Recuerdan momentos históricos de la Asociación de Jóvenes Rebeldes

Roberto Shelton, quien la presidió en el Oriente del país, recuerda los días inolvidables que darían paso a la creación de la Unión de Jóvenes Comunistas

Autor:

Juventud Rebelde

SANTIAGO DE CUBA.— Roberto Shelton Carbonell aún lleva a flor de piel la poesía de las primeras misiones y el fragor de los días intensos que darían a luz, el 4 de abril de 1962, a la Unión de Jóvenes Comunistas.

Tenía escasos 20 años cuando recibió el encargo del otrora jefe del Departamento de Cultura del Ejército Rebelde en esta parte del país, Jorge Risquet, de presidir en la antigua provincia de Oriente la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), antecedente directo de la actual organización juvenil.

Entonces tenía frescas en la memoria las imágenes de sus mañanas como estudiante y fundador del Bloque Juvenil Martiano, el eco de los petardos que, junto con otros compañeros, haría estallar «como una bomba» en un tragante de la ciudad, el día en que enterraron a Frank; el recuerdo de los amigos, casi niños como él, asesinados por la tiranía... «pero ninguna experiencia como dirigente».

Un acto de audacia, digno de lo mejor de su tiempo, fue su respuesta. Entre tareas y cambios le llegaría la experiencia.

TAREA GRANDE

«La AJR se crea el 28 de enero de 1960 como una organización semimilitar que, bajo la dirección del Ejército Rebelde, agrupaba a los jóvenes que por aquella época no estudiaban ni trabajaban; y la primera tarea que Fidel les plantea, para demostrar su patriotismo, su entusiasmo con la Revolución triunfante, es la de los Cinco Picos.

«Al hacerse el llamamiento empiezan a crearse oficinas en cada provincia. Recuerdo que los compañeros del Gobierno municipal nos dieron un lugar en el mismo Ayuntamiento de Santiago de Cuba, por la parte de la actual calle San Pedro, y allí pusimos dos o tres escritorios.

«Cuando los muchachos oyeron del llamado, la respuesta fue masiva. Qué joven, de 14 a 18 años, no quería pertenecer al Ejército Rebelde. Venían y te decían: Inscríbeme, yo quiero subir...».

—Era cuestión de inscribirse y subir...

—Eso pensaban, pero no fue así. Hubo todo un proceso organizativo. La ciudad de Santiago de Cuba se dividió en cuatro zonas. A los que tenían un poquito más de conocimientos les dijimos: Tú vas a ser jefe de esta zona; ellos, a su vez, tenían la responsabilidad de ir agrupando a los muchachos de los barrios en pelotones y escuadras.

«Disciplinarlos no fue fácil, pero se fue logrando en medio de ejercicios, marchas... y con esta preparación fuimos seleccionando a los que escalarían. Quienes dirigíamos sentíamos en todo momento la presión de ellos, aquí y en todas partes. Tú llegabas a Guantánamo y las preguntas eran ¿Cuándo salimos? ¿Cuándo es la cosa?

«Así empezaron el ascenso. Muchos no daban físicamente. Hay que tener en cuenta que aquellos eran muchachos de ciudad, fundamentalmente de La Habana, que no estaban acostumbrados a esta vida tan dura, pues en esos momentos la Sierra Maestra estaba en las mismas condiciones de los días de la guerrilla. Por eso Fidel la considera una prueba de voluntad, de patriotismo.

«Mientras se preparaban para subir, en el campamento de Pino del Agua, que era el sitio de tránsito al que iban los contingentes para su avituallamiento, estudiaban, ayudaban a la repoblación forestal, en la construcción de casas, escuelas y en todo el trabajo que se venía haciendo en la Sierra».

CINCO PICOS DESPUÉS DE LOS 60

El ascenso al Turquino se ha quedado como una hermosa tradición de los jóvenes cubanos. Foto: Calixto N. Llanes

—¿Los dirigentes también subían o se limitaban a organizar?

—Los compañeros de los municipios venían con sus contingentes y subían, pero en el caso de los de una zona, de una región, no era tan fácil. Ellos presionaban, pero muchas veces no podían ir.

«La organización, hay que decirlo, no nace teniendo un presupuesto ni cuadros formados. Cuando se funda éramos tres o cuatro compañeros, con un solo jeep para atender los seis territorios. Por suerte, unos meses después, en abril de 1960, la Juventud Socialista acuerda en su Cuarto Congreso integrarse a la AJR.

«Con ello recibimos una gran cantidad de cuadros experimentados y algunos recursos, entre estos la revista Mella. Sin ese apoyo no hubiéramos podido cumplir todos los objetivos que teníamos y que llevaron a que surgiera la UJC».

—¿En su caso, llegó a ser Cinco Picos?

—Yo estaba al frente de aquello, mandando muchachos para allá y nunca había escalado el pico. En una ocasión estábamos en el campamento de Pino del Agua, al que iba frecuentemente; llega Fidel en una de las visitas que hacía, y me pregunta que cuántos picos yo tenía.

«Imagínate, yo le explico que ninguno. Me dice: “Entonces no puedes dirigir la AJR, no puedes dirigir los Cinco Picos”. El primero en llegar debe ser él, le refiere a Joel Iglesias, presidente de la organización en el país.

«Después Joel y yo conversamos y le manifiesto: Yo subo, yo cumplo con el compromiso con el Comandante. Y Joel: Aguanta, ¿quién se queda aquí? Tuve que ir organizando el ascenso, un pico hoy, otro más tarde. En total pude subir cuatro veces, pero nunca logré llegar al quinto.

«Hace unos años, en un encuentro con estudiantes del preuniversitario Cuqui Bosch, les hablaba de esto. Ellos habían proyectado, para su graduación, subir al Turquino, y yo les pedí que me invitaran. Así logré subir la quinta vez. Hoy le puedo decir al Comandante, después de los 63 años, que cumplí mi compromiso».

—¿Debemos identificar a la AJR únicamente con los Cinco Picos?

—No, esta fue la tarea inicial, pero a la par de esta el trabajo fue creciendo. El 21 de octubre del 60 la AJR se convierte en la organización unida y única de la juventud cubana y se acuerda crear las Brigadas Juveniles de Trabajo Revolucionario, estructuras equivalentes a los Comités de Base de hoy, en los centros de estudio, en las fábricas, en las cooperativas, en la universidad, todo esto sin abandonar los Cinco Picos.

«Entramos en el año 61 y ya Fidel había planteado en la ONU que se iba a eliminar el analfabetismo, de manera que empezamos a prepararnos inmediatamente para la Campaña de Alfabetización. En medio de esa tarea aparece otra, importantísima ayer y hoy: la de crear la organización de pioneros, en abril del 61... Vivíamos a ese ritmo siempre.

«Del 30 de marzo al 4 de abril de 1962 tiene lugar el primer Congreso de la AJR. En ese evento, del que se cumplirán 45 años por estos días, Fidel nos plantea misiones mucho más profundas y se decide el cambio de nombre por el de Unión de Jóvenes Comunistas. Así aparece, como una continuidad de sus predecesoras, como una consecuencia lógica del desarrollo del movimiento juvenil cubano, la UJC».

FORJA DE LA REVOLUCIÓN

A partir de 1962 Shelton Carbonell dedicaría sus mejores sueños a otras responsabilidades. Mas ya como dirigente del INRA, ya como ingeniero agrónomo, lleva la huella de aquellos días profundos y estremecedores en los que su estatura se elevó, según confiesa al cabo del tiempo. «En la Juventud me forjé como revolucionario...», expresa, y sus ojos se pueblan del brillo que solo ofrecen las grandes empresas.

—¿Dueño de tantas lecciones, cómo ve la juventud de hoy?

—A la altura de la de mi tiempo. Para valorarla hay que ubicarse en su momento concreto. Aquellos piquetes que aparecían por las calles marchando y espontáneamente les hacían frente a las manifestaciones contrarrevolucionarias que salían de la Catedral, organizadas por el clero falangista y la burguesía afectada —sin duda un instinto de clase de los nuevos defendiendo su Revolución—, han tenido su continuidad en las tribunas abiertas, en la actual Batalla de Ideas, al frente de las cuales está también la juventud. El puente entre una generación y otra es la Revolución.

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