No dejemos que sus palabras caigan en el olvido

La doctora Carolina de la Torre conversa con JR acerca de su tío abuelo, descubridor de las polimitas, del manjuarí, de decenas de criaturas que singularizan a Cuba y de las primeras pruebas del origen de la Isla

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Doctora Carolina de la Torre Se le reconoce como un clásico de la historia de la psicología cubana, como una profesora inolvidable y como la autora del libro Las identidades. Una mirada desde la psicología, uno de los ensayos más deslumbrantes y lúcidos sobre la naturaleza del ser cubano que se han escrito en este país. Pero quien no la conozca desde una cercanía más familiar o profesional, quizá no se entere de que el apellido de la doctora Carolina de la Torre proviene en línea directa del sabio naturalista Don Carlos de la Torre y Huerta, su tío abuelo.

El descubridor de las polimitas, del manjuarí, de los reptiles voladores, de decenas de criaturas que singularizan a Cuba y de las primeras pruebas del origen de esta Isla nacida del mar; el explorador, el maestro, el patriota, el último espíritu del Renacimiento que vivió entre nosotros y que sabía todo de todo, cumplirá mañana 15 de mayo su 150 aniversario. Carolina, que se ve como en las películas de samuráis, peleando porque se recuerde el legado del sabio, accedió a conversar con JR acerca del tío abuelo, no sin resistencia, porque habría preferido no hablar de sí misma ni de su familia. Pero Don Carlos —le dije— dejó de ser un patrimonio familiar para convertirse en saber nacional al que le debemos el homenaje. Tras ese argumento, aquí la tenemos.

—¿Qué recuerdos más íntimos guarda la familia De la Torre de Don Carlos? ¿Cómo era?

—Yo no recuerdo a Don Carlos, era la más pequeña de los primos cuando él estaba vivo. Lo que sí recuerdo, con culpa, es que mi papá, Alfredo de la Torre, nos hablaba tanto de su tío y de la tradición científica de nuestra familia, que llegábamos a tirarlo a relajo. Afortunadamente logré, en vida de mi papá, hacer justicia a este legado en dos de mis libros. Recuerdo, como recuerdan mis hermanos, habernos criado entre caracoles y fósiles, entre ellos muchos de los que Don Carlos había dejado —junto a parte de su obra inédita— al cuidado de mi padre.

«Rosana de la Torre, bióloga como su hermano Carlos, y una de las primas mayores, me dice que lo vio unas dos o tres veces. Siempre con bastón... vestido muy elegante, como si fuera a una recepción, aunque fuera de excursión a buscar caracoles. Traje negro y melena muy blanca y contrastante... con una figura que, aunque no muy alto, imponía mucho respeto. Entraba a la casa y se iba directo con su papá —el entomólogo Salvador de la Torre— al “cuarto de las colecciones”, y allí empezaban una interminable charla sobre ligus, polimitas, urocóptidos, y otras especies.

«La prima Vinetta recuerda que la llevaron a conocerlo expresamente y él le dijo cariñoso: “Ven acá, microbio”, a lo que ella respondió: “yo no soy eso, soy una niña”. Salvador, mi hermano ingeniero eléctrico, recuerda que con cuatro añitos, lo vio llegar a la casa y cargar con mucho cariño a nuestra mamá, que llamaba mucho la atención de la familia por “pelicolorada” y colombiana con acento de recién llegada. Se mostró muy afectuoso —dice Salvador— y eso fue lo que garantizó que se quedara grabado en su recuerdo.

«Mi hermana Liz, que se hizo ingeniera hidrogeológica y que nació diez años después de la muerte del sabio, jugaba con su amiga Martica a los yaquis con las polimitas que quedaban en la casa; también las tomaban en sus manos y decían “abracadabra” porque las creían mágicas. Cuando nosotros, en los años 50, fuimos con mi padre a los Estados Unidos, para su beca en el Smithsonian, nos impresionó ver allí la foto del tío abuelo. Todavía está en ese lugar. Muchos años después, mis primos han podido constatar la misma admiración por Don Carlos. Solo sé que por una de esas cosas de la vida, mi nieto de seis años, Carlos Eugenio Martínez, tataranieto del sabio, no encuentra nada más motivante en su vida que perseguir iguanas, estudiar insectos, descubrir cuevas de cangrejos o ver a lo lejos la misteriosa imagen de un manjuarí».

—Se recuerda a Carlos como el sabio de las polimitas, pero usted misma ha dicho que él fue mucho más que eso. ¿Cuál es su aporte, por ejemplo, a la pedagogía cubana?

Carlos de la Torre y Huerta —Don Carlos quería que la educación de los niños cubanos no fuera a base de textos extranjeros. Y, tal y como lo quiso, lo hizo. Escribió con otros— y a veces solo— manuales de Geografía, de Historia de Cuba, de principios de moral e instrucción cívica, de lenguaje, guías para los exámenes de los maestros cubanos y, por último, libros de lectura (primero, segundo, tercero, etc.) que muchas personas que pasan de los 60 recuerdan por sus hermosas poesías, historias y anécdotas, escritas todas por el sabio que, además, se dedicaba a descubrir también la naturaleza geológica, botánica, zoológica y paleontológica cubana.

«Don Carlos es lo que se puede llamar un verdadero sabio, un educador y un patriota. Alguien que escribe con el mismo amor un libro para un niño de seis años que un ensayo para demostrar la existencia del jurásico en Cuba, además de recorrer hasta muy anciano, cada monte, campo o valle de la isla buscando los restos de megalocnus y los amonites que daban cuenta de sus hipótesis; pero también las polimitas, los anuláridos, o los urocóptidos, amando cada partícula de esta tierra cubana».

—«Su patriotismo es de los que no se quiebran ni se doblegan». Hábleme de Carlos como patriota.

—¡Te agradezco tanto que me preguntes esto! La frase que citas la dijo Marta Abreu en 1897, quien confió en Don Carlos para misiones muy comprometidas con la independencia de Cuba, además de haberle asignado, mucho antes, la tutoría de su propio hijo. Carlos colaboró y conoció muy de cerca a Fermín Valdés Domínguez, a Tomás Estrada Palma y también a Máximo Gómez, con quien mantuvo larga y estrecha amistad, además de relaciones revolucionarias.

«Tal fue la postura de Don Carlos a favor de la independencia que en el año 1896 es desterrado por orden de Valeriano Weyler. Fue su primer exilio político. El segundo exilio estuvo motivado por su oposición a Machado. Pero esta faceta es la que más se debate, o peor aún, se olvida o silencia. Creo que es el lado más injusto o menos estudiado (para no ser yo la injusta) de la vida de mi tío abuelo.

La parte de su apoyo a la independencia nadie la niega. Ha sido muy justamente reseñada en un artículo que escribió Rolando García Blanco. Todos en mi familia nos alegramos (y aliviamos) muchísimo cuando lo leímos, aunque sufrí (esto solo es culpa del destino) porque ya mi papá no estaba vivo para leer esta justísima reseña que el riguroso periodista y el propio periódico Granma le dedicó en febrero de 2005. Allí también se reconoce su oposición sin concesiones a Machado.

«Durante el gobierno de Machado, no siendo ya rector —por su propia renuncia años antes— Don Carlos participa activamente en la lucha contra el dictador y dirige en 1930 un manifiesto pidiendo que todos los universitarios se sumaran a la lucha contra Machado. Por esta participación fue preso y luego desterrado de nuevo al exilio político (esta vez en Estados Unidos) donde presidió una Junta Revolucionaria.

—De niña el nombre de Carlos de la Torre me era muy familiar. Nací en Sancti Spíritus, una ciudad donde varias escuelas llevan su nombre y se conserva parte de su colección en el museo local de Ciencias Naturales. ¿Por qué apenas se habla de él hoy?

—Qué te puedo decir que no sea que a mí me sucede casi lo mismo. Cuando yo era niña, antes de que una sombra pasara sobre la memoria de mi tío abuelo y la de mi propio abuelo no había lugar donde nosotros (los nietos) dijéramos nuestros nombres, sin que se nos preguntara “¿eres familia de Carlos de la Torre?”. Yo crecí con ese orgullo (que no arrogancia).

«Don Carlos, como dice el busto que está en Paseo y 17, fue patriota, educador, alcalde y sabio naturalista. Es todo eso, no una parte de eso. También un rector que dio brillo a nuestra Universidad a pesar de los difíciles roles que le tocó desempeñar. Pero lo más triste es que vi envejecer a mi padre con una gran nostalgia o frustración por no haber podido vencer ese silencio, que por suerte, siento que va superándose. Reconozco que es un tema muy polémico y difícil, pero no temo las consecuencias de equivocarme con tal de que sirva para que se abra más el debate y estudio, no solamente de mi tío abuelo, sino de cualquier figura de la historia que haya contribuido a construir la nacionalidad y la cultura cubanas.

«Se dice cultura y mucha gente “culta” habla de arte y literatura, hasta en los medios. Pensando en las polémicas intelectuales que tanto han abundado en estos tiempos, a veces pienso que mi tío abuelo ha sido un “parametrado retrospectivo”: no cumplió, según el criterio de algunos (o por falta de profundización en esos criterios en su específico caso), todos los parámetros formales. Creo que más que hablarse mal de él, a veces se prefiere escindir su persona y partir en tres al sabio (naturalista, educador, “político” y no “patriota”), para resaltar solamente sus méritos como naturalista, cercenando de su cabal significado la universalidad de su saber, esa que le dio el lugar mundial que tuvo, esa que puso en alto el nombre de Cuba.

«Yo tengo mi hipótesis, y es muy simple, aunque muy polémica tal vez: ocupó un lugar y desempeñó (digna y honestamente, por cierto) un rol que no fue el más fácil de evaluar en la distancia y en su justa medida. Su trayectoria se ha visto ante el peligro de quedar simplemente del otro lado de Mella. Afortunadamente se escribe su biografía por parte de Rosa María González, directora de la Casa Humboldt, y afortunadamente también, hay otros muchos en las universidades, en las sociedades científicas y en general, la cultura cubana de hoy, tan viva y tan polémica, que se interesan mucho por su vida y obra. Otros prefieren no hablar de él. Yo quisiera tener tiempo aquí para contar cómo hablan los que fueron sus alumnos de ese singular rector que, como dijo Roa, quería lo mismo que los estudiantes, a pesar de su “rol”, como decimos nosotros los psicólogos.

«Eusebio Leal lo ha calificado como “uno de los hombres más insignes de Cuba, de los hombres más preocupados por su ciudad y uno de sus alcaldes beneméritos”. ¿Por qué te cito esto que solo consta en una carta personal que conservo? Porque, aunque parezca ambicioso de mi parte, estoy empeñada, en la medida de mis posibilidades, en contribuir (como en esas películas de samuráis que quieren salvar el honor de sus antepasados) a que se sane ese olvido.

—Al manjuarí, referente de lo cubano, le dedicó Don Carlos un extraordinario estudio celebrado por Felipe Poey. ¿Cómo se reconoce la identidad nacional en la obra del sabio?

—¡Ah, el manjuarí!, ese fósil viviente con cuerpo de pez y cabeza de reptil. Es verdad, pero no solamente eso; las polimitas, el megalocnus, los urocóptidos y cada localidad que estudió. Pero su aporte a la identidad y a la patria está también en querer que todo eso —que era y sigue siendo cubano— esté presente en la educación de los niños de nuestro país. Guardo conmigo la cita que mi padre me dio donde su tío y maestro dice: “Sean nuestros libros de texto cubanos, por autores cubanos, con ejemplos cubanos, tomados de nuestros patriotas, de nuestras guerras libertadoras, de nuestra hermosa naturaleza.... Evitemos que libros extranjerizantes deformen nuestra nacionalidad”.

«También la identidad se reconoce por haber logrado que su nombre, como predijo Felipe Poey, de quien fue discípulo preferido, haya brillado en todo el mundo; porque desde el rey de Bélgica hasta Neruda, todos los que visitaban a Cuba trataban de conocer al famoso naturalista que podía clasificar los caracoles al tacto».

—¿Cómo se conmemorará en Cuba la obra de Carlos de la Torre y Huerta?

—Primero lo que es seguro. Está en proceso final de edición la obra inédita de Carlos de la Torre y Paul Bartsch acerca de los urocóptidos de Cuba, terminada en 1943. No son unos moluscos tan bellos como las polimitas, pero son los caracoles terrestres más abundantes de nuestro territorio. En la Casa Alejandro de Humboldt, el día 16 de mayo se inaugurará la exposición por el Aniversario 150 del nacimiento del naturalista cubano. Igualmente se hará la cancelación especial de seis sellos y hoja filatélica emitida por el Ministerio de Informática y Comunicaciones dedicada a esta figura.

«Aunque no sé todavía los detalles, he recibido la buena noticia de que el Consejo Científico de la Universidad de La Habana ha seleccionado el nombre de Don Carlos de la Torre, junto a los de otros cubanos para promover una campaña para honrar a nuestros insignes en todas las áreas y disciplinas.

«Por otro lado se está formando una comisión conmemorativa en la que el Dr. Ismael Clark, presidente de la Academia de Ciencias de Cuba tendrá el papel central, y en la cual también esperamos contar con la presencia de prestigiosos historiadores y hombres de Ciencias como los doctores Eusebio Leal, Eduardo Torres-Cuevas y Rosa María González. Y para terminar, recordaría las palabras textuales de Felipe Poey: “El Dr. La Torre se ha labrado a sí mismo una corona en la que el coro de los naturalistas escribirá su nombre”. No dejemos que sus palabras queden en el olvido».

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