Cronología de un plan terrorista abortado

La Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) y su matarife Posada Carriles pretendieron encubrir un siniestro y abarcador plan terrorista contra Cuba, pero la Seguridad del Estado no lo permitió

Autor:

Marianela Martín González

                                                            Fotos: Cortesía de los órganos de la Seguridad del Estado Otto René de espalda al televisor, reconoce la voz «gangosa y salivante» de Ignacio Medina, seudónimo de Posada Carriles. En la década del 90 se produce una escalada terrorista contra Cuba, sostienen los oficiales Roberto Hernández y Francisco Estrada.

El 10 de junio de 1998 fue capturado en el aeropuerto internacional José Martí, en la capital, el mercenario salvadoreño Otto René Rodríguez Llerena, a quien las autoridades aduanales le ocuparon 1 519 gramos de explosivo plástico, dos relojes digitales marca Casio PQ 10, igual número de detonadores eléctricos e interfases para colocar varios explosivos en instalaciones turísticas, culturales y económicas cubanas.

En la investigación se probó que Rodríguez Llerena fue reclutado directamente por Luis Posada Carriles, quien entonces usaba el seudónimo de Ignacio Medina.

El teniente coronel Francisco Estrada Portales, integrante del equipo de investigación del llamado caso Salvador, rememora que el 4 de agosto de 1997 estalló un artefacto explosivo en el lobby del hotel Cohíba, y que entre los extranjeros establecidos como posibles sospechosos se encontraba el ciudadano salvadoreño Otto René Rodríguez Llerena, a quien los órganos de la Seguridad del Estado habían rastreado e investigado.

«Casualmente, ese mismo día estuvo en el Cohíba, y luego regresó a su país. Cuando casi un año después lo detenemos, ya había un grupo de evidencias criminalísticas que lo señalaban como el sujeto responsable de poner el explosivo.

«Por el lugar donde se puso la bomba el 4 de agosto, debajo del extremo izquierdo de un butacón del lobby, asegurábamos que la persona que la puso tuvo que estar sentada allí. Levantamos en aquel entonces las muestras de olor, las cuales mantuvimos en conservación hasta que detuvimos al sospechoso, y coincidieron plenamente.

«Además de todo lo que se pudo demostrar con pruebas periciales, como la referida y el retrato hablado, entre otras, él reconoció la autoría. No olvidemos que estos terroristas son mercenarios, no vinieron a defender ningún ideal.

«Rodríguez Llerena reconstruyó los hechos de manera tan auténtica como solo podía hacerlo el autor de los hechos.

«Incluso, pudo dar cualquier otro criterio, pero la bomba la colocó, en el momento de la reconstrucción, en el lugar exacto, y justamente a la hora en que fue activada.

«Nosotros teníamos claro que a esa hora había salido un grupo de turistas del hotel. Lo reconstruido por Otto contempla ese detalle.

«Como referencia importante del proceso investigativo recordamos que cuando el salvadoreño describió la voz del supuesto Ignacio Medina dijo que era “gangosa y salivante”, como realmente es la de Posada, a causa de su deformación en la mandíbula.

«Nos contó que, a cambio de mil dólares y el pago del paquete turístico, en julio de 1997 el supuesto Ignacio Medina le propuso colocar un artefacto explosivo en uno de los hoteles de La Habana.

«El 31 de ese mismo mes se personó en la oficina donde trabajaba Rodríguez Llerena, en San Salvador, y le entregó el boleto y demás documentos. Junto con estos le dio los medios para armar y colocar artefactos explosivos y, entre otras cosas, la calculadora programada y el mecanismo eléctrico para hacer estallar las bombas.

«Supimos durante las investigaciones del caso que le propuso posteriormente introducir medios para conformar artefactos explosivos, y lo instruyó para entregarlos al cubano Juan Francisco Fernández Gómez. Le informó que recibiría como pago por eso 250 dólares y, como antes, el costo del paquete turístico».

Estrada agrega que el 6 de junio de 1998 Posada Carriles le entregó al mercenario salvadoreño los medios que le fueron ocupados en el aeropuerto internacional José Martí y la foto de una niña que debía entregar a su contacto en Cuba. Entre otras cosas le mostró una imagen de Fernández Gómez, en la cual portaba una gorra negra con la inscripción «100% cubano».

QUÉ SABÍA LA SEGURIDAD DEL ESTADO SOBRE TÍA RAMONA

Hasta el 16 de marzo de 1999, no se conoce la realidad en torno a Juan Francisco Fernández Gómez, cabecilla contrarrevolucionario en Villa Clara. Ese día el Comandante en Jefe Fidel Castro les anticipó a los periodistas reunidos en el Congreso de la UPEC que vivirían un momento sorprendente.

Fotografía de la nieta del agente Félix ocupada al terrorista Otto René, junto con 200 dólares. Más tarde, imágenes del Noticiero de televisión mostraban a Juan Francisco y Olga, su compañera en la vida, como testigos en el segundo día del juicio realizado a Otto René Rodríguez Llerena.

«Se trataba del agente Félix, el valioso hombre que se infiltró en las entrañas de la mafia cubano-americana, y contribuyó con su testimonio a probar la culpabilidad del salvadoreño reclutado por Posada Carriles», rememora el teniente coronel Roberto Hernández Caballeros, otro de los integrantes del equipo que investigó el caso Salvador.

Con anterioridad Juan Francisco, durante una visita a Estados Unidos, había sido reclutado por el ya fallecido Rolando Borges Paz, principal cabecilla de la organización Ex-Club de Presos Políticos.

«Allí recibió un bolígrafo con tinta invisible, una lámpara ultravioleta para la lectura de los mensajes secretos que se cruzarían, así como la mitad de un billete de un dólar, el cual serviría de contraseña para si tenía que enviar un emisario.

«Cuando Fernández Gómez regresó a Cuba comienza la comunicación con Borges Paz, a través de los teléfonos 3052668031, 3052660835, 305446420 y el celular 3053428671, mediante los cuales intercambiaban mensajes, aunque la vía más común era el envío de cartas con escritura secreta, usando a miembros de la comunidad cubana en Estados Unidos, que viajaban a la Isla y desconocían lo que trasportaban», continúa el oficial Hernández Caballeros.

Así el agente Félix recibió orientaciones de comenzar a crear condiciones para recibir los medios necesarios y colocar artefactos explosivos en hoteles y otros enclaves. Esta operación fue nombrada por los terroristas como Tía Ramona.

El 31 de agosto de 1997, precisa Hernández Caballeros, Borges Paz le envío a Juan Francisco un mensaje en el cual solicita otro teléfono que no fuera el de su domicilio para recibir por esa vía la llamada de un centroamericano, que lo contactaría para entregarle los artefactos explosivos, y le indica espaciar la comunicación entre ellos.

«El 26 de marzo de 1998, aprovechando las facilidades que concede la SINA a la contrarrevolución, Fernández Gómez viajó de nuevo a Estados Unidos y contactó otra vez con Borges Paz, quien le explicó que la operación se había parado por la detención del terrorista salvadoreño Raúl Ernesto Cruz León.

«Le comentó que el Ex-Club de Presos Políticos estaba vinculado a las actividades terroristas ocurridas en Cuba, y que las cargas explosivas, colocadas en ómnibus del turismo y en uno de los aeropuertos de Ciudad de La Habana, no habían estallado por problemas en los detonadores, hechos acaecidos realmente, en los cuales las autoridades cubanas ocuparon los medios».

El oficial Francisco Estrada Portales explica que Borges Paz le comunicó al agente Félix que la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) estaba apoyando financieramente a los terroristas y operaba en distintos países de Centroamérica, entre ellos Honduras, El Salvador, Guatemala y Costa Rica.

Recuerda que en esa ocasión nuestro agente visitó con Borges Paz el domicilio de Dionisio Gonzalo López, en Miami, donde José Santiago Penin, primo de Dionisio, le entregó medios similares a los que usaría para la operación Tía Ramona.

«En esta misma oportunidad Borges Paz le mostró un fajo de billetes falsos de moneda convertible cubana, de la denominación de 20 pesos, y luego le entregó uno que fue peritado en Cuba, resultando que tenía la misma técnica de falsificación y el mismo papel que los entregados por la FNCA a mercenarios y otros agentes de la Seguridad del Estado.

Calzado de Rodríguez Llerena donde trasladó 209 gramos de material explosivo. «También supo Juan Francisco Fernández Gómez que el centroamericano que traería la carga mortífera —y que resultó ser Rodríguez Llerena— se hospedaría en un hotel de la capital, y desde allí lo localizaría para definir el lugar y la hora del encuentro personal, a fin de recibir los medios. Le entregaron una gorra de color negro, la cual debía usar en el momento del encuentro», explica Estrada.

LA PLATA DE LA FNCA

En la última visita del agente Félix a Miami, Borges Paz le orientó que se tomara y le entregara varias fotos con la referida gorra negra, las mismas que fueron mostradas posteriormente a Otto por Posada Carriles.

Le dijo, además, que para propiciar la identificación el centroamericano llevaría la foto de la nieta de Félix, la cual previamente nuestro agente había dado a Borges Paz. Precisó que Otto llevaría una camisa blanca en el momento del contacto y le entregaría 200 dólares.

Este viaje le permitió a Fernández Gómez participar en una fiesta organizada en La Casa del Preso, en Miami, donde se encontraban Jorge Más Santos, Alberto Hernández y Roberto Martín Pérez, todos directivos de la FNCA. Allí escuchó que Más Santos dijo estar financiando todas las actividades contra Cuba promovidas por el Ex-Club de Presos Políticos.

Lo que ignoraban estos terroristas es que Juan Francisco Fernández Gómez colaboraba con la Seguridad del Estado, desde hacía más de 20 años, y que gracias a eso se trabajaba para frustrar la operación Tía Ramona.

Los vínculos de los terroristas que actuaron como brazo armado de la política anticubana con la FNCA y Posada Carriles, quedaron demostrados jurídica y legalmente en el proceso de instrucción del caso Salvador, sobre el cual el gobierno de Estados Unidos tiene toda la información brindada por las autoridades cubanas. Fondo del maletín de mano del terrorista salvadoreño, donde transportó 997 gramos de explosivos. Bombas para empujar

 A partir del derrumbe del campo socialista y la existencia de un mundo unipolar, los años de la década del 90 están marcados por el incremento de acciones terroristas contra Cuba, como parte de una operación política para liquidar a la Revolución.

La mafia anticubana observó el panorama mundial, y consideró que podía derrumbarse el sistema social edificado por el pueblo, bajo la conducción de su líder histórico. Lograr la desestabilización mediante una combinación basada en el aumento de la guerra económica, arreciando el bloqueo, y una escalada de explosiones dentro y fuera de la Isla, era la receta al estilo imperial.

Fragmentos del siguiente mensaje de la Junta de directores de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), firmado en Miami el 11 de agosto de 1997 y publicado en El Nuevo Herald el 15 del mismo mes, corroboran que esta organización anticubana ha estado involucrada en los atentados perpetrados en el país en dicho período.

«La Fundación Nacional Cubano Americana consciente de su responsabilidad para con el pueblo cubano, respalda sin ambages ni reparos cuanta denuncia, enfrentamiento o acto de rebeldía interna vaya encaminado a la expulsión de Fidel y Raúl Castro del poder, y por ende a la obtención de la paz y el bienestar de nuestro pueblo».

En esa década los terroristas, financiados por la FNCA, introdujeron en el país 30 bombas. De ellas 11 estallaron en lugares públicos, ocasionando daños materiales y humanos.

La labor de los Órganos de la Seguridad del Estado y la valentía de sus agentes, desempeñaron un papel determinante para frenar la barbarie.

«Lo novedoso de esta etapa es que en Cuba no había actividad terrorista directa desde hacía algún tiempo. Me refiero a una escalada de colocación de bombas», considera el teniente coronel Francisco Estrada Portales, especialista del Departamento de Delitos contra la Seguridad del Estado.

«Es cierto que se mantuvo siempre el entrenamiento y las infiltraciones de grupos armados, pero en la década del 90 es cuando se reinicia la colocación de artefactos explosivos.

«Desde los primeros años del referido decenio, los Órganos de la Seguridad del Estado recibieron información sobre el reclutamiento de ciudadanos residentes en Cuba, llevado a cabo por la FNCA, para ejecutar atentados con explosivos en lugares públicos dentro del país y donde Cuba tuviera intereses fuera de frontera.

«La idea era dar la imagen de desestabilización. Por eso, paralelamente, algunos mecanismos políticos empezaron a propagar, con mucha fuerza, que todas esas acciones eran ejecutadas por miembros de los aparatos gubernamentales inconformes con el proceso revolucionario.

«Bajo ese contexto, en 1995 sucede el caso Palma, para el cual fueron reclutados dos ciudadanos que llevaron a cabo una operación del tipo CIA de los años 60.

«Estos mercenarios entraron ilegalmente por vía marítima a Puerto Padre, en Las Tunas, y enterraron 51 libras de explosivo plástico, el equivalente a 57 bombas de una magnitud aproximada a las que posteriormente estallaron en los hoteles de La Habana.

«Salieron del país en esa ocasión, y los capturamos cuando regresaron y colocaron una bomba de cinco libras de explosivo plástico en el hotel Sol Palmeras, en Varadero, en 1995.

«Después, a partir de la primavera de 1997, en varias instalaciones turísticas de La Habana estallaron más artefactos. Estos hechos terroristas fueron preámbulo de lo ocurrido en el capitalino hotel Copacabana donde, por causa de un explosivo, perdió la vida el joven italiano Fabio Di Celmo».

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