La maestría como disfrute - Cuba

La maestría como disfrute

Los maestrantes deben transitar por un grupo de asignaturas cuyo vencimiento les cause alegría, dado el caudal de conocimientos que les aportan

Autor:

Juventud Rebelde

Desde los primigenios momentos de la Sierra Maestra el proceso revolucionario cubano potenció la educación. El Che les exigía a sus subordinados que a la par de manejar el fusil supieran leer y escribir. Después vino la Campaña de Alfabetización y una vez concluida esta, con la pregunta de los alfabetizadores a Fidel «¿Qué otra cosa tenemos que hacer?», se abrieron posibilidades para todos de estudiar una carrera. Ahora, como un proceso natural, se ha llegado a la masificación de los estudios de maestría, que trascienden a la familia cubana, convirtiéndose en tema de los coloquios caseros y en particular de los educadores.

El desarrollo de una maestría necesita de soportes intelectuales y materiales, y mucho más cuando abarca a una gran cantidad de maestrantes, extendidos a todo lo largo del país. En cierto momento, las exigencias en cuanto a la entrega de las tesis en varios ejemplares impresos se estaban convirtiendo en un serio dolor de cabeza para los maestrantes. Imagínese a nuestros maestros, que viven en condiciones económicas muy modestas, ingeniándoselas para lograr varios ejemplares impresos de sus tesis. Felizmente este requisito se modificó, haciéndose más accesible para su cumplimiento.

Involucrarse en un proceso de obtención del título académico de máster no debe representar un dolor de cabeza para nadie. Por el contrario, debe convertirse en un período de disfrute en el cual los maestrantes transiten por un grupo de asignaturas cuyo vencimiento les cause alegría, dado el caudal de conocimientos que les aportan.

Otra etapa en el curso de la maestría es la de enfrentar la investigación de algún problema del entorno inmediato del maestrante, empleando con carácter original los recursos de la investigación científica, inspirados en lo mejor del pensamiento filosófico universal y teniendo en cuenta la tradición filosófica cubana, asentada en José Agustín Caballero, quien con su Filosofía Electiva comenzó a enfrentar el dogma de seguir ciertos preceptos que propugnaba la escolástica. Para José Agustín, como para Varela y José de la Luz, no existen vías preferenciales en la búsqueda de la verdad científica.

La maestría culmina con un ejercicio que se denomina defensa, realizado ante un tribunal y un oponente. Todas estas denominaciones hacen pensar al que cursa una maestría que ese acto es algo así «como una cacería de brujas». No dejo de reconocer que cuando se acude a un examen o a la defensa de un trabajo se generan ciertas tensiones, pero el objetivo de una defensa de maestría está lejos de constituir un enfrentamiento entre el defendido y un grupo de censores.

El que acude a defender sus ideas debe sostener con argumentos científicos su propuesta original de solución al problema que se planteó, lo que no quiere decir que exista plena concordancia con las ideas de los que valoran su trabajo. La confrontación de ideas y opiniones es una característica de la actividad científica cuando esta se hace con entera honestidad. Como otras tantas veces, acudamos al Apóstol:

«Bueno es que en el terreno de la ciencia se discutan los preceptos científicos. Pero cuando el precepto va a aplicarse; cuando se discute la aplicación de dos sistemas contrarios; cuando la vida nacional va andando demasiado aprisa hacia la inactividad y el letargo, es necesario que se planteen para discusión, no el precepto absoluto, sino cada uno de los conflictos prácticos, cuya solución se intenta de buena fe buscar».

Por eso el acto de defensa y los que se realicen dentro del programa de una maestría deben ser momentos de disfrute, por las posibilidades de debatir opiniones, confrontar diferentes puntos de vista y porque el sentido último de un ejercicio de este tipo es ser fragua del enriquecimiento espiritual y del conocimiento científico.

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