Máximo Gómez siempre estuvo en la manigua

El gran jefe mambí murió el 17 de junio de 1905, convencido de que tenía un corazón cubano y dominicano

 

Autor:

Luis Hernández Serrano

Algunos han querido mediatizar o restarle su verdadero filo patriótico y antiimperialista al Generalísimo Máximo Gómez, a partir de atribuidas actitudes que puestas en una balanza, incluso, no podrían competir con sus méritos.

Por eso él mismo expresó, en un mensaje titulado A los cubanos: «Con gusto confirmo lo que jocosamente ha dicho por ahí un periódico, sin saber que interpretaba mi pensamiento: “El General Máximo Gómez siempre está en la manigua”»1.

A solo 13 días de la primera ocupación las tropas de Estados Unidos en nuestra Isla, a partir del 1ro. de enero de 1899, el general en jefe del Ejército Libertador de Cuba, Máximo Gómez Báez, en carta al general José María («Mayía») Rodríguez se preguntó: «¿A qué y por qué la ocupación militar de Cuba? ¿Acaso somos nosotros bandidos, cuando hemos asombrado al mundo con nuestros hechos gloriosos?»2.

Y cuando el 8 de mayo de 1901, hace poco más de un siglo, pensó en la voracidad imperialista del Gobierno estadounidense de turno, y en las consecuencias de anexarse a Cuba o a República Dominicana, le dijo en carta a su amigo, el puertorriqueño Sotero Figueroa: «Llegará un día en que perdido hasta el idioma, nuestros hijos, sin que se les pueda culpar, apenas leerán algún viejo pergamino que les caiga a la mano, en el que se relaten las proezas de las pasadas generaciones, y esas, de seguro les han de inspirar poco interés, sugestionados como han de sentirse por el espíritu yankee»3.

A su amiga y luchadora independentista María Escobar Laredo (1866-1919), patriota villareña que llevaba los pseudónimos clandestinos de «Vencedor» y «Esmeralda», Gómez le había expresado: «No hemos hecho más que cambiar de amo, después de tanta sangre derramada y tantas lágrimas(…) ni tú ni yo aceptamos la tutela impuesta».

Y le agregaba en la misma carta escrita el 17 de enero de aquel año 1899: «No pensaba yo (…) que el destino nos tuviese reservada la última prueba de sufrir con paciencia la humillación más triste e injusta impuesta por la fuerza a este pueblo heroico y virtuoso».

Y olvidando por un instante su tesis de que no era cubano de nacimiento, le decía asimismo en aquella misiva: «Aún somos extranjeros en nuestra propia tierra. Cuando la bandera que combatíamos se ha perdido de vista en los confines de los mares, aún la nuestra no puede ondear libremente sobre las fortalezas abandonadas del enemigo». Y se preguntaba: «¿Quién no se siente triste?».

Mas en unas breves líneas enviadas a la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió, el 15 de marzo de 1901, en repuesta a una misiva de ella del 26 de febrero de ese año, le aseguraba: «Si Cuba no queda constituida, con el honor y la gloria que yo soñé, me pongo la tienda al hombro y me voy a buscar otra tierra en donde se entierren mis huesos. Yo no puedo vivir ni en Cuba ni en Santo Domingo como extranjero, teniendo dentro del pecho un corazón cubano y dominicano»4. Siempre estuvo convencido de las pretensiones del Gobierno de Estados Unidos de engullirse otros territorios. Por eso, en el Manifiesto al Pueblo de Cuba, escrito el 5 de diciembre de 1899, expresaba:

«Yo sé de buena tinta, que hay fraguada una especie de confusión que amenaza la Independencia de Cuba y a la que no creo ajenos a los americanos. Es preciso pues atacar de serio al enemigo antes de que se envalentone al ver la indiferencia de los hijos de la Patria, y de los que todo lo hemos sacrificado por presentarla ante el mundo digna de su grandeza por el heroísmo de sus hijos»5. El 4 de febrero de aquel año, en un mensaje escrito a Francisco Javier Balmaseda, puntualizaba: «Venimos probando a la nación interventora y ocupadora y al mundo entero, que somos hombres completos, hombres de nuestro derecho, capaces y aptos —por mayoría de edad, educación cívica e indestructible heroísmo— de gobernarnos sin tutelas extrañas»6.

A la misma María Escobar, justamente en esa fecha del 4 de febrero, ante una observación de ella sobre Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915), le contestó: «¡Qué buen ojo tienes, has conocido bien a Quesada! A mí también, y eso que lo quiero muchísimo, no me agrada que ponga a los yanquis por las nubes, como si fueran habitantes de Júpiter que andan viajando por la Tierra»7.

Una veintena de días después, en respuesta a la entrevista que Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915) le había hecho para publicarla en el New York Journal, el 26 de febrero de 1899 el General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba le había declarado: «La primera política debe ser la unión», pero solo ocho días antes, en carta al Agente General del Journal of New York, el 18 de febrero de 1899, le había aclarado que su doctrina política de toda la vida había sido «La libertad y la independencia absoluta de los pueblos»8.

Poco más tarde, el 29 de abril, confesaría también en una misiva a Antonio de Varona (1856-1935), general de división de las tres guerras cubanas: «Tenemos en casa un poder extraño que estudia nuestros movimientos»9.

Con su olfato de guerrero libertador, ante el empeño, el capricho y la dominación norteamericanos en su primera ocupación de nuestro país, le había escrito a José Dolores Poyo (lector de tabaquería en Tampa, luego director del periódico «Yara» y presidente del Cuerpo de Consejo de Cayo Hueso, el 22 de enero del mismo 1899: «Nada más racional y justo, que el dueño de una casa que la va a vivir con su familia, sea el que la amueble y adorne a su satisfacción y gusto y no que se vea obligado a seguir contra su voluntad las imposiciones del vecino»10.

Tiempo después, el 1ro. de enero de 1900, le dijo Gómez a Antonio González Acosta: «No importa que el presidente de los Estados Unidos no piense de igual modo que nosotros, pero la verdad es, como toda la verdad justa y clara, que los amos de la tierra son los que deben disponer e intervenir en los negocios de su propia casa».

Aunque algunos historiadores le han atribuido una actitud pasiva ante la ocupación norteamericana al afirmar que cuando se inaugura la República él pudo ver «con cándida emoción sus sueños» y expresar: «Ya hemos llegado».

El historiador Yoel Cordoví Núñez aclararía oportunamente en el libro del que hemos tomado los datos para este trabajo, que resulta absurdo juzgar el pensamiento de una persona por una declaración en determinado momento y que ello no significaba que estuviera de acuerdo con las raras bases de la República impuesta11.

Y, como si fuera poco, reproduce el investigador Cordoví este elocuente y valioso dato que tomó de la carta del Generalísimo del 12 de febrero de 1901, a su también amiga y casi hermana poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió. Su misiva condena la orden militar electoral de la delegación a la Convención Constituyente encargada de redactar la Constitución y como parte de ella acordar las relaciones con los Estados Unidos. Le dice:

«Eso de “Ordeno”, y eso de que la Convención deje como Principio Constitucional eterno la base de las relaciones políticas entre Cuba y los E.E.U.U., me parecen un par de esposas»12.

Alguien señaló como debilidad de Gómez haber dicho en su artículo Las tres fases de la guerra, esta idea: «¡Ah! cuando uno ve a una madre llorar por su hijo que va a la guerra por la libertad, dan ganas de quedarse esclavo»13.

Sin embargo, esa persona desconoce la carga humana y de sensibilidad revolucionaria y materna que encierra tal afirmación del General en Jefe de los patriotas cubanos. E ignora que, de inmediato, en el mismo artículo, aclaró, como para que no hubiera duda: «Pero (…) por encima de todas estas cosas (…) es preciso dejar guardado el corazón en la casa, al ceñirse la espada de guerrero».

Y había dicho mucho más: «El pueblo sabe lo que quiere y necesita, y hasta dónde debe ir (…) es inútil regir el combate con una columna enemiga, porque a pocas millas se encuentran otras (…) y el secreto y misterioso espíritu de la Revolución nos anima a todos por igual».

¡Qué razones tenía el Jefe militar principal de los insurrectos de nuestra patria al hablar de la lucha contra el colonialismo español y del evidente apetito yanqui por anexarse nuestro archipiélago!

Ello se aprecia perfectamente en la conducta de la administración de Grover Cleveland, entonces presidente de Estados Unidos, caracterizada por la negativa a reconocer la beligerancia de los cubanos, la persecución de los emigrados para evitar el envío de expediciones a los mambises, al tiempo que vendía a España materiales de guerra y avituallamiento de todo tipo. Y para justificar su proceder en el conflicto insular, Cleveland proclamaba ante el Congreso y la opinión pública de su país que los revolucionarios cubanos eran gentes incultas, que sus fuerzas estaban integradas por bandidos y delincuentes, y dirigidas por un extranjero que no acataba las disposiciones del Gobierno insurrecto.

Fuente: Máximo Gómez. Selección de Documentos. 1895-1905 Documentos. Selección y prólogo, Yoel Cordoví Núñez, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2003. 1) Página 296. 2) Archivo Nacional de Cuba, Fondo Máximo Gómez, Legajo 22, No. 3011. 3) Papeles dominicanos de Máximo Gómez, Emilio Rodríguez Demorizi, Editorial Montalvo, 1954, página 396. 4) Idem. 5) Archivo citado, Legajo 154, No. 29-11. 6) Idem. Legajo 22, No. 3009. 7) Idem., Legajo 22, No. 3013. 8) Idem., Legajo 29 No. 3762. 9) Idem. Legajo 29 No. 3762. 10) Legajo 22, No. 3015. 11) Prólogo de Cordoví, página 26. 12) Archivo, Legajo 21, No. 2927. 13) Idem. Legajo 21, No. 2927.

 

 

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