Oigan la voz de mi familia

Giustino di Celmo, padre del joven italiano asesinado en La Habana en un atentado, exige que se extradite a Venezuela al terrorista confeso Luis Posada Carriles, y asegura que no dejará de exigir justicia para que termine la impunidad

Autor:

Luis Hernández Serrano

«Los gobernantes de Estados Unidos tienen muchas bombas para lanzarlas contra las poblaciones civiles, pero muy mala memoria, pues han olvidado lo que han hecho a Cuba», dice Giustino di Celmo, padre del joven Fabio di Celmo, asesinado por otro tipo de bomba que la CIA estadounidense mandó a poner en los hoteles cubanos en La Habana, el 4 de septiembre de 1997.

«Asesinaron a mi hijo menor cuando estaba en plena vida. Pero, al dolor que siento se le suma la indignación de saber que nuevamente el Gobierno yanqui intenta hacer ver que Cuba es un país patrocinador del terrorismo, siendo ellos los campeones mundiales del terrorismo de Estado.

«Cumplí 90 años en diciembre pasado, pero estoy al día de todas las noticias y conservo una memoria tremenda. Insisto en un concepto: el Gobierno de Estados Unidos tiene muy buena puntería con sus aviones lanzando bombas contra una serie de poblaciones indefensas, apoya a la OTAN y celebra los bombardeos en Libia, por ejemplo. Pero son ilusos y pretenden que los pueblos crean la tremenda mentira de que Cuba es un país que propicia y ampara el terrorismo».

Arribo de Fabio a Cuba

Giustino dice no poder hablar de terrorismo sin recordar a su hijo. En 1992, junto con él, Fabio llegó a Cuba. Los Di Celmo se sumaron así a la larga lista de empresarios honestos procedentes de diferentes países que cometieron el grave «delito» de romper el bloqueo de Estados Unidos. Él y su padre vinieron a La Habana porque conocían las dificultades materiales y los sufrimientos impuestos a este pueblo por el ilegal bloqueo yanqui.

Luego de la pérdida de su muchacho, Giustino ha convertido el dolor en permanente acción de denuncia a favor de la paz y contra el flagelo de la guerra y el terrorismo.

Con nobles planes andaba Fabio, ajeno a odios y peligros, aquella tarde fatal en que un mercenario salvadoreño, Ernesto Cruz León, sembró el pánico y la muerte con menos de 30 minutos de intervalo, en los hoteles Tritón, Chateau Miramar y Copacabana.

Aunque han pasado 14 años, el padre tiene esa herida todavía abierta: «Todas las noches sueño con él y con la bomba criminal que no le dio tiempo a llamarme, porque su muerte fue casi instantánea», rememora.

«En mi primer viaje a Cuba, a fines de 1992, me hospedé en el hotel Comodoro. Si me hubiese quedado allí, hoy Fabio estaría entre nosotros, pero el destino es inexorable. Al segundo día me trasladé al Copacabana, donde viví por casi cuatro años.

«Al venir Fabio, el Copacabana le gustó muchísimo, porque él era amante del deporte y en las piscinas de mar y de agua dulce, podía practicar el buceo y además jugar en la cancha de tenis».

Fabio, el tercero y último de los hijos de Giustino y Ora Bassi, nació en Génova el 1ro. de junio de 1965.

«Mi hijo ansiaba conocer la Revolución Cubana y yo, además, quería darle mi empresa y volver a Italia para estar definitivamente con mi esposa».

Muerte de Fabio

Recuerda nuestro entrevistado cómo muere su hijo y lo hace con evidente tristeza: «Él logró que una pareja de novios de mi país, formalizara su unión: Francesca y Enrico. A él lo conocía desde la infancia. Ambos estaban indecisos de si se casaban o no, tal vez por ser jóvenes, y por no tener suficiente experiencia de la vida. Pero Fabio al fin los convenció».

Nos cuenta también que su varón más pequeño le prometió a Enrico  que si se casaba con Francesca, le pagaba el pasaje de ida y vuelta y la estancia de luna de miel en el hotel Copacabana.

«Desde que Francesca y Enrico llegaron a La Habana, ella, increíblemente, comenzó a sentirse con deseos de regresar a su casa. Eso es algo que parece raro, pero fue exactamente como se lo cuento.

«Yo estaba en Italia y regresé el día 3 de septiembre, es decir, el día antes de su muerte, a las 11 de la noche. Fabio, muy atento y cariñoso conmigo, como siempre, fue a recibirme al aeropuerto. Y al llegar los dos a nuestra habitación, la número 12 del primer piso, me dijo: “Papá, es muy extraño, pero Francesca lleva varios días histérica, está como loca y me pide que la mande para Italia, porque presiente que algo malo va a suceder”».

El pasaje de regreso de ellos dos estaba fijado para ese mismo día 4 de septiembre, a las seis de la tarde. Fabio los había invitado a un almuerzo de despedida, a las 12 del día.

«Yo le dije que me avisaran, para estar en esa despedida con los tres, pero no me avisaron. Sentí la explosión desde el cuarto y creí que era una cocina, una máquina o un refrigerador. A los diez minutos me llamaron y me dijeron que Fabio había tenido un accidente. Enseguida pensé que nunca más lo vería vivo, y así fue. Salí corriendo y salté varios peldaños de una escalera de madera que permite ir y salir de las habitaciones del primer piso.

«Lo llevaron al Cira García y pronto supe que había muerto. A mí me tuvieron que ingresar en el propio centro hospitalario, del impacto tremendo que me causó aquel criminal atentado terrorista contra una Cuba tan noble y tan trabajadora. Los médicos decidieron internarme para chequearme con detenimiento el corazón».

Su adolescencia

Giustino se refiere también a su infancia y adolescencia, y dice que Fabio creció en la misma casa donde había nacido. Los vecinos de Génova Pegli, municipio enclavado en la famosa Ribera de las Flores, en la Costa Azul, vieron correr por sus parques y calles a este muchacho juguetón y generoso, del que muchos guardan gratos recuerdos.

En Villa Rossa —escuela primaria radicada en su municipio de residencia— cursó sus primeros estudios y realizó los secundarios en el centro docente Villa Daría.

A los 18 años se hizo bachiller en el Liceo Gimnasio Giusseppe Massini —también de Génova Pegli— y poco después concluyó sus estudios superiores en francés e inglés.

Cumplido el Servicio Militar, con 22 años ya, visitó diferentes países europeos y americanos, y llegó a establecer su residencia temporal en Canadá, donde vive su hermano mayor.

La profesión de empresario escogida por el joven Di Celmo favoreció el conocimiento de la geografía, la historia, la economía y la cultura de muchos pueblos del planeta, y consolidó su fina sensibilidad ante los problemas de los países pobres.

Fabio sostuvo una relación muy estrecha y cordial con sus hermanos. Como era el más pequeño, Tiziana y Livio se sintieron con la responsabilidad de protegerlo y mimarlo durante su infancia.

A los siete años comenzó la práctica del fútbol y jugó por primera vez en el equipo Asociación Calcio, de la ciudad de Génova, de la Liga Nacional, al que perteneció desde los siete hasta los 11 años.

Integró el Libertas y otros equipos de Génova, hasta que pasó a formar parte del Sciarborasca, de la genovesa municipalidad de Cogoleto, con el número 10 en su camiseta.

Cuando Fabio murió, Giustino decidió quedarse en Cuba para siempre. «Estoy aquí para luchar contra esta barbarie del terrorismo. Yo a Cuba no la dejo, no dejo a Fabio. Quiero morir en este país», argumentó.

Y dijo más: «Mi hijo —aunque algunos lo creen— no era un turista en La Habana. Lo que mataron fue mucho más que eso. El terrorismo solo florece en medio de la injusticia. Yo no me iré de este archipiélago, pues aquí mi hijo del alma dejó de respirar el aire de la libertad verdadera, por eso quiero terminar mis días aquí también.

Lo que mi familia quiere

«Sí —explica Giustino— mi familia sigue reclamando justicia contra los terroristas como Luis Posada Carriles, que organizó la colocación de bombas que nos mató a nuestro hijo Fabio. No pedimos venganza, pero sí acabar con la impunidad y ejercer la justicia, para que la archiconocida Estatua de la Libertad yanqui no se sienta avergonzada de tanta calumnia.

Y agrega: «Continuamos exigiendo que el criminal Posada Carriles sea extraditado hacia Venezuela, de donde se fugó con ayuda de la CIA.

«¿Hasta cuándo Estados Unidos intentará engañar a los pueblos del mundo, acusando a Cuba de sembrar el terror, cuando ellos, por ejemplo, han asesinado a miles de personas inocentes en Iraq, Afganistán y Libia?

«¿Quién le hace creer a mi esposa y a mis otros dos hijos que Estados Unidos, con su CIA a cuestas, no es un país campeón del terrorismo de Estado? ¿Quién le hace creer a mi esposa y a los familiares de los miles de muertos y mutilados cubanos que Estados Unidos no es un país patrocinador del terrorismo.

Y por último, quiere decir a la opinión pública mundial que también su familia pide la liberación de los Cinco Héroes y exhorta al Gobierno de Estados Unidos a abandonar sus mentiras, y sobre todo los bombardeos que realiza para apoderarse del petróleo libio y para acabar con la vida de todo aquel que se opone al capitalismo salvaje.

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