La flor carbonera

Nemesia, víctima junto a su familia de la agresión de los mercenarios a Playa Girón, sostuvo con el Indio Naborí una entrañable amistad

Autor:

Hugo García

SOPLILLAR, Ciénaga de Zapata, Matanzas.— A Nemesia Rodríguez Montano la conocemos desde hace muchos años. Ahora volvimos a Soplillar, su poblado de residencia, donde conversamos amigablemente, como suele hacer siempre esta mujer, a quien los mercenarios ocasionaron profundas heridas emocionales.

Cuando uno se encuentra con Nemesia, sin quererlo, el tema gira inevitablemente, en algún momento, en torno a sus vivencias de 1961 y de sus zapaticos blancos.

«Antes del triunfo de la Revolución para ir a Jagüey Grande lo hacíamos en una guagüita de ferrocarril y nos demorábamos cuatro horas para llegar al central Australia. No había más salida de la Ciénaga. Veíamos Jagüey cuando estábamos muy enfermos.

«Yo era muy enfermiza y me llevaban a cada rato a Jagüey. Cuando estaba mejor y regresábamos, veía a las niñas con sus mediecitas y zapaticos blancos, y soñaba con verme con unos zapaticos iguales en mis pies. Siempre le decía a mi mamá que el día que pudiera comprarme un par de zapatos, que no me los comprara ni carmelitas ni negros, que yo los quería de ese color; pero ella me explicaba: «Nenita, ahora que hay un poquito de dinero, cómo te los voy a comprar blancos… Mira que la Ciénaga es difícil para caminarla.

«Al triunfo de la Revolución vino Celia Sánchez y se llevó a tres de mis hermanos a estudiar a La Habana. Entonces se constituyeron las cooperativas de carboneros y de pescadores y mi papá ganaba más dinero y vivíamos mejor. Se hizo la carretera y entraba una guagüita cada dos horas, más o menos, y podíamos ir a Jagüey y regresar el mismo día, por 25 centavos.

«Le dije a mi mamá: Cuando me compres un par de zapatos ahora sí tienen que ser blancos. Y en los primeros días de abril de 1961 ella me compró los zapaticos que yo tanto añoraba. Cuando los tuve en mis manos, los miraba y los miraba, y como eran el sueño de mi vida, yo no encontraba ocasión para lucirlos en la Ciénaga; me los puse una sola vez y después los guardé.

«El día 17 de abril mi papá supo

que había empezado la invasión cuando llegó al batey de Soplillar y le dijeron que Abraham Maciques (quien entonces era director del Plan de Desarrollo de la Ciénaga de Zapata) había dado la orden de evacuar los bateyes más cercanos. Mi papá llegó corriendo a la casa y nos dijo que recogiéramos lo imprescindible, que nos íbamos para Jagüey.

«Yo siempre les explico a las personas mayores y a los pequeños que no se imaginen a una niña de 13 años de aquel entonces como una de ahora. Yo no sabía qué era una invasión, o por qué nos iban a matar, a disparar, si nosotros no habíamos hecho nada.

«En lo primero que pensé fue en mis zapaticos blancos, porque me los podría poner en Jagüey. Recogí mi mejor ropita y nos montamos en un camión. Cuando íbamos de Pálpite a Jagüey un avión comenzó a sobrevolarnos. Yo veía al piloto, así que él tenía que vernos bien. Nosotros le decíamos adiós mientras pasaba por encima.

«En la parte trasera de ese camión íbamos cinco niños: la mayor era yo; dos de 11, uno de tres años y mi sobrinito de seis meses, que yo llevaba cargado. También iban mi mamá, mi cuñada y mi papá. En la parte delantera iban mis dos abuelas y mi hermano mayor como chofer.

«Ese avión dio unas vueltas y bajó. Cuando empezó a bajar mi papá le dijo a mi mamá que le tocara en el techo de la cabina a mi hermano porque parecía que el avión estaba roto y se iba a tirar en la carretera. Por eso atraviesan a mi mamá, porque ella se incorporó para avisarle a mi hermano, y el avión empezó a disparar. Mi papá nos gritó que nos tiráramos en la cama del camión, que el avión se había equivocado y nos estaba tirando a nosotros.

«Nos tendimos en el piso del camión y apreté a mi sobrinito. A mi mamá la atravesaron los disparos por la cintura y le arrancaron un brazo. Mi hermanito más chiquito no atinaba a tirarse y mi papá lo empujó por el pecho y le atravesaron la mano y el muslo. A mi hermano mayor le dieron un balazo en la parte inferior del cuello. A mi abuelita le dieron un balazo en la cintura y murió cuatro años después paralítica, pues nunca más caminó.

«A mis tres hermanos que estudiaban en La Habana mi mamá iba a cada rato a verlos y les decía que quería traerlos, que parecía que iba a ocurrir una guerra. Y Celia le dijo que no se los llevara, pues eso era lo que querían los contrarrevolucionarios, que los guajiros no estudiaran».

—¿Cómo conoces al Indio Naborí?

—Celia, desde La Habana, llamó al Indio Naborí, que estaba de responsable de los alfabetizadores en Varadero, y le dijo que fuera a la Ciénaga e hiciera una crónica acerca de lo sucedido a mi familia. el Indio empezó a tirar fotos de lo que había quedado en el camión, las colchas quemadas, las latas de leche condensada traspasadas por las balas… Fue en ese momento que el Indio encontró los zapaticos blancos en una cajita, los tomó en sus manos y empezó a buscar a la dueña. Cuando me ve me los enseña, y me pregunta por qué yo llevaba los zapatos en la cajita.

«Él se emocionó cuando yo agarré fuertemente los zapaticos, con mucho sentimiento, porque hacía muy poco que habíamos sepultado a mi mamá. Los cogí en las manos y empecé a llorar. Él me dijo: “Siéntate y dime lo que te sucedió”. Le expliqué todo lo que le pasó a mi mamá, a mis hermanos y a mi familia.

«Después me contó que cuando llegó a su casa le dijo a su esposa Eloína que no podía cumplir con el pedido de Celia, porque ella le había solicitado una crónica para el noticiero de la una del día siguiente, y que él escribiría lo que tenía en mente, rápido. Y así nació la Elegía de los zapaticos blancos.

«Él me quiso como a una hija. Me llevó a La Habana y estuve unos días en casa de Celia, que después me llevó a la escuela que dirigía Marina Alonso, en Santa María del Mar, para los Mártires de la Patria. Celia y el Indio nunca se desvincularon de nosotros.

«El Indio casi todos los años hablaba conmigo o buscaba la forma de verme. Ese año de 1961 me llevó a la tienda Fin de Siglo, en La Habana, a comprarme un par de zapatos blancos. Pero yo estaba un poco malcriada y todos los que me probaba no me gustaban. Y me compró unos zapaticos blancos lindísimos. También la maestra de la escuela de Soplillar me regaló otro par de zapaticos blancos.

«El Indio siempre, hasta después que le hicieron la primera operación del corazón, volvió a la Ciénaga. Recuerdo que estuvimos un día juntos e hicimos una fiesta muy linda en mi casa».

—¿Lo escuchó alguna vez recitar el poema?

—Se lo sabía de memoria. Varias veces lo escuché recitarlo: una vez en el programa de la televisión Palmas y Cañas y también en la escuela de Soplillar.

 

Elegía de los zapaticos blancos

Vengo de allá, de la Ciénaga,/ del redimido pantano./Traigo un manojo de anécdotas/profundas, que se me entraron/por el tronco de la sangre/hasta la raíz del llanto./Oídme la historia triste/de unos zapaticos blancos...

Nemesia —flor carbonera—/creció con los pies descalzos./¡Hasta las piedras rompía/con la piedra de sus callos!/Pero siempre tuvo el sueño/de unos zapaticos blancos.

Ya los creía imposibles,/los veía tan lejanos/como aquel lucero azul/que en el crepúsculo vago/abría su flor celeste/ sobre el dolor del pantano.

Un día llegó a la Ciénaga/algo nuevo, inesperado:/algo que llevó la luz/a los viejos bosques náufragos./Era la Revolución,/era el sol de Fidel Castro./Era el camino triunfante/sobre un infierno de fango./Eran las cooperativas/del carbón y del pescado./Un asombro de monedas/en las carboneras manos,/en las manos pescadoras,/en todas, todas las manos./Alba de letras y números/sobre el carbón despuntando.

Una mañana… ¡qué gloria!/Nemesia salió cantando./Llevaba en sus pies el triunfo/de sus zapaticos blancos./Era la blanca derrota/de un pretérito descalzo./¡Qué linda estaba el domingo/Nemesia con sus zapatos!

Pero el lunes despertó/bajo cien truenos de espanto./Sobre su casa guajira/volaban furiosos pájaros./Eran los aviones yanquis,/eran buitres mercenarios./Nemesia vio caer muerta/a su madre, vio sangrando/ a sus hermanitos; vio/ un huracán de disparos/agujereando los lirios/de sus zapaticos blancos./Gritaba trágicamente:/¡Malditos los mercenarios!/¡Ay, mis hermanos! ¡Ay, madre!/¡Ay, mis zapaticos blancos!

Acaso el monstruo se dijo:/«Si las madres están dando/hijos nobles y valientes,/¡que mueran bajo el espanto/de mis bombas! ¡Quién ha visto/carboneros con zapatos!».

Pero Nemesia no llora:/ sabe que los milicianos/rompieron a los traidores/que a su madre asesinaron./Sabe que nada en el mundo/—ni yanquis ni mercenarios—/apagarán en nuestra Patria/este sol que está brillando,/para que todas las niñas/¡tengan zapaticos blancos!

Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí)

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