La herida del decoro

Una investigación sobre el disparo que se autoinfligió el Mayor General Calixto García Íñiguez el 6 de septiembre de 1874 revela los factores que confluyeron para que el hecho no tuviese un desenlace fatal

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Trayectoria seguida por el proyectil. HOLGUÍN.— Aunque la desaparición física del Mayor General Calixto García Íñiguez ocurrió el 11 de diciembre de 1898, en Nueva York, Estados Unidos, pudo haber sucedido 24 años antes, cuando, sorprendido por una guerrilla española en San Antonio de Bajá, en la entonces jurisdicción de Manzanillo, actual provincia de Granma, el prócer cubano se disparó con un revólver en la barbilla y el proyectil salió por su frente.

Casi como un milagro, aquella heroica decisión no le causó la muerte al patriota mambí, pero quedaría escrita con tinta gloriosa en la historia de nuestras guerras de independencia como un acto de decoro y honor militar ejemplares.

El trágico acontecimiento se glorificaría aún más con las palabras de su madre, Doña Lucía Íñiguez Landín, cuando al recibir la comunicación sobre la captura del hijo se negó a darle crédito. Para asombro de la soldadesca, únicamente tras ser advertida de que ensangrentado y muy grave había sido posible tomarlo prisionero, exclamó: «¡Ese, ese sí es mi hijo Calixto!... ¡Muerto antes que rendido!».

Ciento treinta y dos años después, y con el propósito de dilucidar los padecimientos posteriores de tan valioso «paciente», el doctor Raúl Pupo Triguero, especialista de Primer Grado en Cirugía Maxilofacial y profesor asistente del Hospital Vladimir I. Lenin en Holguín, realizó un estudio cuyos resultados arrojan luces sobre porqué, siendo una lesión tan compleja, no derivó en consecuencias fatales.

Además de profundizar en la descripción anatómica del trayecto del proyectil, con sus correspondientes efectos bucofaciales, la citada investigación médica sugiere el tratamiento médico quirúrgico, protésico y terapéutico que hubiese sido aplicado en la actualidad ante un caso de tal naturaleza.

«Un objetivo primordial trazado fue dilucidar el estado de salud y la recuperación parcial ulterior del Mayor General, pues los estudios biográficos realizados hasta el momento aportan poco sobre las secuelas físicas que le dejara», apunta el investigador.

Los hechos

Mascarilla mortuoria del Mayor General CalixtoGarcía. Apréciese la cicatriz dejada en la frentepor el disparo. A finales de agosto de 1874 y con el objetivo de desarticular un complot que atentaba contra el transcurso de la lucha independentista en el departamento militar de Oriente, Calixto García partió rumbo a Manzanillo para poner fin a las conversaciones entre el general José M. Barreto, venezolano al servicio de Cuba, y el coronel español Aznar.

Pero durante el trayecto, las fuerzas enemigas conocieron de la presencia de las tropas cubanas, cuando estas interrumpieron una línea telegráfica que dejó a los españoles sin comunicación.

El 6 de septiembre, en San Antonio de Bajá, a aproximadamente 11 kilómetros de Veguitas, acampó el general holguinero y organizó la vigilancia. Tras la azarosa marcha, una buena parte de sus tropas fue enviada entonces a buscar «provisiones de boca» por los alrededores.

Ese mismo día el capitán español Ariza, jefe de la guarnición del referido poblado, quien había salido en persecución de las fuerzas cubanas, da con ellas y logra sorprenderlas. La reducida escolta del general cubano fue acribillada e inmediatamente se lanzan sobre el general para hacerlo prisionero.

Según describe Fernando Figueredo en su libro La Revolución de Yara (1868-1878), «se oye la detonación de un tiro de revólver (...) el jefe del primer cuerpo de ejército había intentado suicidarse para no sufrir la vergüenza de caer en poder de los españoles». La premura de su proceder sería lo que le salvó la vida.

El disparo fue hecho con un Smith and Wesson calibre 44, detrás del mentón, el cual salió al exterior por la frente, dejando inconsciente al oficial mambí. El capitán español acudió en su auxilio. Tapó el orificio de entrada, palatino y frontal, con el empleo de hilos saturados de yodo.

En tales condiciones Calixto fue conducido a caballo primero hacia Veguitas, donde se le practicó una primera cura por el médico Federico Baglietto, y posteriormente trasladado a Manzanillo.

Comunicado el hecho, por orden del Capitán General de la Isla el herido es embarcado en el buque Francisco de Borja hasta Santiago de Cuba, trayecto en el cual fue atendido solícitamente por el médico de la Marina, en el Hospital Príncipe Alfonso de esa ciudad, hasta su deportación a España, desde La Habana, en octubre de 1874.

En la península ibérica Calixto fue recluido inicialmente en la Fortaleza de Santoña. En marzo de 1875, gracias a las gestiones de Doña Lucía, lo internan en la prisión de San Francisco, donde permanece hasta principios de abril de 1876. Finalmente, el 8 de junio de 1878 fue liberado de la cárcel de Pamplona, luego de padecer no solo sus condiciones de extrema severidad, sino también el rigor de un clima diferente.

Tal parecería que hubo un trato benévolo hacia la integridad del jefe mambí. Lo cierto es que si el hecho hubiese acaecido unos años antes, habría sido juzgado y ejecutado de inmediato, como fue usual con otros líderes revolucionarios capturados.

Empero, durante los últimos meses de 1874 la situación en la «siempre fiel Isla de Cuba» era bien diferente y el mando español ensayaba una nueva estrategia política dentro de la cual se comenzaba a descartar el exterminio de los insurrectos...».

Rumbo ya hacia el Pacto del Zanjón, el cual en definitiva se firmó en el Camagüey en el año 1878, era muy necesario que entre las filas rebeldes se creyese en la posibilidad del perdón, en el olvido y en la garantía de la integridad personal. Dejar con vida a Calixto, quien por demás era reconocido por su humanidad con los prisioneros, constituiría un elemento a favor del poder colonial.

Tratamiento en España

Según describe también Juan E. Casasús, en su obra Calixto García el Estratega, la recuperación sería lenta: «Tuvo que aprender a hablar de nuevo, jamás recuperó el tono habitual de su voz».

Los médicos militares continuarían las curaciones «pues nunca dejó de supurar la herida, a tal punto que siempre hubo de desinfectarla con agua fenicada, manteniendo mechas de gasa en el trayecto (de la herida), hasta donde era posible», cita Casasús.

El paciente sufriría además de sangramientos bucales a causa de la dislocación de su dentadura, padecimientos que tuvo que soportar hasta que fue intervenido quirúrgicamente.

Fue Carlos García Vélez, hijo del Mayor General, y quien se graduó de cirujano dentista en la Escuela de Medicina de San Carlos, en Madrid, quien en 1893, dos años antes del reinicio de la Guerra de Independencia en Cuba, le realizó una intervención quirúrgica con el propósito de aliviarle.

Con los conocimientos científicos de finales del siglo XIX la intervención del doctor García Vélez se limitó a extraer los dientes en mala posición, o enfermos, y a la colocación de una prótesis de caucho vulcanizado, tal y como era usual en esa época, confeccionada presumiblemente en Estados Unidos.

Cuando en 1980 se realizó la exhumación de los restos mortales del Mayor General Calixto García, para recibir un entierro cubano, el doctor Soto Izquierdo, antropólogo forense, tuvo a su cargo la responsabilidad de precisar la identidad de la evidencia ósea.

Entonces se encontró un fragmento en forma de bisel, como debido al paso de una bala, pero era la prótesis de caucho colocada por el doctor García Vélez. El hallazgo facilitó la confirmación de la autenticidad de los restos del patriota.

Ello permitió inferir, también, que tal proceder propició una mejoría efectiva en la calidad de vida de este heroico paciente, teniendo en cuenta que en ese entonces la ciencia estomatológica tenía mucho camino por recorrer.

Examen de una estrella

Durante la reconstrucción del trayecto seguido por la bala, elaborada por el doctor holguinero Raúl Pupo Triguero a partir de la mascarilla mortuoria del Mayor General, se pudo determinar que si la misma entró por detrás del mentón y salió por la frente, mantuvo un recorrido que afectó consecutivamente la piel, el músculo milohiodeo, el suelo de la boca, la lengua y la mucosa palatina.

Asimismo, interesó los huesos máxilo-palatinos, la cavidad nasal, el piso seno frontal, la mucosa sinusal y la pared anterior, y finalmente el músculo y la piel frontales.

Según refiere Triguero, la comunicación crónica entre la piel frontal, el seno frontal y la cavidad bucal estimuló una infección presumiblemente mixta, la cual provocó en el paciente una sinusitis frontal crónica de la cual drenaba pus y que, sin tratamiento antibiótico sistémico y quirúrgico específico, no podía sanar. En esa época no se habían descubierto aún los antibióticos, en tanto el inglés Alexander Fleming reportó el descubrimiento de la penicilina en 1929.

La acotación principal del citado estudio en cuanto a la razón por la cual el paciente no se agravó mortalmente es que el proyectil no llegó a afectar la pared posterior del seno frontal, la cual separa esta estructura del cerebro.

«De lo contario, el General hubiese podido adquirir con facilidad una meningoencefalitis bacteriana, que casi siempre resultaba fatal en la era preantibiótica», precisa el galeno holguinero.

Su estudio refiere que «la dislocación máxilo-palatina fue la causante de los trastornos en la oclusión dentaria, la masticación y la fonación del paciente, y explica por qué el General de las Tres Guerras de Independencia jamás recuperó el tono natural de su voz», concluye el estudio.

La investigación reconoce finalmente que el tratamiento clínico-quirúrgico empleado con el paciente fue adecuado, y acorde con el desarrollo que tenían la medicina y la estomatología de la época.

Un entierro cubano

Fue cumpliendo una misión diplomática en Estados Unidos, confiada a él por la Asamblea de Representantes de Santa Cruz del Sur, cuando la muerte sorprendió a Calixto, el 11 de diciembre de 1898. Su deceso sería profundamente sentido, entendiéndose que con él se perdía a uno de los hombres que más le hacían falta a la Patria en los momentos difíciles que vivía.

Sus restos estuvieron enterrados durante varios meses en tierra norteamericana, hasta su traslado a La Habana, en febrero de 1899.

Es conocida la forma grosera en que las tropas yanquis de ocupación vejaron a Calixto, una vez más, luego de lo sucedido al negarle la entrada a Santiago de Cuba. Durante su entierro en La Habana, las fuerzas de intervención ocuparon el lugar protocolar que les correspondía a las autoridades cubanas, razón por la cual estas se retiraron de la ceremonia fúnebre.

El hecho, a su vez, provocó que su hijo, el brigadier Calixto García Vélez, y su madre, Doña Lucía Íñiguez, exigieran que un día se le hiciera un entierro cubano, en su ciudad natal. Este reclamo fue cumplido por nuestra Revolución en 1980, cuando sus restos fueron depositados en el Mausoleo de la Plaza que hoy lleva su nombre.

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