Un eterno joven rebelde

José R. Calderón fue uno de los organizadores de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Cincuenta años después, rememora los días fundacionales

Autor:

Rocío Trujillo Olivares

Me espera en la puerta de su casa. Me mira y sonríe como si me conociera de toda la vida. Sabe que vengo a indagar en su pasado.

Los ojos de José R. Calderón delatan su historia de hombre de montaña, de dirigente juvenil y seguidor de principios revolucionarios. Sentarse a su lado es rememorar años de lucha, y revivirlos al confluir con su voz octogenaria; voz de joven eternamente rebelde.

«Cuando se da la posibilidad de crear los Jóvenes Rebeldes ya yo era miembro de la Dirección Nacional de la Juventud Socialista. En ese tiempo se había creado la División Juvenil del Ejército Rebelde, integrada hasta entonces por los grumetes de la Marina y las patrullas juveniles. El Comandante Joel Iglesias, con solo 18 años, fue designado para estar al frente de la misma, en compañía del capitán Fernando Ravelo. Los ayudé como cuadro político para crear una organización juvenil revolucionaria».

—¿Cómo se organizó la Asociación de Jóvenes Rebeldes?

—Primeramente viajamos por todo el país reuniéndonos con los jóvenes para explicarles que la nueva organización tendría un carácter meramente formador. Necesitábamos que se unieran representantes de las diferentes asociaciones. Una vez concluida esta tarea fuimos a ver al Che, que era quien nos dirigía directamente, y le propusimos que el 28 de enero de 1960 fuera la fecha que marcara el inicio de las actividades como Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR). Fue nuestra forma de homenajear al Apóstol.

«Nuestra misión era que la AJR fuera la organización de todos los jóvenes cubanos. Enseguida se nos acercaron quienes no habían podido vincularse en la lucha contra Batista, pero que se sentían identificados con la Revolución.

«El 21 de octubre fue la Primera Plenaria Nacional de la Asociación y en esta se tomó el acuerdo de desintegrar la Juventud Socialista y que los jóvenes de otras organizaciones pasasen a formar parte de la AJR».

—¿El ingreso era voluntario?

—Completamente. En un inicio podían hacerlo los que estuvieran entre 13 y 18 años. Luego de esa reunión se extendió hasta los 25 años y dejó de ser una organización semimilitar para convertirse en una organización juvenil. A partir de ahí comenzamos a desarrollar un intenso trabajo con los jóvenes rebeldes.

Picos que hermanan

Todavía hay quienes tienen como meta personal subir cinco veces al Pico Turquino; sin embargo, pocos saben del origen de esta tradición. Fue con la AJR cuando comenzaron los ascensos.

—¿Por qué se emprendieron los ascensos al Pico Turquino?

—Bueno, fue Fidel quien en conferencia de prensa dijo que se iban a crear las Brigadas Juveniles de Trabajo Revolucionario, que era como se llamaba esta misión de los jóvenes Cinco Picos. Era un movimiento que pretendía formar en tres meses a los muchachos en las montañas de la Sierra Maestra. En ese tiempo subían cinco veces al Turquino.

«Fidel argumentó su idea diciendo que en el país existían jóvenes sin hacer nada y sin vía alguna para convertirse en verdaderos revolucionarios. La Revolución estaba en condiciones de ofrecer becas y oportunidades de estudio, pero los muchachos que optaran debían tener determinadas condiciones y haber hecho algún esfuerzo para alcanzar las carreras».

—¿Cómo se enteraban e inscribían los interesados?

—Para lograr una mayor motivación hicimos mucha propaganda con relación a la estancia en la Sierra y las caminatas. Fueron incontables los que se presentaron, pero muchos no podían con la realidad de la tarea. Teníamos campamentos en Pino del Agua, en Guisa, en el Plátano… En esas montañas hubo momentos en que 5 000 muchachos estaban subiendo y bajando el Pico.

«También hacían múltiples caminatas y recibían preparación física, militar, política y cultural hasta donde era posible. No fue nada fácil disciplinarlos. Cuando estos jóvenes llegaron a la Sierra eran grupos indisciplinados, pero cuando habían subido dos Picos ya se veía un cambio, y los que llegaban a los cinco estaban realmente formados, porque subir cada pico de esos no era fácil.

«Se hacía realidad la frase martiana de “subir lomas hermana hombres”. De ahí salieron jóvenes que han ocupado diversas responsabilidades en el país».

—Las muchachas tenían un programa diferente…

—Con ellas se hizo algo similar; se crearon los campamentos de Las Clodomira, pero una de las diferencias era que ellas estaban todo un curso en los campamentos del Wajay. Venían de los lugares más humildes para recibir instrucción política, cultural y artística. Iban a diferentes fábricas y centros de producción a aprender oficios, y si ya tenían alguna formación podían pedir cursos que las prepararan para alcanzar carreras.

—Estas no fueron las únicas misiones que afrontó la AJR…

—También creamos la Unión de Pioneros Rebeldes y otras organizaciones juveniles en centros de trabajo. Además colaboramos directamente en la Campaña de Alfabetización. La AJR estaba apoyada directamente por el Che y todo lo que él hacía con nosotros estaba dirigido a formar a los jóvenes.

«Siempre los directivos de la organización nos reuníamos a las 7 de la mañana de los lunes en la casa del Che para comunicarle cómo iba el trabajo y recibir orientaciones. Cuando eso él vivía en Ciudad Libertad, y si por casualidad llegábamos unos minutos tarde nos decía que lo viéramos esa noche en el Banco; ya sabíamos que eso era para después de las 12. Esa era una forma de educarnos a nosotros también».

—Después de haber formado a tantos jóvenes, ¿qué siente cuando se relaciona con las generaciones actuales?

—Un gran orgullo y satisfacción de haber sido protagonista de esas misiones, que fueron primordiales para el país. Fue una gran experiencia, porque hizo posible que en tan poco tiempo estos jóvenes se transformaran en verdaderos revolucionarios.

«La AJR existió desde el 28 de enero de 1960 hasta el 4 de abril de 1962, cuando en el I Congreso de los Jóvenes Rebeldes Fidel planteó que por el trabajo desarrollado en esos dos años, la organización merecía llamarse Unión de Jóvenes Comunistas.

«Cuando recuerdo esos años me siento un hombre afortunado. Comprendo que las condiciones que existen hoy no son ni parecidas a las de entonces, pero sé que los representantes actuales saben lo que hacen y están conscientes de que hay cosas que se pueden hacer mejor. Me siento feliz porque confío en que el relevo está garantizado».

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