Dos poemas sobre Guracabulla

Guillermo hizo una petición poética a Luis, su antiguo colega de Juventud Rebelde y le dio el pie forzado para unas décimas a Guaracabulla y un homenaje a Raúl Ferrer

Autor:

Juventud Rebelde

Cuando leí en la Tecla Ocurrente —Sección del diario cubano Juventud Rebelde— la convocatoria de Guillermo Cabrera Álvarez para ir a una tertulia especial al poblado de Guaracabulla, en el municipio de Placetas, confieso que me propuse estar entre los viajeros.

El Guille concibió esa tertulia allí porque era el centro de nuestro archipiélago; el primero de julio, por ser el centro del año; y a las 12 meridiano, por ser el centro del día. Además, con el propósito de que los participantes pudieran decir cuál era el centro de sus vidas.

En verdad me pareció tan formidable la idea, que le pasé un correo electrónico para pedirle un espacio con mi esposa en la aventura.

Como no me contestó, lo llamé por teléfono, insistentemente, como es mi costumbre. No estaba, y le dejé el recado. Al otro día, me llamó él a mí —y como habíamos sido viejos colegas de Juventud Rebelde desde los primeros meses de la década de 1970— me trató con la misma confianza de siempre.

—“Despreocúpate, bicho, que irás a Guaracabulla con tu esposa Flor, porque si en el vehículo del periódico no hay un espacio para ella, yo te cedo el que han dedicado para mí”, me comentó, sonriente y afable, como él era.

Entonces, de paso, me dijo: —“Flaco, (así le decía a todos sus compañeros y amigos) ¿recuerdas el poema de Raúl Ferrer al pueblecito de Guaracabulla? Le contesté que lo había leído, pero que no me lo sabía de memoria.

—“Búscalo en Internet o en Viajero sin retorno, y trata de hacer unas décimas contestándole a Raúl Ferrer, como si estuviera vivo físicamente, mostrando en alguna medida la diferencia de la Guaracabulla del capitalismo, a la Guaracabulla actual. Eso nos servirá como un pequeño homenaje a Raúl, ese día primero de julio, porque aunque él nació el 4 de mayo de 1915, fue inscripto un primero de julio, otra cuestión que me hizo pensar en ese día para la tertulia con los tecleros, ¿no lo crees?

También me dijo que el poema de Raúl terminaba diciendo que la Guardia Rural lo iba a sacar de ese pintoresco paraje, amarrado. «Pero con nuestro homenaje, el maestro y poeta saldría de allí “como abrazado” por todos nosotros, ¿no te parece?».

Le dije que tenía mucha razón, que era muy poética esa reflexión suya, que me gustaba la idea que me daba y que iba a tratar de hacer algo.

Al instante exacto de nuestra despedida telefónica, puso en acción el engrasado, inteligente y audaz mecanismo de la ironía fina que sabía ejercer:

—“¡Ah, flaco, óyeme bien, vas a ir con tu esposa hasta Guaracabulla, pero nada de manito cogida, ni de besitos en mi asiento, durante el viaje, ¿me oíste?”

Nos reímos y nos despedimos. Eso fue suficiente para ponerme a cumplir su amable solicitud, para mí casi como una orden.

Yo, que también había sido amigo de Raúl Ferrer, busqué el poema suyo a Guaracabulla, lo copié y me dí a la tarea de escribir las espinelas que el Guille me había sugerido.

He aquí el texto íntegro del poema de Raúl Ferrer, Guaracabulla, incluido en Viajero sin retorno, en 1979:

«¡Qué dulce debe ser/ vivir aquí en Guaracabulla,/ junto al guajiro que a los trenes viene/ con esa ingenua transparencia suya!

Las lomas azuladas en la tarde,/ noche que con los astros se encocuya,/ mansa quietud del pueblecito aislado./ ¡Sueño sin bulla!

Un día sacaré / mi boletín hasta Guaracabulla./ Quiero entrar a vivir el sol tranquilo/ que al crucero del tren tanto me embulla./¡Ojalá no me digan que en las lomas/ o en el palmar donde la brisa arrulla,/ no tienen las muchachas una escuela/ ni permite un señor que se construya!/ ¡Ojalá no me encuentre campesinos/ trabajando la tierra que no es suya,/ logrando su cosecha de sudores/ para que venga el amo y se la engulla./ Denunciaré esa paz de ruda cáscara/ vista con ojos de furtiva grulla,/ romperé la quietud del pueblecito,/ en el Café se formará la bulla. / Dormiré en el cuartel y al día siguiente/ ¡saldré amarrado de Guaracabulla!».

Viajé con mi esposa en el vehículo de Juventud Rebelde. De paso es justo que diga que ella, Flor Aida Sánchez Rodríguez, lleva más de 25 años en el periódico y actualmente labora en el departamento donde se reciben las cartas que escriben los lectores —entre ellos muchos tecleros del espacio de Guillermo—, por lo que era correcto que fuera a esa visita histórica hasta el poblado.

Participamos (nueve compañeros del diario) y dos estudiantes de periodismo invitados por Guillermo: Carlos y Elizabeth. (¡Quién iba a pensar que precisamente Carlos fuera una de las tres personas que le diera respiración boca a boca a Guillermo inmediatamente que le dio el fatal infarto cardíaco en el comedor del Centro Escolar Enrique Villegas, en Guaracabulla, cerca de las 3 p.m. del domingo primero de julio!).

Al final de la tertulia, como Guillermo me había dicho, leí mis décimas, a las que puse por título RECADO A RAÚL FERRER DESDE GUARACABULLA, que cito a continuación:

1 «Es dulce en mi sensación/ venir a Guaracabulla,/ aunque el sol nos apabulla/ y apure la conmoción/ del cubano corazón./ Te lo digo, Raúl Ferrer,/ al rato de releer/ tu poema a este poblado/ del que estás enamorado/ por tu manera de ser.

2 Ya no es el mismo guajiro/ de los trenes el que vive/ aquí, donde ya no exhibe/ la tristeza... el gris suspiro/ en lo pobre de un retiro/ con los nietos sin escuela,/ sin médico la secuela/ del más duro desamparo,/ con un mayoral avaro/ y alumbrándole una vela.

3 Sigue siendo transparente/ la ingenuidad campesina,/ hoy más alegre y genuina/ por libre e independiente,/ porque no hay hijo inocente/ sin maestro y sin cultura,/ sin trabajo, sin ternura/ en su diario bregar: / vivir aquí no es probar/ aquella antigua amargura.

4 Sigue la loma azulada/ y la noche se enconcuya/ como la Guaracabulla/ que contaste con tu amada/ forma de escribir osada/ de maestro y de poeta,/ con ese signo de atleta/ entrenado en hondo verso/ donde un pueblo es universo/ dibujado en tu libreta.

5 Sigue mansa la quietud/ de Guaracabulla, mas,/ ya no es la fiebre que das/ en el poema: virtud/ se respira y juventud/ sana con bulla y con sueño,/ en el rostro caribeño/ de poblador de esta tierra/ que a la libertad se aferra/ con gesto digno y risueño.

6 No vi el crucero del tren/ como en tu verso pintaste,/ pero imagino el contraste/ que tu viste por su andén./ Te decimos, Raúl, ven/ a mirar por las pupilas,/ de sanos niños en filas/ con sus limpias pañoletas,/ sus lápices, sus libretas/ sus sueños y sus mochilas.

7 No hay ya un verdugo señor/ que impida hacer un colegio./ Este barrio es como un regio/ sitio donde no hay dolor/ sin una mano de amor/ callado de la enfermera./ Ya no es triste madriguera/ de olvido Guaracabulla,/ sino como el Aleluya/ de aire puro y de verdor.

8 En las lomas y el palmar/ sigue el guajiro habitando,/ pero ya no refrenando/ sus deseos de llorar./ Guaracabulla es altar/ de estos tiempos, el pincel/ para dibujar el fiel/ sentimiento de proeza,/ de justicia y de nobleza/ que nos trajera Fidel.

9 Ya, Raúl, tú aquí no ves/ campesinos deambulando/ en una tierra, sudando,/ como una explotada res,/ por una siembra que no es/ en verdad la siembra suya:/ hoy aquí en Guaracabulla/ aunque es un lugar sencillo/ no se abandona en un trillo/ ni un perro enfermo que aúlla.

10 Si de nuevo tú escribieras/ un poema a esta comarca,/ Raúl, no sería la marca/ de sufrimiento y esperas,/ sino como primaveras/ donde brisa fresca fluya/ y tu tristeza concluya./ No serás encarcelado/ y saldrás como abrazado,/ de aquí de Guaracabulla».

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