La primera línea de defensa contra el aumento del nivel del mar

Proteger los ecosistemas costeros pudiera ser una forma de atenuar el impacto del cambio climático en Cuba

Autor:

Juventud Rebelde

Los manglares pueden regenerarse. Pero hay que ayudarlos protegiéndolos. Foto: Centro Nacional de Biodiversidad

El mangle no es solo un lugar inhóspito, lleno de mosquitos e incómodo para vivir, sino un ecosistema costero singular, con múltiples especies de la flora y la fauna, y de extrema importancia para Cuba, pues abarca la mayoría de sus costas, representa casi el cinco por ciento del territorio nacional y en estos se concentra el 26 por ciento de la superficie boscosa del país.

Además, es la primera línea de defensa del archipiélago contra el previsible aumento del nivel del mar, que en los próximos cien años podría llegar hasta un metro, según cálculos de especialistas cubanos, teniendo como base los pronósticos a nivel mundial.

Cuba debe luchar por proteger a ecosistemas costeros fundamentales, como las dunas arenosas, los abrasivos o «diente de perro» y los ya mencionados mangles.

FUGA DE TIERRA FIRME

Con más de 30 años estudiando los mangles en Cuba, la investigadora Leda M. Menéndez, del Centro Nacional de Biodiversidad, del Instituto de Ecología y Sistemática, está convencida de que cuidar este ecosistema ayudará a minimizar los impactos del cambio climático, y en especial del aumento del nivel del mar.

«El mayor problema para Cuba, como para otros estados insulares, es que con el aumento del nivel del mar la barrera arrecifal que antecede a la costa sería menos efectiva en su labor de detener los trenes de olas y corrientes marinas, especialmente en períodos de tormenta o ciclones, y estas llegarían con más fuerza a la costa, provocando mayor destrucción».

Según la especialista, los mangles, cuya primera línea conformada por mangle rojo generalmente crece dentro del agua, podría atenuar la fuerza de la marejada, evitando la penetración marina tierra adentro, y a su vez ayudando a prevenir la salinización de los suelos y como barrera de contención a la erosión costera.

Los manglares son formadores de sustratos, y al retener sedimentos y materia orgánica en sus raíces, además de incrementar su gran resistencia para adaptarse a las condiciones cambiantes, ayudan al intercambio de sustancias que provienen de la tierra hacia el mar, que son la base de la vida de muchas especies de la flora y la fauna, tanto costera como acuática, que de no tenerlas morirían. Igualmente, estos sedimentos pueden ayudar a formar nueva «tierra firme», que sería otra barrera para frenar al mar.

PELIGRO LLAMADO HOMBRE

No todo es color de rosa para nuestras costas, pues a las inclemencias de los fenómenos meteorológicos y el cambio climático mundial, tienen que sumar el mayor peligro que enfrentan: el hombre.

«Hemos iniciado un estudio a nivel nacional para evaluar la salud de los mangles, por ejemplo, y medir hasta qué punto ha sido afectada por múltiples factores, incluyendo las acciones antrópicas, o sea las de los seres humanos sobre ellos», explica Leda M. Menéndez.

«La principal afectación no es que hayan desaparecido los manglares, sino que se han debilitado, ya sea por la tala, por condiciones climatológicas como la falta de lluvia, o por prácticas incorrectas como edificar sobre estos o trazar caminos paralelos a la costa e impedir el escurrimiento de sedimentos y agua dulce desde la tierra al mar, imprescindible para el mangle».

Según la especialista, si bien los mangles son muy resistentes a las variaciones de su entorno, como lo demuestra el hecho de que muchos crecen en agua salada, también gastan mucha energía para «combatir» contra esto y desarrollarse, por lo cual si se talan o mueren, tardan mucho en desarrollarse especies mayores.

«A esto hay que sumarle que al aumentar el nivel del mar, ya sea por el cambio climático o por el hundimiento de los suelos, la primera línea de mangle, formada por el mangle rojo, podría quedar casi sepultado o morir, con lo cual la segunda línea de mangle negro sería la que enfrentaría el oleaje.

«Esto implica que si bien el mangle rojo tiene raíces zancudas, que le permiten “anclarse” al fondo, especies como la llana o el mangle negro tienen raíces horizontales, por lo cual no resistirían el oleaje, que los arrancaría del suelo y por ende habría un retroceso de la línea de costa».

Hasta el momento se han realizado muestreos en algunas áreas de Cuba, fundamentalmente en los cayos del archipiélago Sabana-Camagüey, para comprobar la salud de los manglares, y se han encontrado zonas donde estos, al desaparecer o debilitarse, han provocado la erosión de los suelos, pérdida del resto de la vegetación circundante y posibilitado así la entrada del mar.

SALVAR LA ARENA Y EL DIENTE DE PERRO

No solo es imprescindible proteger los mangles. También las dunas costeras sufren el impacto del cambio climático y las acciones humanas, que ocasionan la pérdida de flora y fauna y el corrimiento de la línea de costa.

En este caso, además, el efecto mayor es paradójicamente sobre su principal enemigo, el ser humano, ya que las construcciones sobre la arena quedan más expuestas a los embates furiosos del mar, y a la par las zonas pierden poco a poco su atractivo natural.

Las costas arenosas están bien representadas en el archipiélago cubano, con aproximadamente 336 sitios de dunas costeras que constituyen playas naturales. A estas se suman sitios en los numerosos cayos e islotes de los cuatro grupos insulares que rodean a la isla principal, cuyo paisaje paradisíaco constituye un enorme atractivo.

Su origen biogénico y el hecho de que sean llanuras marino-eólicas, propician que en estas se desarrolle una vegetación con características particulares, que varía de acuerdo con el tipo de duna, su altura, extensión, pendientes y orientación.

Pero el paso incesante de los seres humanos y la deforestación que ocasionan las construcciones sobre la franja de arena, unidos a la contaminación ambiental inherente a la explotación comercial de un ecosistema, están provocando que las dunas pierdan los elementos que las protegen, y ante el empuje del mar, la arena se escurra hacia este y/o penetre tierra adentro, con el consiguiente daño a otros ecosistemas.

Y no solo esto, incluso el «diente de perro», donde apenas crece la vegetación, también sufriría por el aumento del mar, como mismo llora ya ante cada acción humana destructiva. En este caso, si bien las zonas altas no estarían tan expuestas, todo lo contrario sucedería en las bajas, que quedarían anegadas y por ende el mar penetraría más, obligando a reconceptualizar las áreas habitables y de desarrollo económico.

SIN PÁNICO

Los especialistas aseguran que no hay por qué entrar en pánico. El previsible aumento del nivel del mar, como consecuencia del cambio climático global, es un fenómeno paulatino, y no de un día para otro, como lo han querido dibujar en algunas películas de ficción.

No obstante, tampoco hay excusas para dormirse en los laureles, porque se trata de un proceso inexorable y continuo en el tiempo, sin que hasta el momento se hayan encontrado alternativas para evitarlo, más allá de frenar las acciones depredadoras sobre el medio ambiente, que condicionan su aceleración.

Además, tampoco se puede dejar a un lado que además del crecimiento del mar, también actuarían otros fenómenos como la falta de precipitaciones, sequías y tormentas o temporadas ciclónicas fuertes, las cuales de una u otra forma actúan sobre ellos.

Ante esta disyuntiva, no hay más remedio que prepararse para defender la tierra del mar. De no hacerlo, asegura Lázaro Rodríguez, especialista del Centro Nacional de Biodiversidad, del Instituto de Ecología y Sistemática, se combinarían factores como el aumento del nivel del mar con fenómenos geomorfológicos que afectan a Cuba, que determinan la elevación de algunas zonas y la disminución del nivel en otras, debido a procesos de vasculación geológica.

Sin embargo, tanto él como su colega Leda M. Menéndez se muestran esperanzados en hallar soluciones. «Todos los ecosistemas reaccionan ante los cambios climáticos. Solo hay que ayudarlos cuidando mejor el lugar, evitando que se sigan muriendo los mangles o la vegetación de las dunas, e incluso restaurando zonas afectadas.

«No se trata solo de proteger la flora y la fauna, lo cual ya es extremadamente importante, sino también de preservar la primera defensa que tiene la naturaleza, y nosotros mismos, ante un mar que tiende a expandirse».

Algunas consecuencias del aumento del nivel del mar sobre los ecosistemas costeros Disminución gradual de la superficie emergida. Aumento de las áreas con humedales sumergidos y el desplazamiento de estos tierra adentro. Incremento de la erosión costera, con consecuencias muy graves para las playas. Incremento de la salinidad de estuarios y acuíferos. Alteración de los patrones de sedimentación y aumento de la exportación de estos hacia la plataforma y el océano en detrimento de los arrecifes. Afectación de los principales ecosistemas marinos y costeros, con efectos negativos para el turismo, el abastecimiento de agua dulce, las pesquerías y la biodiversidad.

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