Encerrar a Cuba en los corazones y tragarnos la llave

Autor:

Juventud Rebelde

Así respondió Milenys Colina, niña villaclareña de 12 años, la interrogante ¿Qué debe hacer la Juventud para estar siempre en lo más alto de esta Isla? Ella es una de los 140 lectores que escribieron a JR y de cuyos mejores trabajos hoy publicamos fragmentos El camino inconcluso

Hay muchas formas de estar en lo alto de Cuba. Un jodedor diría que habría que encontrar el globo de Matías Pérez y pasarse la vida en el aire. Un matemático y un geógrafo se aliarían y buscarían las zonas donde la altitud supere la distancia que hay entre el Martí del Turquino y el nivel del mar.

Un burócrata alegaría que es imposible para la juventud estar en lo alto de Cuba puesto que para ello el procedimiento incluye llenar el apartado Altura Oficial en la planilla requerida y vigente desde el 198... en algún párrafo, de algún artículo, de alguna regulación obsoleta.

(...) Un borrachín podría asegurar que él sabe cómo, pediría un trago pa’, refrescar la memoria y al tercero ya se habrá olvidado de la pregunta.

Yo, que no soy ni tan jodedor, ni tan borrachín, muy poco geógrafo, nada matemático, incrédulo al extremo y enemigo acérrimo de la burocracia: digo que es solo uno, a lo alto, el camino.

El camino es el diario, el modesto camino/ a la escuela, al trabajo, a la calle, al destino. El camino a lo alto está en cualquier camino/ que caminemos firmes: sin bajar la cabeza, sin aflojar el paso,/ sin perder la ternura y endureciendo el brazo./ El camino es el tuyo, es el de él, es el mío. Es el que nos indica la sangre generosa/ los huesos-adoquines de los hombres sencillos/ las truncas cabelleras de bellas mujeres/ que ofrendaron sus vidas construyendo el camino. El camino glorioso, el camino inconcluso,/ el grande, el luminoso, el verdadero, el mismo/ que no terminaremos (pues no descansaremos/ a la sombra del árbol que es al fin destino.)/ ¿Que por qué sigo dices?/ ¿Que por qué avanzo, sufro,/ lloro, crezco, me río?/ ¿Que por qué no me rindo?/ No se abriga en mi pecho la más tonta esperanza ya de sobrevivirlo,/ mas; dejaré mis huellas, las mostraré a mis hijos,/ me sentiré orgulloso de sumar el torrente / de mi sangre al camino,/ el blanco de mis huesos, mi sudor, mis suspiros,/ mis versos, mis dolores, mis amores, mi sino. de ser parte innegable de este sueño incompleto, / de esta gesta gloriosa, de esta obra en que vivo. (Eduardo Ramírez Cruz, Universidad de Ciencias Informáticas)

Estudiar y querer

Si alguien me preguntara qué debo hacer para estar en lo más alto de Cuba, me pondría a pensar que lo primero sería estar contenta de ser una niña cubana, querer a mi Bandera, mi Escudo y mi Himno de Bayamo, apretados en mi corazón.

Fidel siempre nos ha dicho que hay que estudiar para ser buen pionero, por eso también pienso que si estudio, estaría en lo más alto.

Estar en lo más alto de Cuba, es querer a mi mamá y a mi papá y a mis abuelos.

Pero también querer a mis amiguitos, a mi maestra Joaquina y a mi perro Canelo.

Si alguien me preguntara qué debo hacer para estar en lo más alto de Cuba, le diría que defender a mi Patria y luchar por ella, y yo lucharía por mis cinco hermanos prisioneros del imperio, para que regresaran y pudieran estar también en lo más alto de Cuba. (Jessica Hernández Pérez, diez años, Cienfuegos)

La cima no es el Turquino

¡Qué iba a interesarme eso de la expedición universitaria al Turquino! La verdad es que fui por Ana, una nicaragüense que está «durísima». Desde que vino a estudiar a este país, no hay hombre que se resista al cruce de sus caderas. Los piropos le llueven, pero ella parece haber nacido con la cara pegada a un libro. Un día me atreví a quitárselo para mirarle los ojos y encontré el mismo libro en ellos. ¿Cómo descubrir el enigma de una mujer que no tiene sonrisa? Me lo propuse, y ya no me importaba que se enfangaran mis Nike de 50 CUC.

Mataba al que me quitara el asiento a su lado en la guagua. Ese lo conseguí, pero cómo sacarle palabras que no fueran leídas. Había que ser un artista...

—¿Es bonita Nicaragua?

Fue un milagro escuchar su voz.

—Se parece mucho a Cuba: en los paisajes, en el calor, ¡pero en la gente!

—¡La verdad es que los cubanos somos unos sabrosones en todas partes!

¡Mira que meter «la delicada» de esa forma!, pensé unos segundos después, cuando caí en la cuenta de mi error. Ahora tenía que arreglarlo.

—Quise decir, solidarios, internacionalistas.

—Es verdad. (...) Somos muchos los jóvenes de América Latina que estamos en las universidades cubanas.

—¿Cómo fue que lo conseguiste?

—Lo solicité entre tantos que hasta me parecía imposible. Fue un sueño ver a mi papá tirarse de la mula con los ojos encharcados. Bajaba y subía el puño con un sobre apretado y no encontraba la voz. Pobrecito.

—¿Lo extrañas de verdad?

—Sobre todo a mi hermana. Si alguna vez he pensado desistir, no lo hago por ella. Es una niña de siete años que necesita un transplante de corazón. ¿Tú sabes cuánto nos piden esos cabrones? ¡200 mil córdobas! Ellos son los dueños de los hospitales. Mis padres solo pueden pagar un canal de muñequitos en cable. Así Laura se entretiene todo el día mientras ellos se revientan trabajando, con la única esperanza de encontrarla viva al regreso. Este año logramos incluirla en el grupo que viene a recibir asistencia médica. Unos descendientes de indígenas nicaragüenses pueden operar a su hija en La Habana. ¿Cómo se llama eso?

Crucé los brazos como si pudiera apretar la vergüenza.

—La verdad es que...

—La verdad es que tú no sabes ni por qué subiremos al Turquino. Fuera de este país se muere la gente porque no tiene cómo pagar los deseos de vivir. Quiero estudiar todo lo que pueda para tratar de impedirlo. Cuando regrese, no me va a importar que por dar recetas gratis me digan comunista con cara de asco.

Una luz se encendió en el medio de la guagua. Fue como un golpe de pupila que llegó a mis sentidos: ¡cuántas miserias puede albergar un hombre si lo desnudan en un segundo!

La escalada no tenía ninguna marca reconocida, pero quedó para siempre en mi memoria. Como el orgullo de ser cubano, que se me impregnó al verle dos lagrimones a ella, mientras le ponía flores a Martí.

—¡Estamos en la misma punta, el lugar más alto de esta tierra!

Me miró sin letras en las pestañas y pude descubrirle la primera sonrisa.

—¡Lo más alto de Cuba no es el Turquino! (Yoanky Díaz Jiménez, Remedios, Villa Clara)

Hueste de luz

En lid contra los molinos/ anda mi generación,/ con la determinación/ de trocar el agua en vino./ Al andar se hace camino/ rompiendo a veces la bruma,/ dentro del cráneo la suma/ de Sartre, Gandhi, Giordano. Lleva un traje miliciano/ y un sombrerito de plumas.

Palmiche por Rocinante,/ lápiz por lanza enarbola,/ su aliento: aliento de ola,/ su voluntad, de diamante./ De un golpe siete gigantes/ derriba. De golpe sube,/ rompe dogmas, se hace nube,/ llega al Sol y lo somete,/ con energía arremete/ contra demonio y querube.

De una impetuosa estocada/ degüella la villanía,/ al pánico y la apatía/ abate en una emboscada;/ rastro de luz sus pisadas/ entre el éter y el asfalto,/ toma el cielo por asalto,/ siembra lirios en el lodo. ¿Quién duda que de ese modo/ va a estar siempre en lo más alto? (Carlos Remberto Ramos Gutiérrez, 22 años, Villa Clara)

Martí en cada joven

Para estar siempre en lo más alto, todo joven tiene que leer, estudiar y llevar cada minuto de su vida las ideas del más universal de los cubanos.

Tener fe en el mejoramiento humano; estar donde el deber lo llame; triunfar, crear, nutrirse con la lectura; servir con su inteligencia y no pensar tanto en sí, sino en la patria; honrar a quien lo merezca; hacer más que decir; no quejarse para no prostituir el carácter; fecundar melodías amando; premiarse en un futuro al engendrar un hijo; y poner a Cuba en un altar para darle nuestra vida y no para vivir de ella. (Tania M. Pérez Valladares, Ciudad de La Habana)

La única aventura verdadera

¿Qué debemos hacer, si no es estar en lo más alto de esta Isla? ¿Qué debemos hacer, si no es compartir nuestra realidad con los demás? Echar a volar nuestros sueños y pensar un poco más en el futuro, y reír, cantar.

¿Eso es lo que hay que hacer? Sí, eso, y mucho más.

(...) No dejar que nos maten el afecto; recuperar el alma y la utopía; ser joven sin prisa y con memoria; situarnos en la historia, esa historia que es nuestra (...)

Abrir los ojos; descubrir raíces de horror; inventar paz así sea a golpetazos; entendernos con la naturaleza, la lluvia, los relámpagos, los sentimientos y con la propia muerte.

Abrir puertas entre el corazón propio y el ajeno; y sobre todo hacer futuro. Eso, eso es lo que nos queda a nosotros los jóvenes por probar en este mundo de paciencia, rutina y consumo.

Y amar, amar, porque el amor es la única aventura verdadera. (Abel González Carmenates, Camagüey)

Foto: Roberto Suárez Sudar nuestros logros

La primera vez que escalé el Pico Turquino, tenía 15 años. El guía decía que mi amiguita y yo no llegaríamos; ella padecía de asma y retrasábamos a toda la tropa. A mí no me preocupaba —y lo digo con suma sinceridad—, si veía la cima o no, lo que imaginaba era la cara de mi papá cuando le dijera que no había podido realizar la escalada completa.

Él, desde siempre, ha sido mi inspiración, la fuerza de superarme, de avanzar, de ser mejor. En las tardes de la infancia, en las lecturas que me hacía, descubrí a Martí, a Camilo, y, muy niña, me llevó a conocer el Monumento del Che. Su regalo de 15 era acompañarme al Pico, pero como no pudimos, cuando por la UJC organizaron un viaje y celebraríamos allá arriba el cumpleaños de Fidel, él fue el primero en alistarme. Me dijo: «es bueno que subas esas lomas, para que veas cuánto sudor y sangre costó lo que hoy tú tienes...».

Al final mi amiga y yo nos encontramos con el Maestro y desde aquellas intrincadas lomas sentí que había hecho algo útil.

(...) Les confieso que desde que salió la convocatoria para el concurso, me pregunto si soy yo la joven que está en la cima de Cuba. En tres ocasiones he llegado a esa altura, pero ¿somos mi juventud y yo los pinos nuevos de Martí o los hombres del siglo XXI de Guevara? Hago entonces un análisis de mi vida y veo cuántas cosas me faltan por hacer...

Sí, soy una buena estudiante, un poco conocedora de nuestra historia, con gran pasión por la lectura, devota de Silvio y Varela, con algunos sueños, sin embargo, creo que estos solo son los primeros pasos. Para que nuestra generación sea la guía del presente-futuro, tendremos que desterrar el egoísmo y ganar más en generosidad y virtud. Ser más humanos, humildes y sinceros (...), ser amigos de nuestros amigos. No esperar a que todo nos «caiga del cielo», sino ser partícipes de nuestros logros, sudarlos.

(...) Cultivarnos con Sabina, Pablo y Silvio, saber algo de Los Beatles y de toda la buena música que siempre ha existido. No hay que dejar de leer a Harry Potter, pero tampoco podemos abandonar a García Márquez o al Quijote, fiel a su Sancho Panza o a Regalo de Jueves.

(...) Intentar arreglar el mundo, o como decimos en buen cubano «dar cuero o chucho», es también un peldaño de la cima.

(...) Hay que ser optimistas, francos, inconformes, perseverantes, veraces, con manojos de esperanzas en las manos y en el alma. (Carmen L. Rodríguez Vargas, Universidad de Ciencias Informáticas)

La palabra y el cielo

(...) ¿Qué es Cuba, sino el ajiaco de su gente, sus costumbres, sus hábitos, sus tragedias, sus dichas, su pasado y sus sueños?...

¿Qué es Cuba, sino su pueblo? (...) ¿Qué debe hacer la juventud para estar siempre en lo más alto de su Pueblo? Merecerlo, honrarlo, que es merecer y honrar a sus padres, a sus abuelos y a sus hijos. Y qué mejor modo de hacerlo que acrecentar y defender el legado de cultura y empeños; la utopía de libertad, solidaridad y unidad que nos alimenta desde el fondo de nuestras raíces.

Qué mejor modo de honrar que mantener viva la savia que nos singulariza: nuestras canciones y poemas, nuestra pintura y cine, nuestra literatura, nuestros ideales.

Y hacer realidad cada día aquellas palabras del Apóstol: «Cuba nos une en extranjero suelo. / Auras de Cuba nuestro amor desea: / Cuba es tu corazón, Cuba es mi cielo, / Cuba en tu libro mi palabra sea». (Guillermo Ajoy Reyes, Ciudad de La Habana)

Miraré

(...) ¿Quién mira a aquellos que sufren en guerras injustas, a aquellos que están allí donde supuestamente no debían estar?

Miraré donde los llantos se apagan con balas...

Miraré los millones que se invierten en armas...

Miraré nuestra naturaleza que es explotada...

Miraré las enfermedades que se expanden por el mundo cortando niños y ancianos, blancos y negros, ricos y pobres.

(...) Por última vez miraré, la tierna sonrisa de un infante... (Alexánder Aguilar Ferrer, Holguín)

Cual semillas de maíz

(...) Si buscas algo en verdad no importa dónde ni cómo te encuentres; si le dedicas lo máximo de ti, si te aferras a eso, si luchas dándote confianza, verás que lo logras; pero solo se alcanza si le dedicas todo tu tiempo, cada instante, cada minuto.

¿Y no es buscando en lo más alto de uno donde se alcanzan todas las cosas? No persiguiendo bienestar personal, sino viendo en lo más profundo, escudriñando en lo mejor de cada uno: lo humano, lo grandioso; para crecerse.

(...) ¿Y no es así como uno se mantiene siempre en lo más alto de Cuba, por encima de aquellos que buscan otros vanos valores?

(...) ¿Y no es así como se sirve de faro para la juventud de otros países?

(...) ¿Qué será de aquella juventud (...) que no se dé cuenta ahora de que es joven y no (...) descubra la diferencia entre el bien y el mal, lo infernal de las guerras y lo virtuoso de la paz, la riqueza, la pobreza, lo que podemos obtener de la naturaleza sin dañarla y lo que pueda perdurar para las futuras generaciones?...

(...) Ser joven cubano es la mejor oportunidad para demostrar y demostrarse a sí mismo que uno puede subir hasta lo más alto del mundo. «Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz». Eso tenemos en Cuba: jóvenes con corazones cual semillas de maíz. (Jorge Yanes Carrazana, Villa Clara)

Odiar

Para que la juventud cubana pueda estar en la cumbre solo se le debe permitir odiar...

Odio a las palabras que matan los sueños e influyen en hacerte creer que no los lograrás.

Odio a la duda, porque hace que veas difícil lo que con fe puedes alcanzar, y que te estanques...

(...) Odio al tiempo perdido en el ocio que lleva a creer que en la vida se tiene tiempo de más.

(...) Odio al momento en que alguien decide rendirse y quedarse en el suelo...

(...) Odio a las veces que frunces el ceño cuando hay que perdonar.

Hoy se permite odiar todo lo que impida en firmeza marchar. (...) (Naibi Fernández Gallardo, Ciego de Ávila)

Si yo fuera joven

Mucho he pensado en el tema de este concurso (...) Es tan triste verme ya doblando la curva que me separará no solo de los jóvenes, sino también hasta de los cincuentones, que no quisiera pensar en eso. Sin embargo (...) haré algo por compartir el sentimiento...

Si yo fuera joven, sería ante todo humano. Compartiría con mi familia, mis hermanos, amigos, conocidos y hasta desconocidos, desde un poema, hasta mi amor, que, por infinito, pienso a veces que me ahoga.

Si yo fuera joven, estudiaría mucho. Para saber desde cómo nació el planeta Tierra y a qué distancia está el Sol hasta cuántos murieron en el reciente terremoto en China.

Si yo fuera joven, sería maestra, para llevar a las nuevas generaciones todo el saber que está en los libros y también para tratar de inculcarles el sentido de humanismo y solidaridad.

(...) Si yo fuera joven, sería además artista. Estudiaría la literatura que me permitiera escribir poemas y cuentos, pero en ambos casos tendrían que ser alegres, llenos de optimismo, para que el resto del mundo encuentre en ellos placer y deseos de vivir. Cantaría, aunque no sé cantar, las inmensas ganas de vivir que siento, muchas más según pasa el tiempo.

Si yo fuera joven, cuidaría de la naturaleza, esa madre que muchos ignoran y que cada día nos da muestras de que su vida se acaba.

(...) Si yo fuera joven, sería más revolucionaria de lo que he sido toda mi vida, en la que he tratado de dar tanto o más de lo que he recibido.

Si yo fuera joven, amaría mucho más, si eso fuera posible, a nuestros héroes y mártires.

(...) Si yo fuera joven... bueno, como ya no puedo serlo, solo me resta llevar estas ideas a los que sí lo son y por ello pueden hacer realidad mis anhelos.

Por ello, enseño a mis nietos a que hagan cuanto puedan para estar en lo más alto, ahora que son jóvenes; para que no sientan, como yo, que no hicieron todo lo que debían por sí mismos y por Cuba. (Nancy Quintana, Ciudad de La Habana)

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