

Cuatro desconocidos entran en esa sala prohibida para muchos. Era tarde en la noche del 6 de octubre. Son los primeros cubanos en llegar a la Torre de Control del Aeropuerto Internacional Grantley Adams, de Bridgetown, Barbados, a quienes la primicia de una cinta magnetofónica les hablará del terror y la muerte a bordo del vuelo de Cubana 455.

Frank González, periodista y actual director de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina, estaba entre los escogidos. Pocos sabían que era periodista, un «secreto» que debía guardar en ese momento por recomendación del jefe de la delegación, Abdo Soto, para que el acceso a la información se le facilitara.

Treinta años después conserva un recuerdo vívido de ese instante, del ambiente que se respiraba en la sala de control, los rostros compungidos, las palabras imprescindibles, el silencio y el esfuerzo por descifrar los detalles más precisos de la grabación.

El periodista Frank González, rememora lo acontecido aquel 6 de octubre de 1976 al avión DC-8 de Cubana de Aviación. «Escuchamos la cinta con detenimiento. La volvimos a poner. Si mal no recuerdo fueron tres veces, porque Abdo Soto —diplomático cubano al frente de la delegación— insistió en escucharla nuevamente, porque había un dato revelador en esas palabras: “¡Tenemos una explosión a bordo y estamos descendiendo inmediatamente! ¡Tenemos fuego a bordo!”. Los barbadenses asintieron, se hablaba de una explosión a bordo».

Para situarse en lo ocurrido en aquellos instantes, Frank piensa en voz alta, cierra los ojos para trasladarse en el tiempo hacia la sala en penumbra y volver a la grabación. Sus manos dibujan en el aire el rumbo que tomó el CUT-1201, pilotado por Wilfredo Pérez, Fello.

«La hipótesis es que están trepando cuando se produce la primera explosión y se descompresiona la cabina. Fello gira de inmediato, busca la pista que tiene cerca y visible en un día despejado, limpio. Pienso que él hubiera aterrizado con el primer boquete —probablemente ya había muertos a bordo— pero cuando va acercándose hay una segunda explosión, que le afecta los controles de mando y el avión hace un ascenso brusco, posiblemente fuera de control, y oímos el “Eso es peor. ¡Pégate al agua, Fello! ¡Pégate al agua!”. Entonces la nave entra de nariz hasta lo profundo del Mar Caribe».

LA LLAMADA

Al mediodía del miércoles 6 de octubre de 1976, Frank González, en ese momento reportero de Prensa Latina en Jamaica, recibió en medio del almuerzo una llamada del periodista jamaicano Canute James, director del periódico Jamaica Daily News, uno de los rotativos con circulación nacional en esa época en la isla caribeña.

«Canute me dice que estaba leyendo un cable de la agencia Reuters en el que se decía que el avión de Cubana que hacía la ruta de regreso a La Habana desde Guyana había sufrido un accidente y caído al mar luego de despegar del aeropuerto de Barbados», cuenta Frank.

«Inmediatamente fui a la embajada de Cuba en Jamaica y me reuní con el embajador Ramón Pez Ferro y un grupo de compañeros que ya sabían la penosa noticia. En pocos minutos fue designado Abdo Soto —fallecido hace unos años— para que viajara esa misma tarde a Barbados como representante del Gobierno cubano, en su condición de diplomático acreditado ante varios países del Caribe. Al rato llegó Raúl Pérez Miyares, representante de Cubana de Aviación en Jamaica, y le informó a Soto: “Yo me voy con usted”.

«Aquel hecho me parecía un acontecimiento importante desde el punto de vista noticioso, y les dije: “Me voy con ustedes”. Ni lo consulté con la central; dejé encargada de esa gestión a mi compañera de entonces», rememora.

El grupo integrado por Abdo Soto, Raúl Pérez Miyares y Frank González viajó esa misma tarde a Barbados en el vuelo de la línea British West Indies Airways procedente de Estados Unidos y con destino final Trinidad y Tobago, que haría escala en Bridgetown, donde se uniría a ellos Eliseo Matos, funcionario de la aerolínea cubana en Barbados.

«Cuando llegamos al aeropuerto de Kingston ya el avión estaba listo para despegar y las autoridades de allí hicieron cuanto estuvo a su alcance para que pudiéramos embarcar. Todo fue corriendo y solo llevábamos un equipaje de mano.

«Fue tanta la amabilidad y colaboración, que yo me monté en el avión y ni siquiera me desprendieron el boleto; eso lo supe días más tarde cuando de regreso a Jamaica la muchacha que me chequeó se percató de ello», cuenta.

Ya en el viaje entre Kingston y Bridgetown —de unas tres horas— la conversación fue tomando un rumbo definitivo. Se iba reforzando la hipótesis del atentado.

En el mismo Boeing 707 de la BWIA en el que llegaron los cubanos a Barbados, escaparon minutos más tarde Hernán Ricardo y Freddy Lugo, autores materiales de la barbarie.

No bastó con la muerte de 73 personas a bordo. Por esos días en que la delegación cubana permaneció en Barbados no faltaron las continuas llamadas al hotel donde se hospedaban y a la oficina de Cubana. «Hay una bomba puesta en esa oficina, en ese hotel, o en ese avión de Cubana que despegó», intimidaban los terroristas, rememora Frank.

EL PRIMER CABLE INFORMATIVO

Al descender la escalera de la torre de control, luego de escuchar la voz de emergencia del vuelo 455 de Cubana, el reportero de Prensa Latina conversó con el capitán Bustamante, «hombre de unos 50 años edad, de gran experiencia como piloto», quien se interesó por los detalles de la grabación.

«¿Tú estás seguro, escuchaste bien eso de que hubo una explosión a bordo?», me preguntó el capitán. Frunció el ceño y dijo: "Eso es un sabotaje”».

«Ante mi duda por tanta seguridad, me aseveró que no había sustancia alguna del avión que provocara una explosión. ¿No es posible un error, un problema en los motores?, le interpelé. “Mira, es casi imposible. Tiene que ser que a bordo haya habido una sustancia química que la produzca”.

«El capitán Bustamante fue el primer experto que me afirmó que se trataba de un sabotaje. Ahí mismo aproveché el teléfono de Cubana de Aviación y logré comunicarme con Prensa Latina.

«En Cuba, Aroldo Wall, periodista paradigmático, fundador de Prensa Latina, ya fallecido, recibió mi llamada. A él le dicté una información muy corta y que redacté más o menos así: “Una explosión fue la causa del derribo hoy de un avión de Cubana de Aviación con 73 personas a bordo, frente a las costas de Barbados”.

«Hay un segundo párrafo en el que digo: “Expertos consultados por Prensa Latina —me refería al capitán Bustamante, quien opinaba sobre la base de la grabación de la torre del control— coinciden en la imposibilidad de una explosión a bordo, a menos que fuera provocada”.

«En la mañana del día 7 recorrí la playa en busca de testigos. Junto a otro cubano, llegué hasta la altura donde cayó el avión. Bustamante me había asesorado para las entrevistas. “Pregunta siempre de qué color era el humo, si azul o negro, y de dónde provenía el mismo”, me aconsejó. Así supe que la coloración negra respondería a desperfectos en la combustión, y la azul estaría relacionada con explosivos.

«En la playa Paradise, vaya eufemismo, le comenté a un barbadense que éramos cubanos; entonces nos contó que él vio caer el avión desde su puesto de salvavidas. No oyó la explosión, pero sí vio el fuselaje humeando. No recordaba la coloración del humo, pero podía asegurar que no era negro. Dijo que cuando el avión se hundió, a poca distancia de la orilla, buscó un bote y llegó hasta allí, donde encontró la parte trasera del fuselaje todavía a media agua, pero que irremediablemente se hundía».

—¿Cuán objetivos fueron los medios de prensa?

—La información transmitida fue muy escueta, como suelen tratar un accidente aéreo. Los únicos que hablábamos de explosión, de sabotaje, éramos los cubanos. La vida demostró que las acusaciones nuestras llevaban la razón; sin embargo, en complicidad con los estadounidenses, fueron puestas en duda por los grandes medios.

—El siniestro tocó hondo a los cubanos...

—Me golpeó... Entonces tenía 25 años de edad y apenas cuatro de periodista. Ahora con 30 de experiencia hubiera buscado de cualquier parte una cámara fotográfica y guardado las grabaciones de los testimonios para tratar luego de reconstruir los hechos.

—¿Han pasado tres décadas y aún no lo ha hecho?

—Decidí no volver sobre el tema. Todavía hoy me cuesta trabajo distanciarme del hecho noticioso. Me involucro demasiado, es como si volviera a aquella torre de control el 6 de octubre de 1976, y en penumbras escuchara otra vez la voz desesperada de alguien tratando de mantener aquel avión en picada.

«He oído esa grabación cientos de veces y cada vez que lo hago, en mi intimidad más cerrada, le presto la misma atención del primer día. No conocí a Wilfredo Pérez ni a su copiloto Tomás, sino solo de referencia. No obstante quedaron incrustados en mi memoria, como si fuesen familia».

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