En busca de los restos del Che en Bolivia

Estar entre los protagonistas del hallazgo fue una de las más importantes misiones científicas del antropólogo forense cubano Héctor Soto Izquierdo

Autor:

Luis Hernández Serrano

Extremó los cuidados. Con una cuchilla hizo una pequeña incisión para ver si aquello redondo —que la tela de una campera verde olivo tapaba— era el cráneo del Comandante Ernesto Guevara, o el metal de un artefacto explosivo.

El Licenciado en Ciencias Biológicas y Antropólogo forense Héctor Soto Izquierdo, uno de los protagonistas excepcionales de la aventura científica que fue la búsqueda en 1997 de la tumba secreta del Che y sus compañeros, evoca por primera ese suceso para un órgano de prensa.

«Se decía que junto a los restos del Comandante guerrillero se colocó en octubre de 1967 una bomba para que explotara cuando los cubanos descubrieran el lugar oculto donde fue sepultado e intentaran desenterrarlo. Aquella excavación era todo un desafío».

La entrevista transcurre en la sala de la casa del único antropólogo forense cubano que participó en el trascendental hallazgo, como parte de un grupo multidisciplinario y de un proyecto riguroso de investigación científica.

«El general boliviano retirado Mario Vargas Salinas, en noviembre de 1995, había anunciado públicamente que los restos del Che y otros guerrilleros bajo su mando se enterraron secretamente en la vieja pista aérea de Vallegrande.

«Nuestro equipo en aquel instante lo integraban tres geofísicos, una historiadora, María del Carmen Ariet, y otros tres compañeros: un médico forense y jefe del colectivo, el doctor Jorge González Pérez, Popy; un arqueólogo, Roberto Rodríguez, y yo, antropólogo forense. Sin embargo, fue un trabajo arduo y anónimo de muchas más personas.

«Nos basamos en lo aportado por más de cien especialistas de unas 15 instituciones que desde Cuba nos ayudaron. Por Bolivia pasaron otros 13 compañeros, 20 en total. También participaron en la fase final los antropólogos forenses argentinos Patricia Bernardi, Alejandro Incháurregi y Carlos Somigliana.

«El esqueleto número dos —por el orden de aparición de los restos— tenía una campera que le cubría la parte superior del tórax, el cuello y el cráneo. Trabajamos con una paciencia enorme, pero, paradójicamente, contra el reloj, porque en cualquier momento la CIA podría presionar al Gobierno boliviano y poner fin a nuestra pesquisa».

Los primeros esqueletos que Soto contribuyó a identificar, a fines de diciembre de 1995, fueron los de los guerrilleros caídos en el combate de Los Cajones, enterrados en la Cañada del Arroyo el 14 de octubre de 1967, cerca de Vallegrande. Eran el cubano Octavio de la Concepción y de la Pedraja (Moro); el peruano Lucio Edilberto Galván Hidalgo (Eustaquio); y el boliviano Francisco Huanca Flores (Pablito). El de Jaime Arana Campero, Chapaco, había sido ya entregado a sus familiares.

Soto también había laborado a fines de junio de 1996 en la identificación de los restos de Carlos Coello Coello, el Tuma, y estuvo 600 días en esa noble tarea.

Exhumación de los restos del Che

Pero el hallazgo decisivo, el de la fosa común donde se suponía estaban enterrados el Che y otros seis combatientes, ocurrió el 28 de junio de aquel año 1997.

«A las 9:25 de la mañana del 30 de junio empezaron a aparecer los primeros restos óseos. Con la picoleta —porque el terreno había sido compactado y estaba muy duro— fuimos excavando poco a poco hasta que vimos aflorar los primeros huesos humanos.

«Como no estábamos en un cementerio, enseguida el doctor Jorge y yo nos miramos y comprendimos que ahí estaba la fosa que buscábamos. La primera evidencia de que podían ser los restos del Che fue la aparición de un textil verde olivo. Nos dimos cuenta de que era una chaqueta guerrillera».

En el periódico boliviano El Mundo, del 16 de julio de 1997, el mismo Jorge González explicó el diálogo entre él y Soto cuando comprobaron que el cráneo era el del Che:

«Le digo a Soto que revise para ver si había manos. Está la prensa y mucha gente mirándonos. Él me responde: “Negativo el interesado”, que es un lenguaje policíaco que nosotros utilizamos. Y efectivamente no había manos. Nos quedamos callados, guardamos el secreto e incluso cubrimos ese espacio con tierra para que no se viera. Soto introduce la mano por debajo de la chamarra y confirma las protuberancias superciliares características del Che. Además, comprueba la ausencia de un molar, o sea, dos datos fundamentales para la identificación.

«En ese momento —evoca Soto— en la parte superior de la fosa estaban todos los integrantes de nuestro equipo, representantes del Gobierno boliviano y algunos periodistas. Eso fue el día 30 de junio o el día primero de julio de 1997. En el interior de la fosa estábamos dos argentinos, Jorge González y yo. La exhumación de los restos de esa fosa común, fue el 5 de julio y la identificación definitiva la hicimos en el Hospital Japonés de Santa Cruz de la Sierra, el día 12 de ese mes».

Identificación

«La identificación del Che fue la más fácil de todas, porque era el guerrillero de quien más información disponíamos. Lo primero: ¡No tenía manos! El enemigo se las cortó.

«En el periódico La República, de Bolivia, del 29 de agosto de 1997, se demuestra la felonía de Félix Rodríguez, agente de la CIA de origen cubano (con el seudónimo de Félix Ramos) uno de los asesinos del Che en la Higuera, que pretendió escamotear el éxito de nuestra investigación y se atrevió a decir que no sabíamos dónde estaba enterrado Guevara».

Otro periódico boliviano, El Deber, de Santa Cruz de la Sierra, del domingo 13 de julio de 1997, explicó cómo identificamos al Che: con una superposición cráneo-fotográfica computarizada; a partir del dentigrama (los moldes de yeso de ambas caras dentarias), y el estudio radiológico que se tenía de él, coincidentes con los restos encontrados, y mediante la completa similitud entre la necropsia practicada el 10 de octubre de 1967 (por los médicos bolivianos Abraham Baptista y Martínez Caso). Además, por las lesiones encontradas en el esqueleto: fractura en una clavícula, antebrazo, segunda vértebra dorsal, fémur y muslo; y las coincidencias en raza, sexo, edad y estatura.

Soto fue por 15 días a Bolivia y en realidad permaneció cinco años. «La búsqueda de la tumba secreta del Che, aunque no ha sido lo único relevante de mis vivencias científicas, ha sido el momento más impactante de mi carrera profesional», apunta.

«Y nunca podré olvidar —asegura— que yo ayudé a identificar el esqueleto dos, que en realidad era el del guerrillero número uno».

Más de mil casos

Soto nació hace 60 años en Madruga, La Habana, y se graduó en Ciencias Biológicas en 1975, fecha en que comenzó a trabajar como antropólogo forense en el Instituto de Medicina Legal, en Ciudad de La Habana.

Ha participado en la solución de conflictos de filiación (o investigaciones sobre paternidad), como aquella junto a varios médicos de Santiago de Cuba, en la identificación de dos gemelos cubanos cambiados por un error, en la década de los 80.

Ya en 1997 había acumulado una gran experiencia, pero adquirió una mayor notoriedad al intervenir en la búsqueda, hallazgo e identificación de los restos del Comandante Ernesto Che Guevara y sus compañeros.

Por ejemplo, gracias a sus investigaciones se pudo conformar la gráfica de la localización exacta de las heridas de bala y el machetazo recibidos por el Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales, incluido el tiro que le dieron a traición en San José, Costa Rica, y que le penetró por el músculo gran dorsal, en la espalda, sin que el plomo le saliera. Ello dio lugar a la anécdota de que cuando le estaban explorando la herida para encontrarle la bala, dijo: «¡Basta ya, dejen que ese plomo se junte con los otros que tengo en el cuerpo!».

A fines de 1995, Soto se encontraba en la Universidad de Montevideo, Uruguay, impartiendo clases de Antropología Forense, cuando le dijeron que debía partir hacia Bolivia.

Antes que él viajaron otros compañeros de distintas especialidades. El doctor Jorge González Pérez fue el primero, en su doble condición de médico forense y de representante de los familiares del Che y de los otros cubanos caídos.

Después Soto regresó a Cuba y volvió a Bolivia varias veces, y el 12 de enero de 1997 se asentó en Vallegrande, hasta el último día.

Desde 1975 a la fecha ha identificado más de mil casos. Trabajó en identificación de cadáveres de Barbados, Granada, Angola, Bolivia y ha identificado los restos de casi una decena de patriotas: Calixto García, Vicente García y Manuel García, el Rey de los Campos de Cuba. Hasta los restos de Máximo Gómez han pasado por sus manos para identificarlos, y también los del padre de José Martí.

En 1986 trabajó en Ecuador en la identificación de las víctimas de un asesino en serie que durante 16 meses violó y estranguló a 73 mujeres. Cumplió prisión hasta que otro delincuente lo asesinó en la cárcel.

Hace tiempo apoya al Gabinete de Arqueología del Historiador de la Ciudad de La Habana, cada vez que aparecen restos como por ejemplo, los encontrados en el Convento de San Francisco de Asís.

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