Camilo Cienfuegos, un joven eterno

A más de medio siglo de la desaparición física de Camilo, por los senderos de Yaguajay germina la leyenda del querido revolucionario cubano

Autor:

Miguel Ángel Valdés Lizano

YAGUAJAY, Sancti Spíritus.— La voz de nuestra amiga parecía reverenciar a un padre. Nos había conducido hasta el otro extremo del caserío para mostrar la vieja mansión de madera en la que Camilo Cienfuegos habló a la gente de Iguará en 1958.

Para cualquier visitante, tocar hoy en cada aldaba de Yaguajay equivale a sentarse en el taburete para atrapar en el viento las leyendas sobre el Señor de la Vanguardia, a 50 años de su desaparición física.

Hasta las jóvenes generaciones sorprenden cuando explican el significado de cada barrio o sendero del itinerario del héroe.

El fenómeno se relaciona con el análisis sociológico. Los habitantes del territorio no reproducen esquemáticamente las crónicas de empolvados libros; se apropian de los hechos para devolvernos a un Camilo consanguíneo, enriquecido por la oralidad y las licencias del mito.

En cada batey una jarana

Camilo tal vez no nació para la violencia. Su destino nunca vino dictado por el temperamento, ni por el deseo de trascendencia. Probablemente las circunstancias le obligaron a moldearse a sí mismo como guerrero.

Tal vez por lo anterior las fronteras del cubano común y del líder guerrillero se mezclan en Yaguajay, cuando en Meneses personas como el octogenario José Luis Rodríguez Carrillo, uno de los combatientes que seleccionó el sitio del primer campamento de la Columna 2 en territorio villareño, relata cómo el Comandante se ganaba a su gente.

«Una vez en Jobo Rosado un viejito de la zona observaba con atención a Camilo, quien conversaba con la tropa. El Comandante le dijo en broma que lo ayudara a trasladar, desde la costa hasta el campamento, un barco con armas que mandaba Fidel. Aquel abuelo se estiró y le respondió: Con cinco yuntas de bueyes yo le resuelvo ese problema».

«En otra oportunidad apareció un muchacho hambriento con cierto retardo mental y Camilo le dio muchísima comida. El tipo comió salvajemente, pero al levantarse se le escapó un viento. El jefe soltó una carcajada y le dijo a William Gálvez, quien sí permanecía muy serio: “Mira, tu nuevo soldado me embarró el bigote”».

La jocosidad del Señor de la Vanguardia bautizó al combatiente Luis Manuel González Castro: «Félix Torres primero le presentó a mi hermano, a quien le decían Cheo Matojo. Entonces Camilo saltó y dijo: “Si tu hermano es Matojo, tú serás Manigua”. El apodo pasó también a mi hijo y a mi nieto».

Responsabilidades entre carcajadas

Como evidencian los testimonios, Camilo conquistaba la benevolencia de sus subordinados, pero también podía ser fulminante ante las irresponsabilidades. Esa fórmula personal no debe pasarse por alto hoy, cuando el cubaneo afecta a muchos a la hora de desempeñar con calidad sus respectivas funciones sociales.

La carcajada y la exigencia posiblemente garantizaron a Camilo sus éxitos como uno de los líderes rebeldes encargados de conducir la Invasión a Occidente. Así lo corrobora Reimundo Ronchela Hernández cuando afirma que el Comandante solía ser enérgico. «En el combate de Yaguajay andaba como rehilete. “Este es tu mamá y tu papá, no lo vayas a soltar”, decía, refiriéndose a las armas». El veterano recuerda cuando el líder le entregó su primer fusil Springfield, mientras las lágrimas delatan su nostalgia.

Todavía en la barriada yaguajayense del antiguo Central Narcisa, donde vive Ronchela, se cuenta cómo el Comandante sacó prácticamente de abajo de la cama a quienes, por miedo, le negaron ayuda durante la construcción del Dragón o lanzallamas blindado. Sin embargo, cuando entraba al batey, todos lo abrazaban.

Neida Nieto Sánchez, en Las Llanadas, narra la misión más difícil de su vida: acompañar a su madrastra Elena Cabrera para trasladar hasta Santa Clara el primer mensaje de Camilo a Fidel con todos los pormenores de la Invasión.

«En mi casa los columnistas tomaron el primer café al entrar en esta zona. Camilo nos contó que durante el camino se habían tenido que comer un caballo crudo, por el acoso del enemigo. Debido a la confianza depositada en la familia, la esposa de mi papá fue elegida para trasladar hasta Santa Clara uno de los primeros mensajes a Fidel desde el norte de Las Villas.

«Por seguridad debimos esconder la carta dentro de la ropa íntima. Eran días revueltos. Por momentos temimos, pero no importaba. Lo había pedido Camilo».

Otras huellas del líder nos llegan en historias como aquella de la escuela ofrecida a los niños en Meneses; también mediante el recuerdo de la señora que tejió una manta para el Comandante, o en las anécdotas sobre Rosalba, la novia que el rebelde enamoraba detrás del varentierra. Todas aparecen como relatos simples que lo inmortalizan.

Hombres así solo alcanzan el justo altar gracias a las sonrisas de gente como aquella joven guajirita que no dudó en mostrar al forastero su templo favorito en el pueblo: la derruida casona en Iguará donde el Señor de la Vanguardia habló a los lugareños.

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